En estos días tan convulsionados, donde la crisis en materia de seguridad no sólo ocupó el centro de la escena, sino que generó la cólera del mismísimo Presidente y se llevó puesto a un ministro con todo su equipo, hay quienes intentan restringir el campo del debate respecto de la actuación policial preventiva únicamente a si la Policía debe o no debe, frente a manifestaciones multitudinarias, portar armas de fuego. Se está mirando el árbol y no se presta atención al bosque.
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El problema de la fuerza de seguridad con armas de fuego o sin ellas es un tema meramente técnico y de manera alguna existe en el mundo una Policía sin armas. Lo que existen son personas en determinadas áreas o servicios que no portan armas, y que tienen apoyo en una línea de reserva que siempre está armada. Así ocurre con los vigilantes de calle ingleses, integrantes de un cuerpo formado en una tradición y entrenamiento específico que data desde 1829, los que, si bien sólo portan una porra corta generalmente oculta para defensa personal, son asistidos en forma permanente por patrullas armadas con armas de fuego a su mero requerimiento, y están autorizados a portar ellos mismos esas armas en casos de emergencia. Sin perjuicio de ello, un reciente informe revela que en Inglaterra «... cada vez son más quienes están convencidos de que la policía británica debe convertirse con el tiempo en un cuerpo totalmente armado». Otro tanto podría señalarse en el mundo respecto de diversos cuerpos policiales que actúan en algunos casos sin armas de fuego, donde el enorme prestigio social de que goza la fuerza, y el alto grado de continuo y especializado entrenamiento, agregados al consenso comunitario en la materia, permiten este régimen. Pero, en todos los casos, las fuerzas que no portan armas de fuego tienen la asistencia y protección inmediata de divisiones armadas con ellas.
Es algo tan obvio que la Policía, por naturaleza, debe estar equipada con armas de fuego que las organizaciones más estrictas en materia de derechos humanos, entre las cuales se encuentran Amnistía Internacional, Oxfam e IANSA, han emitido documentos relativos a «Armas y mantenimiento del orden» en los cuales ni se les ocurre discutir la legitimidad de portación de armas de fuego por parte de la Policía, la que dan por sentada; simplemente señalan los límites para su uso, los que colocan en los supuestos de defensa propia, o ante una amenaza de muerte o de lesiones graves que pongan en peligro la vida del agente o de terceros. De allí que esta discusión sobre portación de armas de fuego es hoy solamente la punta del iceberg.
• Esperanzas y temores
Desde los comienzos de la historia moderna, la creación de un cuerpo policial ha generado esperanzas y temores; se espera protección, pero se temen los abusos de poder. Sin embargo, la Policía constituye una institución fundamental para la vigencia del estado de derecho, para preservar la seguridad de la población y asegurarse la entrega de otros servicios sociales; y esto es algo que no puede soslayarse. De allí la importancia de la adecuada delineación de su perfil, su financiamiento y entrenamiento, pues debe despertar la confianza y, en consecuencia, el apoyo de los ciudadanos. Todas las ciudades, provincias y países del mundo entero, según sea el sistema, tienen su policía y han escogido para ella un perfil según las épocas. Desde la antigua policía de espionaje francés de Joseph Fouché hasta la tradicional policía comunitaria de Japón, con más de un siglo y medio de distancia entre ellas, pasando por el modelo de Inglaterra, Escocia y Gales, el de Nueva York o el nuevo de Sudáfrica o de otros países asiáticos, los estados y ciudades han entendido que sus policías necesitan de un perfil, una conducción y una política institucional más allá de los gobiernos de turno; sin ello, son fácil presa de la desmoralización, la corrupción y la ineficiencia, generando una profunda crisis en su seno.
Y algo de eso es lo que ocurre hoy con nuestra Policía.Cambiando discutidos jefes en forma sucesiva y permanente, sin conducción orgánica ni institucional, jaqueada en su seguridad y supervivencia, desorientada por órdenes y contraórdenes emanadas por el poder de turno, tironeada desde dos jurisdicciones, carente de una política de Estado en materia de seguridad, denostada, obligada por el poder político a violar su propia ley orgánica y sin poder entender qué se espera de ella ni hacia dónde quieren ir quienes la gobiernan, hoy nuestra Policía es una hoja en el viento zarandeada y desorientada en el medio de una profunda crisis. Pero las crisis también son oportunidades para construir una bisagra en la historia de las instituciones; así ocurrió con las policías más prestigiosas del mundo, como la de Nueva York en la década del '90, o con la Nueva Scotland Yard, que reemplazó a la tradicional que estaba jaqueada y desprestigiada; y en esos casos jugaron un rol especial, como en todos los procesos históricos, los hombres.
La forma de rescatar a nuestra hoy desdibujada Policía es colocando al frente de la misma a un hombre respetado y admirado por la institución, capaz de infundir en sus hombres y mujeres el apego a las leyes y una alta moralidad; pero al mismo tiempo también es imprescindible que se respete a la institución desde el gobierno y se le permita la recuperación de su identidad institucional y de su dignidad, brindándole la oportunidad de tener el mejor y más moderno de los entrenamientos y profesionalismo, sin interferencias políticas ni arrebatos coléricos que la coloquen en una situación de debilidad por destrucción de su cohesión interna.
En segundo lugar, la organización policial debe ofrecer a sus integrantes beneficios económicos razonables, durante y después del desarrollo de la carrera, y se debe contar con un sistema de autodepuración confiable basado en el principio de la tolerancia cero a la corrupción, y focalizado en el mérito y la competitividad. Debe tenerse en claro que sin una fuerza policial profesional y efectiva lo más probable es que reine la anarquía; y no habrá fuerza policial de esta naturaleza si no se toman las medidas del caso muy rápidamente.
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