Como a tantos fans de esta estupenda miniserie que acaba de terminar, me cuesta todavía despedirme de los hermanos Roy y aprovecho su fuerte spot luminoso sobre la vida corporativa, para tocar un tópico que siempre me interesó.
Del despotismo originario al gobierno corporativo: las lecciones que Succession nos dejó
La forma personalista de conducción de empresas es la que adoptan los fundadores que hacen nacer y crecer una empresa hasta transformarla en exitosa.
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Succession.
Cuando disfrutamos de personajes como Logan Roy o el Frank Underwood de House of Cards, en las reuniones sociales suelen aparecer comentarios críticos bienpensantes que resultan difíciles de contradecir. En efecto, afirmar en voz alta simplemente que a uno no le parecen tan malas personas puede ser todo un desafío. Pues para la mayoría, son el mismísimo demonio.
Sin embargo, me gustaría poner otra mirada sobre esto y para el caso concreto del líder de Succession. Su estilo de gobierno es indudablemente tiránico y despótico. En nuestra vida actual, estos rasgos son evidentemente negativos. Pero, en su consideración, se suele pasar de pensar en la corporación a pensar en la república de un modo poco crítico y, así, se cae en confusiones y errores de apreciación.
República y corporación, esos dos grandes inventos sociales de la edad moderna, tienen mucho en común: se trata de un conjunto de reglas de comportamiento social que determina roles con derechos y deberes, en un marco de checks and balances, esto es, pesos y contrapesos, controles mutuos entre los distintos encargados de asumir esos roles. Pero obviamente república y corporación no son lo mismo, pues una se encarga de manejar cuestiones e intereses públicos y la otra, cuestiones e intereses privados. Y, en consecuencia, sus reglas y roles son diferentes.
Por lo tanto, si en una república un presidente actúa despóticamente, su conducta es absolutamente repudiable, sin atenuantes. En una corporación, en cambio, esto no tiene la misma valoración, ni tiene por qué tenerla. Por ello, los motivos por los que condenamos a Vladimir Putin, a Nicolás Maduro, a Daniel Ortega o a alguno de nuestros caciques vernáculos por adoptar actitudes tiránicas no sirven para criticar de la misma forma a Elon Musk, Donald Trump (el empresario, no el político) o… nuestro Logan Roy.
La forma personalista de conducción de empresas es la que adoptan los fundadores que hacen nacer y crecer una empresa hasta transformarla en exitosa. De hecho, no se conocen muchos ejemplos de nacimiento y desarrollo inicial de corporaciones diferentes a los liderados de manera despótica. El dueño, el fundador, hicieron las cosas a su manera y también hicieron posible que, tras su éxito, nosotros nos planteemos cómo seguir sin él o sin ella, cuando queda claro que su luz y su fuerza se empiezan a apagar. Es ahí que empieza la succession y gracias a esa especie de éxito despótico. Sin él, en cambio, no habría ningún problema sucesorio, sencillamente porque no habría empresa.
Desde la teoría del gobierno corporativo, lo recomendable es, llegado a este punto, cambiar la forma de gobernanza, dar un paso evolutivo hacia una forma más sofisticada de gobierno. Solo así se podrán reemplazar tantas virtudes que se habían dado en el fundador y que difícilmente se repitan en alguno de sus herederos. Cada uno de los hijos de Logan imita una de las facetas de su padre: Ken eligió imitar la determinación y la voluntad de sobreponerse a sus inclinaciones en pos del deber corporativo; Shiv eligió imitar la astucia y la ambición sin límites ni claudicaciones; Rom imitó el arrojo y el desprecio por los demás, necesarios para liderar con crudeza.
Todos esos “atributos” despóticos estaban en Logan. Pero Logan era mucho más que esos atributos y, además, los tenía todos, no solo algunos. Los atributos personales de liderazgo no son piezas de un rompecabezas que se puedan poner juntas sobre la mesa, provenientes de varias personas diferentes, para armar un Frankenstein o un Leviatán. Por eso, el gobierno corporativo creó órganos colegiados, como el Directorio. No para que se junten partes de individuos, sino para que varias personas, actuando plenamente, con todos sus atributos y no solo con algunos, con sus distintas miradas, logren una vía de acción común mediante una deliberación creativa. Cuando esto se da y se logra un directorio de excelencia, el output es muy superior al de cualquier líder despótico. Pero… ¿cuántas veces se da? A decir verdad, muy pocas veces. Pues para ello se requiere de capacitación y experiencia en los integrantes, conciencia del sofisticado régimen de reglas y roles de una corporación y éxito en la gestión. Muchas exigencias muy difíciles de lograr.
Si bien frente a un talento despótico corporativo como el de Logan el éxito de un Directorio profesional parece llevar las de perder, lo cierto es que se puede mejorar mucho un directorio mediante capacitación y asistencia, pero es imposible “coachear” a un déspota sin talento. Y los talentosos no se dejan coachear demasiado. El gobierno corporativo es la respuesta profesional para la vida normal, donde los héroes son escasos. Y todos preferimos vivir una vida normal y bien llevada que vivir el sobresalto de un líder iluminado al que después es muy difícil avisarle que su luz ya se apagó.
Mi conclusión: no hace falta despreciar a los Logan de este mundo por su despotismo. Más bien son dignos de admiración, por habernos dado empresas exitosas. Simplemente se trata de saber que, cuando se apagan, sus sucesiones requieren de un salto evolutivo en la estructura de gobernanza y mucha profesionalización en quienes ocuparán los nuevos roles. Y para los aspirantes a sucederlos, que sepan hacer las cosas de manera profesional, sin querer imitar un despotismo ya innecesario, para aprender a convivir en una estructura de gobernanza más sofisticada y ampliando su propia visión.
Presidente del Instituto de Gobernanza Empresarial y Pública
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