24 de noviembre 2006 - 00:00

Los controles agravan conflictos y atrasan

Aunque los avances tecnológicos son reconocidos como la causa del progreso de la humanidad, el verdadero motor del progreso es el desarrollo institucional. Pues las instituciones facilitan que las personas se encuentren e interactúen de forma cada vez más productiva y creativa. Una prueba son las tremendas asimetrías de ingresos, a pesar de que la tecnología está disponible en todas partes y países. Pudiendo emplear las mismas técnicas, unas sociedades son pobres y otras ricas. La causa de la desigual eficacia no está en las tecnologías utilizadas, sino en el entramado institucional.

Por ello es que debemos ser muy cuidadosos cuando alteramos el funcionamiento de las instituciones. Una de las que más ha contribuido con el progreso de la humanidad son los mercados, donde oferentes y demandantes se encuentran y resuelven sus conflictos de la forma más eficaz. Para entender bien el tema, ante la escasez de bienes surge un conflicto: la gente quiere más bienes que los que están disponibles. Una forma de resolverlo es que una autoridad otorgue preferencia a unos frente a otros, que se quedan sin los bienes apetecidos.

  • Tensiones

  • Esa forma autoritaria de asignación de recursos da lugar a grandes tensiones y descontentos. Finalmente, la autoridad reparte lo que es escaso, pero no repara las causas del faltante. En cambio, la institución de los mercados permite resolver el conflicto pacíficamente, pues los precios estimulan la producción de lo que es escaso. Al mismo tiempo, incentivan el mejor uso de lo escaso, al abrir la posibilidad de cambiarlo o sustituirlo por otro. En otras palabras, el sistema de mercados y precios libres resuelve la dificultad de dos formas complementarias. Por un lado, alienta mayor oferta y producción. Por el otro, incentiva el uso más productivo de lo escaso. Obviamente, cuanto mayor la extensión de los mercados, cuanta menos exclusión de posibles oferentes y demandantes, más productiva la institución mercado y las sociedades que lo sustentan.

    Pero el aporte de los mercados no termina allí. El encuentro de personas y la conversación abierta por los mercados define y selecciona características del producto por ofrecer, servicios complementarios, condiciones, además del precio y cantidades. Por ejemplo, hoy no se hace acopio de bienes de consumo porque los supermercados y tiendas aseguran la provisión en tiempo y forma. De modo que los mercados reducen la necesidad de guardar inventarios, ahorrando grandes recursos a la sociedad. Aparecen nuevos productos y servicios que nadie hubiese pensado antes ni supuesto su utilidad, porque son descubiertos en las numerosas interacciones entre los agentes económicos.

    La riqueza y variedad de ofertas, bienes y servicios de la que gozamos nunca hubiese sido posible con sistemas autoritarios de asignación, como son los encarnados por funcionarios estatales que deciden precios, pero no tienen la capacidad para oír a la gente y responder a sus necesidades variadas de la forma más precisa posible. Nadie medianamente informado puede proponer que una oficina pública satisfaga eficazmente los requerimientos múltiples de una gran población, personas con gustos y necesidades diferentes como las que componen una vibrante nación de 40 millones de habitantes.

  • Rol distinto

    El rol del Estado es otro y muy distinto. Es uno mucho más difícil y problemático. La defensa y sostenimiento de los derechos individuales de decisión, evitando que cualquier persona impida u obstruya su ejercicio, de forma redundante o innecesaria. El más público de todos los bienes, pues beneficia al conjunto; pero ninguna-persona singular puede atender de forma separada. Por ejemplo, para defender el derecho de cada uno a vivir, el más elemental de todos los derechos, la responsabilidad del Estado es definitoria. Sin Estado, las personas aisladas debieran armarse y todos estarían en peligro.

    Los bienes privados deben decidirse por acuerdos entre individuos singulares. Los bienes públicos requieren acuerdos de grandes mayorías y para facilitarlos están las instituciones políticas; el Estado debe velar por la libertad de ejercer las actividades lícitas, sin interferencias innecesarias, tal cual prescribe nuestra Constitución.

  • Beneficios

    Pero así como algunos individuos privados buscan apoyo de los funcionarios para alterar normas a su favor, por ejemplo, restringir la oferta de competidores, o modificar leyes para dejar de pagar deudas o impuestos, también los gobiernos cambian reglas para beneficiarse con el apoyo de parte de la ciudadanía. Por ejemplo, manteniendo bajos los precios de bienes de consumo puede granjearse la adhesión de gran parte de la población.

    No obstante, la gran tarea de los que se sienten responsables y partícipes de la sociedad es resistir esos embates. Los bienes públicos están para impedir trabas innecesarias a las actividades. Cuando los funcionarios utilizan su posición para ganar sustento, apartándose de sus mandatos, están violando las instituciones y les debemos señalar ese desvío. La diferencia entre los países prósperos y el resto no está sólo en los gobiernos. Las actuaciones concertadas de la ciudadanía explican gran parte de los resultados. Mientras en el subdesarrollo, cada uno se ocupa ciegamente de lo suyo, sin fijarse lo que les pasa a los demás, la gente de los países avanzados sabe que las interferencias que sufren otros, colegas o competidores, luego caerán sobre ellos. Por eso se resisten a todas las interferencias innecesarias o redundantes a las actividades. Finalmente, debemos comprender que nuestra suerte está atada a la de nuestros compatriotas y vecinos. Si ellos prosperan, nosotros tendremos mejores perspectivas. Si son molestados, también lo seremos nosotros. A la larga, el control de precios retrasa a las sociedades, y la mayoría pierde.
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