24 de febrero 2004 - 00:00

Deuda: la impericia no se puede ocultar con prensa

El duro cariz que va tomando nuestro azaroso proceso de integración a la economía mundial indica que ha llegado la hora de poner a la imaginación, como sustituto del consignismo demagógico que al momento lo único que ha logrado es impedir ver la realidad.

No nos equivoquemos entonces con las categorías de observación.

El mundo de hoy funciona como un sistema de carácter multipolar. Y los organismos que regulan su gobernabilidad no son ni buenos ni malos en sí mismos. Simplemente son. Por ello depende exclusivamente de nuestra capacidad, sacarle el mayor beneficio posible a esa multilateralidad.

No discutamos solamente con los técnicos del Fondo, sino también y fundamentalmente con los jefes políticos de los países que más dinero aportan al organismo y que son en definitiva quienes en la mesa del G-7 elaboran, toman y ejecutan decisiones que, entre otras, comprometen el presente y el porvenir de nuestro país. Siempre es más fácil persuadir a un político que a un técnico que sólo se debe al cuidado de un interés muy particular.

•Acreedor privilegiado

Hace apenas cuatro meses, en la cartera económica se jactaban, al amparo de una casi unánime complicidad mediática, de una exitosa negociación con el Fondo, mediante la cual prácticamente «le habíamos doblado el brazo». Una vez más, las cifras ponen fin a la mentira, pues la transferencia neta de más de 7.000 millones de dólares de nuestras arcas a las de los organismos financieros internacionales los ha instituido de hecho como nuestro acreedor privilegiado.

Es decir, la Argentina puede encontrarse en la absurda situaciónde estar haciendo un enorme esfuerzo para pagar su deuda mientras en el mundo es tratada como paria, producto de la «brillante estrategia lavagnista» de actuar ignorando que, en las relaciones de poder tanto en el campo político como en el económico, cuando éstas adoptan una estructuración triangular, siempre dos vértices actúan en común respecto de un tercero.

Es una ley general de la política y del poder que excluye automáticamente del sistema a quien la desconoce.

En vez de haber sentado simultáneamente en una misma mesa a organismo, acreedor privado y Estado. Y establecido en un acuerdo tripartito nuestra capacidad de pago, comprometiendo a todos corresponsablemente de las decisiones allí tomadas; se privilegió a uno de los actores (Fondo) que ahora actúa como vocero del otro (acreedor) en detrimento del Estado argentino.

Sobre la base de una pauta estratégica incorrecta siempre es mucho más difícil recuperar la iniciativa. Y ningún hecho mediático podrá sustituir la impericia con que se actuó.

El Presidente ha hecho recientemente un llamado: «No nos enfrentemos entre los argentinos». Enhorabuena. Sólo la unidad nos permitirá afrontar los duros tiempos que vienen. Pero para ello es indispensable sacar al Estado argentino de la disputa política, único camino para impedir que se siga denostando a las instituciones de nuestra Nación.

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