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Ya Perón, en su segunda presidencia, a inicios de los años '50, abrió a la inversión internacional el área de la energía. Frondizi amplió la apuesta, con un importante y ambicioso programa de concesiones, adelantándose 30 años a lo que acabarían haciendo los otros países de América del Sur. Pocos años más tarde, Arturo Illia rompió unilateralmente contratos pactados por gobiernos democráticos que lo antecedieron, anulando las concesiones y embarcando al país en una sucesión de juicios y disputas internacionales. Las petroleras abandonaron el país, concentraron sus reclamos en procesos judiciales que resultaron costosísimos -pero que en la práctica nadie sintió, pues se pagaron con bonos- y liquidaron sus activos e instalaciones en la Argentina a un valor de oferta. No tenía sentido llevar a Medio Oriente máquinas y equipos usados, adaptados para el clima y las condiciones de nuestra tierra.
A partir de entonces, estas empresas, a la sazón sin ninguna experiencia en el negocio energético, comenzaron un largo camino de aprendizaje y capitalización ( inicialmente, como subcontratistas del Estado). Como era un rubro -y sigue siendo hoy día- de ventabilidad exponencial, casi todas tuvieron éxito, consolidando un sector empresarial que a pesar de los brutales cambios de reglas y crisis de la Argentina, no solamente sobrevivió, sino que se constituyó en un aporte dinámico y fundamental para la economía del país, nada menos que en el vital campo energético.
Pocos años antes de la privatización de YPF, se produjo un cambio de paradigma en el negocio petrolero en América del Sur. Hasta entonces, los países de la región tenían reservado el negocio energético para sus empresas estatales. Debido a la incapacidad (financiera, operativa y tecnológica) para abastecer energéticamente con ese modelo a sus mercados, no tuvieron más remedio que abrir el sector a la inversión internacional. Y allí, en primera fila, estaban prestas las dúctiles empresas argentinas para colaborar en el proyecto, al que se sumó la eficiente y dinámica privatizada YPF.
Como inicialmente las multinacionales desconfiaron de la región, permitieron la entrada y el afianzamiento de las empresas argentinas en Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia. Así la historia, a mediados de los años '90, el mayor potencial de negocio para las empresas petroleras argentinas no estaba en el país, sino en el resto de América latina.
Estas empresas, aun compitiendo entre sí, se constituyeron como una «legión argentina». YPF y sus centros de investigación, más los de las universidades de Cuyo y Comodoro Rivadavia, sinergizaron el esfuerzo colectivo, convocando a ingenieros, técnicos y especialistas argentinos.
La desnacionalización de YPF no solamente significó la pérdida de la principal empresa del país, sino la consolidación del proceso de liquidación y pulverización de un sector donde la Argentina tenía un liderazgo indiscutido en América latina. Se dice que hasta el rey de España llamó a nuestras autoridades para interceder a favor de la operación. Si así fuera, los españoles deberían felicitarlo, pues ha hecho lo que debe hacer un auténtico jefe de Estado ante un objetivo estratégico para su país: jugar su influencia en beneficio de la Nación.
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