En el gran artista importa la creación y no sus debilidades.
En el gran artista importa la creación y no sus debilidades.
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Y debilidades tuvo muchas, la gran bailarina norteamericana Isadora Duncan, fallecida trágicamente teniendo sólo 49 años.
Fue en la danza una renovadora genial, tanto como que revolucionó el baile clásico de su época.
Pero grandeza en la creación no implica grandeza en el creador. Porque la gran obra de un artista suele superar al artista.
Había nacido en San Francisco, Estado de California, EE.UU. en el seno de una humilde familia de origen irlandés.
Muy precoz, ya en la escuela primaria, teniendo 11 ó 12 años solicitó hacer un número de baile en una festividad escolar.
Y apareció descalza, con solo una túnica cubriendo su desnudez, con lo que causó la indignación de padres y maestros.
Estaba delineada su personalidad.
A los 18 años crea una escuela de danzas, sin haber estudiado tan difícil arte. Pero posee un talento y una intuición tal, que reemplaza sus carencias de formación académica.
Viaja a Chicago y comienza a actuar profesionalmente.
Su manera particular de bailar le suma admiradores fervorosos y críticos implacables.
Pero va creciendo su fama. Es audaz para golpear puertas y valiente para expresar sus opiniones.
-Soy partidaria del amor libre. Lo practican los hombres y es considerado un mérito; agrega.
Se le conocen múltiples romances, sobre todo con hombres anónimos: mucamos, choferes, peones.
Tiene ya dos hijos y no tiene la certeza de quienes son sus padres. Y estamos aludiendo a los comienzos del siglo XX.
Le surge un contrato en Londres después de una actuación en el Carnegie Hall. de Nueva York, donde se anima a bailar música de Shubert y de Chopin, no creadas para baile.
Logra cimentar su fama, pero ya el consumo de alcohol se está apoderando de su físico.
Y es sabido que el vicio viene cuando lo llamamos. Pero no se va cuando se lo pedimos. Porque esos vicios que destruyen vidas, no acechan. Se les pide que vengan...
Pero todavía es joven y su talento y fama siguen intactos.
Año 1921. Isadora Duncan tiene 43 años. La contratan de Moscú. Y allí se deslumbra por un elegante y conocido poeta ruso de solo 27 años, es decir 16 años menor que ella.
Se casan al año siguiente.
Ella no habla ruso y el habla muy poco el inglés.
Pero hay otras incompatibilidades.
Se separan rápidamente.
Pocos años antes Isadora Duncan había soportado una terrible desgracia. Se ahogan sus dos hijos que viajaban en un automóvil, que cae al río Sena.
Y parte luego a Grecia, donde descubre que sus danzas, bailadas repetimos, por instinto, son idénticas a los bailes tradicionales que se practican allí desde siglos.
Visita Buenos Aires donde permanece sólo dos días.
Ha engrosado ostensiblemente, lo que le quita plasticidad a su baile y le otorga tristeza a su existencia, sigue siendo tumultuosa en cuanto a sus numerosos romances.
Está viviendo en la costa Azul, cuando la deslumbra un joven que por edad, podría ser su hijo.
Es un concesionario de Bugatti, una marca italiana de automoviles: Decide conquistarlo.
Finge estar interesada en un auto, hecho irrealizable por su precaria situación económica.
Le pide al joven probar el auto. Es un día de viento e Isadora usa un largo chal.
Este se engancha con los rayos de la rueda posterior del coche y estrangula a la bailarina, un 14 de septiembre de 1927.
Final trágico para una vida plena de tragedia.
Es que la vida no da alegrías tan grandes como las que quita.
Y un aforismo final para Isadora Duncan:
“El tiempo pasa para todos. Pero los grandes del arte se incorporan al tiempo”.
Si. 81
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