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12 de agosto 2008 - 00:00

Es temprano para festejar el final de tiempos turbulentos

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George Bush
Corría mediados de abril. Reunión de los ministrosde Finanzas y presidentes de bancos centrales del Grupo de los 7 en Washington. La declaración oficial consigna la inquietud que causan las «fluctuaciones pronunciadas» de las principales divisas. A buen entendedor, la primera referencia concreta de escozor por la debilidad del dólar que formulaba el G-7 desde 1995. No estaba en agenda. Pero Europa consiguió la mención ablandando la reticencia (de varios años) del Tesoro de los EE.UU. Tras el cónclave, Christine Lagarde, titular de la cartera francesa de Finanzas, recomendó leer con cuidado el aparentemente inocuo documento. A su juicio, el texto podía servir para detener el deslizamiento del dólar.

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En rigor, allí la palabra intervención brilla por su ausencia. Pero su perfil se recorta nítido en las entrelíneas. El mensaje, por cierto, no cayó en saco roto. Después de esa reunión, el dólar sólo perforó en dos oportunidades la línea imaginaria de 1,60 contra el euro pero se las arregló para despejar toda amenaza duradera. No hubo intervención, se sabe, porque no fue necesaria. Ni siquiera la decisión del Banco Central Europeo de subir sus tasas de interés el 3 de julio -que no fue acompañada por la Fed- alteró la subrepticia paz cambiaria. Primera clave: el dólar dejó de caer, quebrando la tendencia imperante desde 2002. Y la semana pasada escribió un nuevo capítulo: por primera vez (salvando el episodio de raíz impositiva de 2005) pasó vigorosamente a la ofensiva. ¿Se trata de un mero vaivén de cambio de mareas tan propio de los volátiles mercados de divisas? ¿O se insinúa un viraje en la tendencia de fondo?

Con el sector externo operando como motor del crecimiento de la economía desde comienzos de 2006 (aportó 127% del aumento del PBI de los EE.UU. en el segundo trimestre), con una deuda externa neta voluminosa pero que todavía genera pagos inferiores a los ingresos que se perciben del exterior y con una paridad de poder adquisitivo del dólar en torno de 1,15 /1,20 frente al euro (distante del actual 1,49) hay razones para esperar un giro duradero. Más aún si se atiende a los vientos en remolino del ciclo. Como en la recesión de 2001, EE.UU. hizo punta. Pero el daño en la economía real hoy se atisba tan importante -o más- en Europa que en la propia área de origen de las dificultades. Y mientras EE.UU. avanzó en las medidas de tratamiento -recortes agresivos de política monetaria y estímulo fiscal de excepción-, resintiendo a su moneda en el camino, Europa aún debe reconocer la magnitud del problema y ensayar sus propios canales de alivio.

Corría mediados de junio. Reunión de los ministros de Finanzas del Grupo de los 8 en Osaka. Allí se define la suba formidable del petróleo y las materias primas como un «desafío global». Y se expresa su intención de tomar acciones para conjurar las presiones inflacionarias, en forma «individual y colectiva». Los presidentes de los bancos centrales no asisten, pero sus pronunciamientos a lo largo de todo junio denotan una comunión de objetivos. Dólar firme y tasas de interés en ascenso es el cóctel que se promete. No sólo de parte del G-8. En rigor, son los bancos centrales de la periferia los que despachan los mayores aumentos. El cerco sobre las commodities se cierra en junio y julio, pero sólo en las últimas semanas se cosechan los resultados. El emblema de la bonanza -el crudo- finalmente se doblega. Es otra modificación clave en la arena de las finanzas internacionales. ¿Durará? ¿Terminó el boom de las materias primas? En comparación con la caída del crudo en 2006, sin embargo, el tropiezo actual -considerando las proporciones- no es más que un gran resbalón.

Pero su significado no debería aminorarse: recuerda que no existe un activo imbatible. Ni las acciones de Internet ni los inmuebles pudieron en el pasado perpetuar las subas. Tampoco alcanza con remozar los talismanes. Es verdad que la escalada de precios del petróleo no consiguió alentar mayor oferta ni frenar la demanda mundial (el consumo declinante de los países de la OCDE fue más que compensado por los bríos de la periferia). Pero lo que no pudieron los altos precios lo está consiguiendo la creciente debilidad de la economía mundial. Sumar a la asfixia crediticia un impensado rigor monetario fue la contribución de los bancos centrales que terminó acelerando la definición. A diferencia de las acciones de Internet o de los inmuebles, sin embargo, el crudo es un producto de consumo. Y su oferta marginal está cartelizada.

  • Recortes

    Cuando su cotización patinó en el pasado reciente, la OPEP pudo remontar la cuesta, con facilidad, apelando a recortes en la extracción. Sin ir más lejos, en junio, cuando el presidente George Bush viajó dos veces a Medio Oriente y sólo consiguió arrancarle un aumento de producción a Arabia Saudita, Libia respondió a las presiones señalando que no toleraría una merma de precios y que, precisamente, acudiría a frenar el ritmo de los despachos de fluido.

    ¿Concluyó entonces el apogeo del crudo? Probablemente, si su oferta se mantuviese constante. Pero, ¿cómo garantizar que continúe la pasividad presente de la OPEP? No sólo de la citada Libia, sino de sus otros socios normalmentebelicosos (vgr. la Venezuela de Chávez). Sea por racionalidad de largo plazo o por efectos de la diplomacia económica, el cartel practicó un inesperado mutis por el foro. Es difícil pensar que sea una respuesta definitiva. Y lo cierto es que lo que resuelva la OPEP cuenta para vislumbrar el horizonte de los próximos meses. Con todo, un dólar más firme y precios de materias primas más sosegados resumen el giro de los mercados internacionales. La buena noticia es que el diagnóstico de estanflación toma distancia. Las presiones inflacionarias -concentradas en los precios de alimentos y energía- cederán y con ello las expectativas de potenciales desbordes. La mala noticia es que la amenaza de la estanflación se disipa porque el fantasma del estancamiento económico es más severo que lo que se creía, gana espacios a lo ancho de la geografía mundial y por sí solo ocupa toda la escena. Es temprano, pues, para festejar el final de los tiempos turbulentos.
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