Educación Sexual Integral: la gran aliada en la prevención de la violencia contra la mujer

Opiniones

Habitualmente nos impacta lo físico (en su caso más extremo, el femicidio), pero no somos tan conscientes cuando la violencia se instala en la cabeza y en el corazón.

Campañas de sensibilización que aumentan, constantes anuncios que invitan a denunciar, solidaridad social que se hace cada vez más presente a la hora de acompañar a víctimas de violencia. Son avances que experimentamos como sociedad argentina en pos de la prevención y todavía, como sabemos, queda mucho por hacer.

Hace unos años, trabajando como psicóloga en una escuela, vi a una niña de 10 años (podemos llamarla Lucía), de esas niñas que no “se portan mal” ni generan problemas de ningún tipo en clase ni con sus compañeros. Entré al aula para saludar y me topé con ella: ojos afligidos, mirada baja, voz apagada. Su expresión de tristeza mezclada con resignación me conmovió. Terminada la clase, volví y le pregunté a la docente quién era aquella niña. Me comentó que tenía buenas notas y pocas amigas, pero que habitualmente estaba con alguna compañera en el recreo –no deja de sorprenderme lo atentos que suelen estar los docentes a cada uno de sus alumnos y alumnas– y que, desde que ella la conocía la niña era callada. Me arrimé, entonces, a Lucía y le propuse charlar un rato. Íbamos camino al gabinete psicológico cuando comenzó a llorar. En resumen: Lucía estaba sufriendo violencia doméstica y no había podido conversarlo con nadie. Luego, siguió lo que debe seguir: cita con la familia, juzgado de menores, acompañamiento a la niña.

Fue una situación que marcó un antes y un después en mi trabajo como psicóloga. Lucía me enseñó, con sus 10 años y con mis 25 de entonces, la importancia de detenernos frente a las miradas tristes: que no tenemos que esperar un moretón, una marca, una “confirmación”. Habitualmente nos impacta lo físico (en su caso más extremo, el femicidio), pero no somos tan conscientes cuando la violencia se instala en la cabeza y en el corazón. A veces, los síntomas físicos pueden pasar, pero no pasa la angustia, el menoscabo a la autoestima, la falta de fuerzas para enfrentar la vida.

Según un reciente informe de ONU mujeres, “en la mayoría de los países donde existen datos, menos del 40% de las mujeres que sufren violencia buscan algún tipo de ayuda”. Por esto, es precisa una actitud proactiva: no se trata solo de esperar a que la persona pida ayuda, sino también de agudizar los sentidos para poder detectarlo.

El lugar donde se encuentran casi todas las posibles “Lucías” de nuestro país –y casi todos los posibles agresores– es la escuela. Convencernos de que tenemos la posibilidad de llegar antes nos impulsa a poner en acción proyectos educativos. Y el más capaz de prevenir la violencia, actualmente en primera plana del escenario social, es la Educación Sexual Integral (ESI).

A través de la ESI podemos prevenir la violencia en todas sus formas, desde la primera infancia hasta el último año del secundario. Los contenidos vinculados a este tema abarcan relaciones tóxicas, dependientes e indiferentes; violencia física, psicológica, simbólica, sexual, verbal, doméstica, económica; violencia hacia la mujer y hacia el varón; reflexión sobre actitudes cotidianas que promueven desigualdades; reconocimiento temprano de las señales de violencia; acoso y abusos. Lo hacemos desde la evidencia científica, gradualmente, promoviendo pensamiento crítico, incorporando valores y actitudes para la propia vida de cada día.

Cuando se profundiza en lo educativo, se ve con mayor claridad que la ESI trabaja sobre las raíces de los problemas sociales y, esas raíces, no tienen colores ni ideologías. La ley 26.150 nos abrió un camino para la promoción de la salud integral (física, psicoemocional, sexual y reproductiva, vincular, social, espiritual), del bienestar y de la felicidad de cada niño, niña y adolescente. Lo que sigue, es que cada familia y cada escuela, en un trabajo lo más armonizado posible, con base en conocimiento científico y en los valores personales y familiares, se anime a transitarlo gradualmente. Se trata de acompañar a chicos y chicas hasta la autonomía y el pensamiento crítico, y despedirlos de la escuela con la mochila cargada de herramientas para diseñar su proyecto de vida saludable.

(*) Psicóloga, Máster en Familia, investigadora doctoral. Directora de la Diplomatura en Educación Sexual Integral de la Universidad Austral.

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