17 de enero 2026 - 00:00

Cuando el exceso de confianza en lo digital se convierte en riesgo para el turista

La digitalización del alojamiento turístico prometió ampliar la oferta y reducir incertidumbres, pero en la práctica consolidó un sistema opaco donde la ubicación, la calidad y la responsabilidad quedan mediadas por algoritmos, reseñas subjetivas y plataformas que eluden costos y riesgos.

El avance de las plataformas de alquiler temporario desplazó los mecanismos tradicionales de control y certificación, trasladando al viajero la carga de evaluar riesgos que antes estaban institucionalmente garantizados.

El avance de las plataformas de alquiler temporario desplazó los mecanismos tradicionales de control y certificación, trasladando al viajero la carga de evaluar riesgos que antes estaban institucionalmente garantizados.

El mercado del alojamiento, pilar histórico del comercio interregional, atraviesa una transformación digital que presenta una encrucijada ética y económica. Durante décadas, la certidumbre del viajero descansó en referencias autoritativas de viajeros y viajantes para posteriormente basarse en el rigor de las agencias estatales por medio del tradicional sistema de estrellas, que ofrecían un refugio institucional frente a la incertidumbre.

Sin embargo, ese rol ha sido reemplazado por un puñado de gigantes tecnológicos que, bajo la promesa de democratizar la oferta, han dinamitado el cimiento mismo de la hospitalidad: la confianza.

La geografía falsa: el arte del esquivo desplazamiento digital

Uno de los fenómenos más alarmantes de plataformas basadas en información geoespacial, forma elegante de decir “mapas on line”, es el esquema de "geografía falsa" o fake geography. En su afán por ganar escala, plataformas como Airbnb y Booking parecen, concediéndoles el derecho de la duda, haber pasivamente descuidado los mecanismos de verificación, permitiendo que el riesgo evolucione hacia formas sofisticadas de estafa.

El modus operandi es tan simple como cruel: el estafador publica un anuncio con fotos atractivas y reseñas de copiar-pegar, ubicando digitalmente el inmueble en zonas de altísima demanda, como el Coliseo o Hollywood. Aprovechando la vulnerabilidad de las aplicaciones que "redondean" la ubicación por privacidad, el huésped reserva ilusionado.

Sin embargo, el engaño se materializa al llegar: un supuesto "problema de tuberías" o una "doble reserva" sirve de excusa para redirigir al viajero a un alojamiento sustituto en zonas remotas o inseguras. El turista, con maletas en mano y sin alternativas, se ve forzado a aceptar, mientras el estafador se embolsa la diferencia de valor de una propiedad que jamás habría sido elegida por un viajero sensato.

El oligopolio de las estrellas subjetivas

El problema no termina en la ubicación; la trama se pone más densa al construir la percepción de calidad. Hoy, el mercado está bajo el control de unas pocas compañías que no solo controlan la transacción y el precio, sino que custodian las reseñas que influencian fuertemente el destino de todos nosotros como viajeros.

Técnicamente, la trampa reside en la asimetría de la información y el sesgo estadístico. A diferencia de los criterios “edilicios” de antaño, las plataformas rotulan experiencias con adjetivos como “Magnífico” o “Excelente”. No es tan grave cambiar la puntuación de “5 estrellas” por adjetivos difusos, pero lo verdaderamente cuestionable es que se están mezclando valoraciones de perfiles de personas y grupos de personas con opiniones muy heterogéneas, literalmente metiendo en la ensalada de la calificación kiwis y mangos, sin corregir por algún factor confiable, como podría ser el historial de experiencias del usuario.

Así, una persona con bajas expectativas puede elevar artificialmente el estándar de un alojamiento básico, induciendo a un usuario más exigente a una trampa de incertidumbre, adicionalmente basada en la referencia de un desconocido.

El blindaje del "mero Intermediario"

En Argentina, el fenómeno ha escalado con anuncios de precios irrisorios y presiones para pagos inmediatos vía transferencia o WhatsApp. Lo más inquietante es que, ante cualquier inconveniente o diferencia entre anfitriones y huéspedes, las plataformas se retiran tras el escudo legal de ser "meros intermediarios".

Mientras el sistema judicial y la Ley de Defensa del Consumidor avanzan hacia reconocer una responsabilidad reforzada de estas empresas, ellas insisten en que su papel se limita a facilitar la comunicación. Al eludir los costos adicionales y riesgos operativos, transfieren toda la carga del riesgo al consumidor, a quien le interesa poco tomarse el trabajo de reclamar, evadiendo los procedimientos lentos y burocráticos de las administraciones y divisiones de defensa al consumidor locales.

No hay que dejar la calma de las vacaciones en manos de un adjetivo o de un frío resultado aritmético

Cuando se planifica descanso durante meses, un viajero de fuste no debería exponerse a ser la variable de ajuste de un algoritmo. La "desilusión de las masas" no es una fatalidad, sino el resultado de un sistema que privatiza la confianza de forma sesgada para generar resultados sin reparar mucho en los escrúpulos.

En estas vacaciones, se debe recordar que un precio excesivamente bajo o un anfitrión que presiona para salir del entorno de las propias preferencias de plataforma son señales de alerta que ninguna reseña de "10/10" debería ignorar. La hospitalidad real no debería ser subcontratada; se debería garantizar con responsabilidad confiable. Acá también, el (algoritmo) que las hace, las debe pagar.

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