19 de julio 2026 - 00:00

Cuando el psicólogo aísla, el propagandista gobierna

La psicología ayudó a muchas personas a separarse de mandatos abusivos, reconocer vínculos patológicos y construir una identidad propia. El problema comienza cuando la protección del individuo se transforma en una filosofía del aislamiento.

En el mismo proceso silencioso de validación y aislamiento, pueden gestarse formas más amplias de influencia: la manipulación electoral, las campañas políticas basadas en agravios y hasta los totalitarismos pueden encontrar su semilla en una cultura que aprende a confirmar emociones sin contrastarlas.

En el mismo proceso silencioso de validación y aislamiento, pueden gestarse formas más amplias de influencia: la manipulación electoral, las campañas políticas basadas en agravios y hasta los totalitarismos pueden encontrar su semilla en una cultura que aprende a confirmar emociones sin contrastarlas.

El luthier apoya el violín sobre una tela oscura y gira apenas una clavija. No busca liberar la cuerda de toda tensión. Busca la tensión exacta. Si ajusta demasiado, la cuerda se rompe. Si la afloja más de la cuenta, queda intacta, pero deja de producir sonido. Algo semejante ocurre con la individuación. Durante décadas, la psicología ayudó a muchas personas a separarse de mandatos abusivos, reconocer vínculos patológicos y construir una identidad propia. Esa conquista es legítima. No existe salud en la obediencia ciega ni virtud en conservar una familia a costa de una víctima. Aristóteles llamaría a este equilibrio el justo medio: la virtud como punto intermedio entre dos extremos viciosos.

El problema comienza cuando la protección del individuo se transforma en una filosofía del aislamiento.

Buena parte de la psicología clínica trabaja con una dificultad epistemológica inevitable: escucha a una sola persona. Pareja, padres, hijos y amigos aparecen en el consultorio sólo a través de su relato. Eso no invalida la terapia, pero obliga a distinguir entre comprender una emoción y confirmar una interpretación. El dolor puede ser verdadero, aunque la explicación de sus causas sea parcial o falsa.

Cuando esa diferencia se pierde, el consultorio corre el riesgo de convertirse en un tribunal con un solo testigo. Palabras como “tóxico”, “narcisista”, “trauma”, “límite” o “autocuidado”, nacidas para describir sufrimientos reales, terminan funcionando como absoluciones portátiles. Ya no ayudan a comprender el conflicto: permiten clausurarlo.

No puede afirmarse seriamente que la psicología haya causado la destrucción de la familia o el aumento de los divorcios. Intervienen transformaciones económicas, jurídicas, demográficas y culturales mucho más amplias. Pero tampoco puede negarse que cierta cultura terapéutica contribuyó a cambiar la gramática con la que juzgamos la permanencia, el sacrificio y la frustración.

Eva Illouz mostró cómo el lenguaje psicológico abandonó el consultorio y comenzó a organizar las relaciones íntimas. Christopher Lasch advirtió que una cultura obsesionada con la autorrealización podía producir individuos más frágiles, no más libres. El vínculo dejó de ser una realidad compartida, con bienes y obligaciones propios, para convertirse en un proveedor de bienestar emocional.

Allí aparece el problema moral. Cuidar a un paciente no equivale a absolverlo. Una terapia que valida el sufrimiento, pero evita toda confrontación puede fomentar una forma sofisticada de narcisismo: la experiencia subjetiva se vuelve el tribunal definitivo de la realidad. El otro queda reducido a agresor, obstáculo, manipulador o fuente de invalidación.

En el mundo clásico, la búsqueda de la verdad no estaba subordinada al confort emocional. La mayéutica socrática partía de la incomodidad como condición del conocimiento: interrogar, contradecir, exponer contradicciones no era una forma de violencia, sino un camino hacia una vida más examinada. El objetivo no era que el interlocutor se sintiera validado, sino que se transformara en alguien mejor, más justo, más consciente de sí mismo y de los otros. La filosofía no prometía alivio inmediato, sino una exigencia: abandonar ilusiones para acercarse a la verdad.

La condescendencia puede, además, transformar el tratamiento en dependencia. Los códigos éticos de la American Psychological Association establecen que una terapia debe finalizar cuando deja de ser necesaria, deja de beneficiar o comienza a perjudicar. La investigación sobre efectos adversos registra deterioro, nuevos problemas, conflictos familiares y dependencia del terapeuta.

No significa que los psicólogos retengan deliberadamente a sus pacientes por dinero. La retención también puede surgir del temor a confrontar, de la necesidad del terapeuta de sentirse necesario o de una alianza cómoda para ambos. Una relación terapéutica puede volverse tan protectora que termine sustituyendo la vida en lugar de devolver al paciente a ella.

El problema más profundo es filosófico. Cierta psicología imagina al individuo como un ser ya constituido que luego entra en relación con otros. Pero nadie aprende solo a hablar, confiar, tolerar la frustración, pedir perdón o reconocer otra conciencia. La persona no llega terminada a la familia. Emerge dentro de vínculos que pueden deformarla, pero que también la constituyen.

La autonomía no es ausencia de dependencias. Es la capacidad de distinguir cuáles permiten vivir y cuáles impiden hacerlo. La individuación no significa cortar todo lazo, sino integrar una personalidad capaz de permanecer en relación sin desaparecer dentro de ella.

Por eso conviene leer El libro negro del psicoanálisis con cautela. El volumen dirigido por Catherine Meyer reunió objeciones sobre la falta de contrastación, la manipulación de casos y la construcción de mitos freudianos. Pero su tono combativo y su calidad desigual impiden usarlo como sentencia definitiva. Resultan más sólidos The Freud Files, de Mikkel Borch-Jacobsen y Sonu Shamdasani, y los trabajos de Scott Lilienfeld sobre pseudociencia en psicología clínica. La pregunta central no es si Freud tenía razón, sino qué afirmaciones pueden verificarse, qué resultados pueden medirse y qué daños pueden reconocerse.

La familia tampoco es intocable. Hay vínculos que deben terminar y hogares que sólo sobreviven porque uno de sus miembros ha aprendido a no existir. La separación puede ser, en ciertos casos, la condición mínima de la libertad.

Pero una sociedad compuesta por individuos entrenados para interpretar toda incomodidad como violencia, toda obligación como opresión y toda renuncia como autoabandono pierde algo más que estabilidad privada. Pierde capacidad de cooperación. Se vuelve menos apta para sostener instituciones, cumplir promesas, construir acuerdos y aceptar que ninguna convivencia duradera puede organizarse alrededor de la satisfacción inmediata.

La consecuencia es política. El individuo aislado parece más autónomo, pero dispone de menos defensas frente al poder. Sin familia, asociaciones, comunidades profesionales o redes de confianza, queda más expuesto a la propaganda, la manipulación emocional y las pertenencias prefabricadas. Como advirtió Jean-Marie Domenach, la propaganda moderna no se impone sólo por la fuerza, sino que se infiltra en las emociones y en las necesidades de pertenencia de individuos desarraigados, moldeando su percepción de la realidad sin que lo adviertan. La atomización no libera al ciudadano: lo vuelve más dependiente de quienes producen sentido, administran reconocimiento y organizan su resentimiento.

También transforma la esfera pública. Cuando desaparecen los espacios intermedios donde se aprende a negociar, ceder, reparar y convivir con la diferencia, la política deja de ser construcción común y se convierte en una agregación de agravios individuales. El liderazgo ya no articula intereses: distribuye validación. Las instituciones ya no ordenan conflictos: compiten por confirmar identidades heridas. Y la sociedad termina reclamando al Estado, al mercado o al líder que reemplacen aquello que ella misma deshizo.

El equilibrio no consiste en elegir entre el individuo y la familia. Una familia que destruye la individualidad termina destruyéndose a sí misma. Pero una psicología que salva al individuo cortando todos los lazos que lo contradicen puede dejarlo intacto y, al mismo tiempo, políticamente inerme.

El luthier vuelve a girar la clavija, consciente de que algunas cuerdas deben reemplazarse, pero también de que aflojar no siempre es curar. La cuerda queda a salvo cuando puede vibrar, cuando encuentra ese punto justo entre la tensión y la libertad, y no cuando queda sola, aislada de todo lo que le permite producir sonido. En ese delicado equilibrio conviene no olvidar que, en el mismo proceso silencioso de validación y aislamiento, pueden gestarse formas más amplias de influencia: la manipulación electoral, las campañas políticas basadas en agravios y hasta los totalitarismos pueden encontrar su semilla en una cultura que aprende a confirmar emociones sin contrastarlas, a dividir sin reparar y a desconfiar de todo vínculo que no refleje exactamente lo que uno siente, de modo que, a veces sin darnos cuenta, el consultorio también puede convertirse en el primer escenario donde se ensayan esas lógicas.

Analista y Director de consiliari.com.ar

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