12 de enero 2026 - 00:00

Anatomía de un engaño: cómo una logística ficticia terminó en una causa federal ante el FBI

El caso de la tienda GYMSTE y su red de soporte ficticio no es un accidente aislado. Es la punta de un ecosistema bien aceitado, diseñado para explotar los puntos ciegos del sistema financiero y también los de nuestra propia confianza como consumidores.

Hay un ecosistema bien aceitado, diseñado para explotar los puntos ciegos del sistema financiero y también los de nuestra propia confianza como consumidores.

Hay un ecosistema bien aceitado, diseñado para explotar los puntos ciegos del sistema financiero y también los de nuestra propia confianza como consumidores.

La digitalización acelerada de la economía no solo trajo comodidad y velocidad, también abrió la puerta a una sofisticación delictiva que los protocolos de seguridad actuales apenas pueden detectar. Lo que empezó como una transacción rutinaria -la compra de un Mini Jeep Willys por u$s169,99- terminó por desenmascarar a una organización fraudulenta de escala internacional. El caso de la tienda GYMSTE y su red de soporte ficticio no es un accidente aislado. Es la punta de un ecosistema bien aceitado, diseñado para explotar los puntos ciegos del sistema financiero y también los de nuestra propia confianza como consumidores.

Ingeniería social y marketing de lo trucho

La verdad es que la trampa se arma antes de que siquiera pienses en hacer clic. Estas redes no disparan de casualidad. Recurren a los algoritmos de segmentación en las redes sociales para detectar a quienes buscan un producto raro, barato o “exclusivo”. Al día siguiente, empiezan a aparecer anuncios en tu red social: zapatos que “coinciden” con tus gustos, gadgets que parecen hechos a medida, o en mi caso, un Jeep Willys que parecía de una película de aventuras de la adolescencia.

El sitio web de GYMSTE, a primera vista, era impecable. Tenía certificado SS (ese cerdito que nos da falsa tranquilidad), una interfaz moderna, fotos profesionales y hasta los logos de Visa, Mastercard y PayPal en la vitrina de pago. Todo parece en orden, prolijo. Incluso el precio (u$s139,99 más u$s30 de envío “Express International”) estaba calculado al dedillo. No era tan barato como para sospechar de una zancadilla, ni tan caro como para que alguien inicie una guerra legal internacional para reclamar por el dinero. Era, simplemente, el “punto dulce” del fraude: suficiente para generar ganancias, insuficiente para desatar consecuencias para un solo comprador. Es la ley de los grandes números. La empresa tramposa no gana por estafar a uno sino por todos aquellos estafados que desisten del reclamo.

Después del pago con la tarjeta Mastercard, el pedido #2274 quedó confirmado. Y en ese mismo instante, mi dinero entró en un laberinto diseñado para desaparecer en las penumbras del sistema bancario.

El “instinto” como herramienta de auditoría

En este punto es donde entra en juego algo que no figura en ningún manual: el instinto. A diferencia de muchos —y gracias a años de trabajar con identidades digitales y a más de tres décadas de hacerlo junto a excelentes periodistas—, algo no cerraba. Ese silencio sepulcral tras la compra, sin confirmaciones adicionales, sin detalles de logística real… Me abrió una marea de dudas.

Minutos después del mail de confirmación, rastree la identidad de GYMSTE. Busqué registros fiscales en Estados Unidos, direcciones físicas, historial del dominio. Y lo que encontré fue llamativo, una empresa sin sede real, sin teléfono verificable, con un dominio registrado apenas tres semanas antes en un servidor extraño. Su presencia digital era una cáscara vacía, pulida con Photoshop y certificados truchos.

Inmediatamente contacté a Mastercard para solicitar el bloqueo de la tarjeta. Pero con una denuncia no basta. Hice una segunda, con más pruebas, para que no me archivaran el caso como “cliente arrepentido”. Aún así, la respuesta fue… de rigor. Me dijeron que habían tomado nota de mi reclamo, pero me sugirieron, con una terminología rebuscada, que no podían prometerme la devolución del dinero.

El guion del engaño

Y entonces apareció Kiara Bent.

No sé si existe. Por ahí es un nombre inventado, un guion automatizado, o una persona real pagada para mentir con una sonrisa en el texto. Lo cierto es que su papel era claro: entretener al cliente mientras el dinero se consolidaba.

Cuando escribí, el 14 y 15 de diciembre, señalando que ya habían cobrado pero no existía ni un rastro del producto, la respuesta de Kiara fue un ejemplo de manual de estafador profesional: Hello, dear customer! Thank you for contacting us! Here is the tracking link for your order: https://shiplogitex.com/track-shipment/?tracking=SL2WLN0YR7U9ZJXKQG. Please note that tracking information may take 24–48 hours to fully update.

O sea, en castellano básico; “Hola, estimado cliente! ¡Gracias por contactarnos! Aquí tiene el enlace de seguimiento para su pedido: https://shiplogitex.com/track-shipment/?tracking=SL2WLN0YR7U9ZJXKQG. Por favor, tenga en cuenta que la información de seguimiento puede tardar entre 24 y 48 horas en actualizarse por completo”.

Ese enlace, y ese código de seguimiento (SL2WLN0YR7U9ZJXKQG), eran el corazón del engaño. La web de SHIPLOGITEX no es una empresa de logística: es un decorado digital, una fachada para fingir que el paquete está “en tránsito” o “retenido en aduana”. En la jerga del cibercrimen, esto se llama un “Fake Carrier”: un transportista ficticio que existe solo para engañar a los bancos. Porque si un banco investiga y ve un número de tracking “activo”, puede considerar que el servicio fue prestado… y negarte el reintegro.

Al inicio del conflicto, imaginé tres caminos posibles —tres escenarios que marcarían si esto terminaba en una solución rápida o se convertía en una de pelea extensa. El primero, el más esperanzador, era un Reembolso Real mediado por Shopify: la empresa me devolvía el dinero en 5 a 10 días hábiles, el asunto se cerraba limpio, y yo podía seguir mi vida como si nada hubiera pasado.

El segundo escenario ya era raro desde el principio: el Reembolso Falso. Consistía en una promesa vacía —“sí, te devolvemos el dinero”— seguida de un silencio absoluto. Pero al menos, con esa promesa en el historial, tendría una “prueba de reconocimiento de deuda” para presentar ante Mastercard y activar un contracargo automático.

La trampa del "objeto de bajo valor"

El tercer camino —y uno de los más comunes en estas estafas transnacionales— era el envío de un producto basura no solicitado: un llavero de plástico, un clip con forma de corazón, o, irónicamente, un Jeep de juguete barato. La idea es sencillo generan un número de guía real, lo registran como “entregado”, y cuando firmas el recibido (a veces sin siquiera abrir el paquete), la tarjeta de crédito da por cerrada la disputa.

El plan frente a eso era claro, rechazar el paquete en la puerta o, si ya había llegado, documentarlo con fotos —mostrar que lo que pesaba 500 gramos en el sitio web era una caja vacía de 30 gramos— y reclamar por “producto no como se describió” para exigir el reembolso completo.

La verdad es que la realidad fue peor: no hubo Jeep, no hubo reembolso, ni siquiera intentaron fingir. Se concretó el peor de los escenarios: el vacío total.

La advertencia formal y el peso del IC3

Ante tanta evasión, y antes de que se atrevieran a decirme de frente que no me devolverían un centavo, decidí subir la apuesta. Ya no se trataba de un simple reclamo de consumidor: era una investigación penal en marcha. Así que respondí y redoblé la apuesta: “Tomo nota de su promesa de reembolso. Pero la empresa logística que mencionan —SHIPLOGITEX— no existe, y el número de tracking es falso. Por eso, la denuncia ante el FBI (IC3 ID: c4733c199179487d807fa6d4930cced6) sigue activa. Si el dinero no aparece en mi cuenta en el plazo que indican, las acciones legales por fraude electrónico internacional continuarán, y recaerán directamente sobre los titulares de la cuenta que recibió mis fondos".

La respuesta a ese mensaje fue el momento exacto en que la fachada se derrumbó. No hubo réplica, ni excusa, su única jugada fue primero el silencio.

La confesión final y el uso de la IA

Pasaron los días. Y entonces, en un giro inesperado, dejaron de fingir y se acabó la mentira… pero no la trampa.

En su último correo, sin más preámbulos ni excusas logísticas, Kiara me dijo con total caradurez que GYMSTE no enviaría el producto… ni devolvería el dinero. Fue una admisión tácita de que la estafa se había consumado.

Sin embargo, el resultado no me conformó. Para darle cuerpo a la denuncia, usé herramientas de Inteligencia Artificial, que cruzan datos a una velocidad imposible para una persona. Mientras que una persona tardaría horas en revisar a mano si un código de seguimiento es falso, la IA lo detecta en cuestión de segundos. En la práctica lo que hizo fue comparar cómo estaban escritos los mails y confirmar que, detrás de tanta amabilidad no había gente real , sino un programa automático.

En este sentido, la IA no sustituye la denuncia ante el FBI ni la gestión bancaria, sino que provee el cuerpo probatorio elemental para que esas instituciones no puedan desestimar el caso como un mero error logístico.

Entonces, pudo develarse que, tanto GYMSTE como SHIPLOGITEX operaban desde el mismo nodo de servidores. Eran, en esencia, la misma organización con distintos disfraces, complementarias.

Además, el trucking era, como dice el viejo saber popular, más falso que una moneda de tres pesos. El N0YR7U9ZJXKQG no existía en ningún registro: ni sistema aduanero, ni marítimo, ni aéreo. Era una secuencia generada por un algoritmo, sin correlato físico en el mundo real.

El lenguaje de Kiara coincidía con correos usados en estafas similares perpetradas en Europa y Asia.

Como GYMSTE, se encuentra registrada en EE.UU, elevé el caso al IC3 del FBI, el Centro de Denuncias de Delitos en Internet.

El 19 de diciembre, registré la denuncia formal. Hoy lleva el número de caso ID c4733c199179487d807fa6d4930cced6. De esta manera, el asunto dejó de ser una queja de consumidor para convertirse en una investigación criminal federal.

El FBI no solo inscribe estas denuncias. También las usa para mapear redes de cuentas mula, identificar servidores en paraísos digitales y desmantelar estructuras como la de GYMSTE antes de que reaparezcan y operen con otro nombre. En este mundo sin fronteras digitales, esa denuncia es, hoy, la única esperanza real de que alguien, en algún lugar, haga algo.

Una estafa consumada

Al cierre de este artículo —hoy, domingo 21 de diciembre de 2025—, la realidad es amarga. No he recuperado un solo dólar.

Pero esta no es solo mi historia. Es un llamado de alerta. Detrás de GYMSTE existen miles de víctimas que prefieren permanecer callada, resignadas. Y es ese silencio el que mantiene vivita y coleando a esta industria del engaño, de la tropelía.

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