En los años noventa, prácticamente bastaba con añadir “.com” al nombre de una empresa para que fuera considerada seria, moderna o futurista. En esa época, parecía que solo una página web garantizaba el éxito de la compañía.
Cómo lograr que la burbuja de la inteligencia artificial no estalle
La explosión de inversiones, promesas y valoraciones alrededor de la IA reabre un interrogante conocido en el mundo tecnológico: si se trata de una transformación estructural con impacto sostenible o de una euforia que podría derivar en correcciones abruptas, como ocurrió con la burbuja puntocom.
-
Musk acusó al Reino Unido de "fascista" tras la presión para bloquear imágenes generadas por IA
-
Cobre: S&P Global proyecta un salto del 50% en la demanda en 2040, pero alertó por un déficit histórico
El desafío ya no pasa por adoptar Inteligencia Artificial, sino por integrarla con estrategia, liderazgo y métricas que permitan convertir expectativas en valor real.
Se podría decir que hoy cualquier compañía que vende servicios debe mencionar la palabra “AI” - “Inteligencia Artificial” en sus presentaciones para iniciar una conversación. Cualquier empresa, nueva o no tan nueva, que propone cambiar el mercado con IA logra que su valoración suba instantáneamente. Y, en paralelo y en tiempo récord, empezaron a surgir cientos de inversiones dedicadas exclusivamente a este rubro.
Claramente, la historia se repite, aunque con actores distintos y una tecnología mucho más poderosa. Pero la pregunta es válida: ¿estamos ante una verdadera revolución o a punto de presenciar el estallido de una nueva burbuja tecnológica?
La comparación con la era de internet es inevitable. A finales de los noventa, el mundo creyó que todo cambiaría de la noche a la mañana. La promesa era tan grande como difusa. Las startups recaudaban millones sin modelo de negocio y los inversores apostaban más por la emoción que por la lógica. En 2001, la burbuja estalló. Miles de empresas desaparecieron, el Nasdaq cayó casi un 80 % y el sueño digital se convirtió en una lección de humildad colectiva.
En la actualidad, la Inteligencia Artificial atraviesa su propia fase de euforia. Según estimaciones de Goldman Sachs, en 2024 se invirtieron más de 200 mil millones de dólares en infraestructura y desarrollo de modelos, una cifra superior al gasto del programa Apolo (ajustado por inflación). Sin embargo, apenas una fracción de esa capacidad se traduce hoy en valor tangible para las empresas.
En Argentina, estamos también en la cresta de la ola: según el Reporte de Evolución Tecnológica de Ingenia, las empresas alcanzan un nivel medio de madurez de Inteligencia Artificial Generativa, lo que demuestra que una gran parte está desarrollando al menos una iniciativa relacionada, creando equipos o sumando expertos, entre otras acciones.
Sin embargo, muchos proyectos de IA están atrapados en una paradoja: prometen transformar industrias enteras, pero todavía no demuestran retornos claros. El entusiasmo es tan grande que ha reemplazado al análisis. En los noventa, la pregunta era “¿tenés página web?”. Hoy, es “¿tu empresa usa IA?”. El resultado es el mismo: una avalancha de inversiones impulsadas más por la moda que por la necesidad.
Una de las grandes diferencias entre los 2000 y la actualidad es que, en aquel entonces, las empresas como CISCO, AOL u otras, tenían valoraciones muy por encima de su facturación real. Todo era una apuesta a lo que podría pasar. Hoy, empresas como NVIDIA facturan y cotizan por valores similares. Ahí la burbuja no parecería explotar de la misma manera. De todas formas, las valoraciones de las empresas de IA se han disparado a niveles difíciles de justificar; los inversores se comportan como si el simple hecho de entrenar un modelo equivaliera a descubrir oro; y la concentración del mercado está en unos pocos gigantes —Microsoft, Google, NVIDIA, Amazon—.
Entonces, ¿cómo llevar a la IA a un estado realista de madurez? El verdadero factor diferenciador en la implementación ya no reside en la tecnología en sí, sino en la calidad del liderazgo de su adopción. La clave es abordar esta integración con una estrategia bien definida, anclada en métricas de valor tangible y una ejecución que produzca resultados concretos. Esto es lo que forja la confianza organizacional y sienta las bases para la evolución sostenida.
La meta no es simplemente "estar a la moda" con la IA, sino escalarla con disciplina y un propósito claro que realmente transforme el modelo de negocio. Incorporar un chatbot para decir “tengo IA en la empresa” es, a menudo, una mera distracción que no revela la profundidad del potencial de esta tecnología. Por ello, es imperativo que los ejecutivos de alto nivel (C-Levels) se involucren activamente en su formación y preparación, alineándose con los mandos intermedios y profesionales para comprender las oportunidades que ofrece una adopción consciente.
Una vez capacitado el liderazgo, el siguiente paso crítico es explorar la automatización inteligente de procesos de negocio mediante agentes autónomos. Esta ruta promete multiplicar la eficiencia, potenciar la escalabilidad y generar un valor cuantificable. No obstante, esta ambición requiere un respaldo estratégico firme, con plazos establecidos y arquitecturas tecnológicas escalables que garanticen la actualización continua y la gobernanza de los sistemas.
En este trayecto, las organizaciones inevitablemente necesitan socios tecnológicos que fusionen el conocimiento técnico (IT) con una visión profunda del negocio. La capacidad de elegir y colaborar con aliados estratégicos es vital. Las empresas que saldrán fortalecidas serán aquellas que no solo dominen la tecnología, sino que también sepan adaptarla pragmáticamente a sus necesidades empresariales reales y futuras.
Head of Growth at Ingenia.




Dejá tu comentario