La percepción popular suele ser bastante más aguda y rápida que lo que nosotros, simples estadígrafos y analistas, podemos registrar. Cuando la inflación sube, el poder de compra de los ingresos se deteriora mucho más de lo que indican las series de ingresos reales, pues los retrasos en los mecanismos de ajuste y pago de ingresos y salarios, pueden ser de magnitud tal que un salario perfectamente indexado (un salario que es ajustado mes a mes con la inflación), resulta una quimera.
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En los hechos, para preservar ingresos reales medios con inflación creciente se requieren ajustes instantáneos y anticipación perfecta. En tiempos en que la inflación sube, la sensación de pérdida de calidad de vida se apodera pues de la mayoría de la población. Convivir con tasas de inflación de 2% mensual no es lo mismo que hacerlo con tasas de 1% mensual, porque nos exige acciones rápidas de corrección en nuestros ingresos y gastos que, de postergarlas, hunden nuestro poder de compra. Por ello la tasa de inflación constituye un indicador primario y sencillo del nivel de confort o incomodidad en que nos movemos. Pero no es el único elemento, ya que nuestros ingresos en general variarán en forma inversa con la tasa de desempleo: cuanto más bajo el desempleo, en general podremos esperar que los ingresos salariales se ajusten más rápidamente (exista o no una curva de Philips estable, la relación inversa es la más probable). En condiciones normales esperaríamos que ambos indicadores (inflación y desempleo) se muevan poco y en forma opuesta, de modo que «en promedio» ello determinaría expectativas estables en el corto plazo, y un bajo nivel de ansiedad.
Pero no siempre estos índices se mantienen estables. Arthur Okun, quien fuera asesor de los presidentes Kennedy y Johnson, nos legó varios índices simples y sencillos, que permiten tener una idea rápida de «qué es lo que está pasando» a nuestro alrededor. Durante la presidencia de Nixon, y como reflejo de la situación de stagflación que caracterizaba ese período, propuso con particular sentido del humor -tal como recuerda Alan Greenspan en su reciente libro- un índice de incomodidad o malestar (discomfort index, luego rebautizado como índice de miseria) definido como la suma simple de las tasas de desempleo y de inflación. Obsérvese que el malestar se asocia positivamente con un aumento de cualquiera de sus dos componentes, de modo que un aumento del índice revela que prevalece un deterioro de las condiciones futuras (de inflación, de empleo, o de ambas). Qué reflejaba este índice, sino que más allá del trade off o relación inversa en general esperada entre desempleo e inflación, hay períodos en los que un aumento del índice señalaría un deterioro de las condiciones macroeconómicas, y una pérdida de bienestar o «aumento de la incomodidad». En lo hechos, es un indicador más de deterioro (o mejora) de las condiciones macroeconómicas (o una proxy de malestar), así que lo designamos IDM.
¿Qué nos diría el mismo índice calculado para la Argentina en un período más o menos prolongado? Por un lado reflejaría en forma parcial las sensaciones de incomodidad con base en la situación económica, pues existen otras dimensiones que también son relevantes a la hora de anticipar o reflejar una sensación de pérdida de bienestar (en un país volátil como la Argentina, alguien probablemente agregaría otros componentes al índice, desde tasas de interés, a nivel de la presión tributaria).
Pocos cambios
Pero simplificando, y limitándose a inflación y desempleo, lo que el índice dice en la Argentina es que se pasó de niveles de malestar muy altos por sobre 65% durante el año 2002 (recuérdese que el número es la suma de las tasas de desempleo y de inflación en cada momento), a cerca de 25% a comienzos de 2004. Desde entonces el índice no cambió mucho hasta principios de 2006.
Vale la observación de que cuando Arthur Okun propuso medirlo en Estados Unidos, el problema es que había llegado al extraordinario nivel de 10,6%. En la Argentina había llegado a niveles astronómicos a fines de los 80 y comienzos de los 90, cayó a menos de 15% hacia 1994 para volver a subir el año siguiente dominado por el aumento del desempleo. En el año 2006 el índice cae un par de trimestres por menor desempleo e inflación (controles de precios, prohibición de exportar carne, y otras medidas de represión mediante). Luego tenemos dos historias bien diferentes. Si nos atenemos a los índices de inflación de GBA, el índice cae hasta tocar 18% en el segundo trimestre de 2007, y menos de 17,5% en el tercer trimestre. Si en cambio se utiliza el índice del Resto Interior urbano (barra más oscura), o que contemple lo que está ocurriendo en los últimos meses (anualizando la inflación del trimestre móvil, la línea de puntos), el resultado es cualitativamente diferente.
En efecto, el IDM muestra que se revierte la ganancia de 2006, y que volvemos a 25% de los últimos años. La medición del tercer trimestre podría ser de menor calidad, al manipularse también los datos del interior urbano.
¿Qué índice mide mejor la «sensación térmica», el que utiliza los datos de inflación de GBA o algún otro que contemple la inflación del interior del país? Como no podía ser menos, la Argentina tiene dos índices de Okun de malestar (o de «condiciones macroeconómicas») para elegir, y no es por culpa de Okun. Pero de aquí en más será fácil acceder a un nuevo índice para percibir la «sensación térmica» de los argentinos, y eventualmente anticipar cambios en la misma.
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