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30 de septiembre 2008 - 00:00

"Los varones nos oyen, pero nos descalifican"

Pese a tener dos hermanos desaparecidos, la diputada nacional Norma Morandini (bloque Memoria y Democracia) se permite pronunciar la palabra perdón. Más aún, considera que los muertos de los dos lados deben servir para que los argentinos aprendan a convivir. Para ella, los temas de las mujeres constituyen la verdadera transversalidad en el Congreso. Y, en la presidencia, no le interesa el género sino la concepción del poder.

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Norma Morandini
Periodista: ¿Han avanzado las mujeres en el Congreso?

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Norma Morandini: Yo me opuse al cupo. Pensaba de qué sirve si siguen llegando las mujeres, hijas y esposas «de». Hoy tengo que reconocer que me equivoqué. La primera vez que vine a entrevistar a una diputada, hace 15 años, me llevó al comedor y nos sentíamos pésimo porque éramos las dos solitas y al lado una patota masculina haciendo chistes. Hoy, cuando se discuten leyes que tienen que ver con las mujeres, los hombres ya no se animan a ponerse el sobretodo para irse. Y lo verdaderamente transversal son los temas de mujeres, porque atraviesan todos los bloques.

P.: ¿Los hombres las aceptan?

N.M.: Antes no nos escuchaban, ahora sí, pero nos descalifican por ingenuas. Entonces yo reivindico el derecho a la ingenuidad. Porque ¿quién dice que esta concepción del poder tan masculina, tan vertical, tan militar, no es la que nos ha llevado a las crisis? Entonces, probemos la otra, la horizontalidad, el diálogo, el reconocimiento al otro. Nos educan como madres para cuidar del otro, como maestras para educar y como amigas para compartir la información. Si esas cosas las mujeres las pudiéramos aportar, humanizaríamos mucho la política. Si no aportamos valores nuevos y una mirada femenina, no vale la pena. Por otro lado, hay todavía mucho prejuicio. En Brasil, la prensa maliciosa comentó que Cristina tenía la media corrida. ¡Cómo puede ser que una presidenta sea juzgada por eso! No hay mujer que no se sienta enojada con eso. En mi primer encuentro con mis colegas como diputada, les dije: No me levanten la falda para ver si tengo la media corrida. Claro que si uno exagera el atuendo también corre el riesgo de ser juzgada por el atuendo. A mí la asunción de Cristina me emocionó. Pero después dije ¡qué raro!, la gente frívola juzga su atuendo y los que no se creen frívolos juzgan su elocuencia, que también es una apariencia.

  • Anomalía

  • P.: Cristina presidente, ¿fue una conquista de género o una anomalía sucesoria?

    N.M.: La anomalía es la pareja presidencial, la concepción del poder; que a mucha gente le parezca natural que una esposa herede del marido. Sin negar sus méritos, si no tuviera al esposo para ponerla en ese lugar... A mí me interesa un modelo de mujer autónoma. Lilita (Carrió), por ejemplo, es una mujer autónoma... (Margarita) Stolbizer.

    P.: ¿Una mujer presidente no es una reivindicación para todo el género?

    N.M.: No. Las feministas europeas tenían una frase muy cínica, decían que la verdadera igualdad iba a llegar cuando las mediocres también fueran ministras. Entonces no es el hecho de ser hombre o mujer. A mí lo que me importa es que efectivamente tengamos un presidente o presidenta de la democracia, no alguien con una concepción tan personalista del poder. ¿De qué nos sirve que haya una mujer si la concepción del poder no se ha democratizado? Y yo confío muchísimo en que las mujeres podamos cambiar esa concepción, no porque seamos mejores, sino porque llegamos tarde. Por eso reivindico el derecho a la ingenuidad.

    P.: Cuando Ingrid Betancourt fue rescatada, usted elogió su predisposición al perdón. ¿Comparte ese sentimiento?

    N.M.: Estoy escribiendo un libro que habla del perdón, aunque la sociedad todavía no quiere hablar de eso. Las figuras destacadas en la historia son las que perdonan y no las que hacen la guerra. No hay persona que tenga más unanimidad que Nelson Mandela, que hizo del perdón un instrumento político.

    P.: ¿Cuál sería el camino hacia el perdón en la Argentina?

    N.M.: En Europa no hay pueblo que no tenga las cruces de los muertos de los dos lados.La muerte restituye la humanidad. Después de muerto no se es radical, ni trotskista, ni peronista. Hay algo enfermo entre nosotros. Mis muertos, los tuyos, los del otro. Sucede Cromañón y los funcionarios no van. Yo no necesito probar nada en relación a los derechos humanos. Y aunque no dudo de la honestidad de mucha gente, también reconozco mucha sobreactuación.

    Celebro la justicia, pero no me alegré de que ese viejito (Luciano B. Menéndez) termine preso. Todavía lloramos, porque hay mucho dolor en nuestro país. Y si no reconocemos al otro como a un igual en el dolor, no podemos trabajar con el otro.

    P.: ¿Tiene el gobierno una política de derechos humanos?

    N.M.: Acá el mérito fue de las víctimas, que convirtieron su dolor en una interpelación al poder. Yo sigo tomando como gran símbolo de la democratización el juicio a las Juntas y la estrategia de pacificación de Alfonsín. Treinta años después es importante celebrar la justicia, pero creo que la sociedad se debe un gran debate de por qué nos desquiciamos. Lo que ha hecho el gobierno es oficializar los derechos humanos en relación al pasado. Pero la política de derechos humanos es una política comprometida con la vida. Yo me pasé primero años reconstruyendo y denunciando lo que pasó, después preguntándome por qué pasó y hoy me pregunto ¿qué hacemos con lo que nos pasó? Yo vivo la muerte de todos, sin distinción, como una inmolación para que los argentinos entendamos que hay que vivir en democracia, respetar al otro y ser iguales ante la ley.

    Entrevista de Claudia Peiró

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