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3 de junio 2004 - 00:00

Ir así y ahora a Haití es jugar en 3° división

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El primer párrafo de la Carta dice: «Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles». Este primer párrafo enuncia el objetivo a lograr. Y así surgieron las operaciones militares de paz.

Algunos dirán que las Naciones Unidas han fracasado, puesto que el mundo ha estado lejos de librarse de las guerras. Pero nadie se detiene a pensar que siquiera el accionar de las Naciones Unidas ha permitido prevenir, circunscribir y limitar los conflictos, entendiendo por tales las diferencias que involucran el uso de medios violentos. La pregunta que todos deberíamos hacernos es qué podría haber ocurrido si la Organización de Naciones Unidas y los países firmantes no se hubieran comprometido en esta esperanza de la paz. La respuesta es simple: los horrores se hubieran multiplicado.

La Argentina siempre tuvo una inclinación a tener un papel activo en el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales. Lo había hecho por propia iniciativa, como en la Guerra del Chaco Boreal, en la década del '30, y en la guerra entre Perú y el Ecuador en la década del '40; bajo el amparo de la Organización de Estados Americanos en el conflicto entre El Salvador y Honduras en 1969, y en la remoción de minas en Nicaragua, 1993; y bajo el auspicio de Naciones Unidas, desde 1958. Pero la participación sustancial y protagónica de nuestro país fue a partir de 1992, durante mi primera presidencia.

Al asumir mi primer período como presidente el mundo ya no era el de la Guerra Fría. Pareció haberse dado cuenta de que resolver los conflictos entre Estados mediante el uso de la fuerza sólo traía inestabilidad y escollos al desarrollo de los pueblos. Ahora la seguridad se transformaba en cooperativa: cuanto más estable estuviese mi vecino, mejor podríamos cooperar en beneficio de nuestros propios pueblos.

Por eso mi primer esfuerzo fue finalizar, de una vez y para siempre, las potenciales disputas territoriales con nuestros vecinos. Juntos teníamos mucho que ganar y enfrentados mucho que perder. Pero el mundo se globalizaba a cada minuto, y la Argentina no podía permanecer encerrada en su torre de marfil, como hubiese sido la situación un siglo antes. Debíamos ser actores y no espectadores del nuevo mundo que asomaba.

Por eso, primero en soledad y luego de conversarlo con mis más cercanos colaboradores, decidí que el incremento de la participación militar argentina en operaciones de paz debía ser sustancial. Ello redundaría no sólo en beneficio de nuestra Patria, sino que ayudaría a nuestras naciones hermanas a conocer el camino que deberíamos recorrer juntos, haciendo de nuestro continente un adelantado de la humanidad.

Ya a esa altura tuve que enfrentar ciertos preconceptos que rondaban por el aire, cuya mayoría provenía de mordazas ideológicas que hoy han reaparecido con inusitada fuerza: decían algunos que había que tender a la eliminación de las Fuerzas Armadas porque eran causa de guerras, cuando la realidad era que los militares existían porque existían las guerras, y no a la inversa. También había otros que decían que desaparecidas las amenazas tradicionales, debían disminuirse o eliminarse las Fuerzas Armadas. Me opuse y los convencí de que, quizá lamentable pero real, el uso de la fuerza todavía era un recurso legítimo en el concierto internacional, y que no creía en los desarmes unilaterales.



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