La teoría económica ha escrito numerosas páginas que explicaban las ventajas que la banca extranjera puede derramar sobre sistemas financieros cerrados a la competencia externa. De hecho, Latinoamérica asistió durante gran parte de la década del '90 a un proceso de fuerte internacionalización de sus sistemas bancarios. El caso extremo, posiblemente, fue México, en cuyo sistema los bancos internacionales pasaron de tener una participación inferior a 10% a una superior a 70% entre los años 1995 y 2002. Paradójicamente, mientras distintos países latinoamericanos abrían masivamente las puertas a la banca extranjera, naciones que conforman un mismo espacio económico y político, como son las pertenecientes a la Unión Europea, trataban de eludir sus propias recomendaciones, poniendo reparos a la venta de bancos nacionales a entidades de otros países europeos. El caso más actual, pero no el único, ha sido el de Italia. El Banco Central italiano había sido -hasta hace un par de semanas- una de las pocas instituciones que había quedado al margen de los numerosos escándalos que han sacudido durante las últimas décadas la vida política de la península.
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La fallida compra de dos bancos italianos por parte de entidades extranjeras abrió una serie de suspicacias e investigaciones concretas que salpican al propio presidente del Banco Central italiano, Antonio Fazio, acusado de haber favorecido a dos instituciones locales en desmedro de las extranjeras.
Las dos operaciones fallidas son las ventas de la Banca Antonveneta y de la Banca Nazionale de Lavoro al ABN y al BBVA, apareciendo dos interesados locales el BPI y UNIPOL, quienes estuvieron a punto de quedarse con ambas instituciones. Sobre estos últimos recaen sospechas que van desde la utilización de información privilegiada hasta la violación de normas del proceso de adquisición, investigaciones en las que intervienen otros reguladores financieros italianos tales como la Comisión Nacional de Valores de ese país. Más allá de la anécdota, este escándalo abrió una fuerte discusión en Italia sobre temas que son relevantes también para la realidad financiera argentina pero que se hallan fuera de nuestra agenda de prioridades. Dejando de lado la discusión referida a las posibles ventajas o desventajas de abrir el sistema financiero a la competencia internacional o de cómo hacerlo, la clase política italiana está discutiendo dos ideas.
Por un lado, se preguntan si no ha llegado la hora de mejorar el fragmentado mundo de la regulación financiera en Italia, donde al igual que en la Argentina existen cinco reguladores financieros distintos, generando innumerables ineficiencias, que terminan sufriendo los consumidores de servicios financieros y las empresas. Por el otro, el Parlamento italiano está considerando la posibilidad de transferir la supervisión del Banco Central referida a la competencia bancaria al ente responsable de la defensa de la competencia. Una discusión abierta y desprejuicida respecto de temas medulares de regulación financiera es una asignatura pendiente de la clase política de las últimas décadas. El ignorar estas cuestiones tendrá inevitablemente consecuencias en el comportamiento de nuestro sistema financiero en el mediano y largo plazo.
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