Argentina ante la encrucijada de bajar los aranceles del Mercosur

Opiniones

Este debate no es novedoso dentro del Mercosur. Pero en 2021 parece estar acumulándose la presión política necesaria para llegar a una definición.

En los últimos meses, el Gobierno se ha adentrado cada vez en una encrucijada: ¿acompañar la apertura del Mercosur por más que eso vaya en contra de su ADN político? O, por el contrario, ¿bloquear la agenda y resistir en su postura proteccionista, aún ante el riesgo de generar una crisis dentro del bloque?

La incompatibilidad de agendas volvió a quedar en evidencia esta semana, cuando se dieron cruces directos entre los ministros de Economía y Relaciones Exteriores argentinos y sus pares de Brasil, en el marco de la discusión sobre la propuesta brasileña de reducción del Arancel Externo Común (AEC) del Mercosur.

La iniciativa es impulsada desde hace varios años por el Ministro de Economía, Paulo Guedes, como parte de su paquete de reformas para dinamizar la economía brasileña, y tiene el visto bueno del presidente, Jair Bolsonaro. Además, la rebaja arancelaria cuenta con el apoyo de Paraguay y Uruguay, que hace años reclaman una mayor apertura del bloque. Argentina, en cambio, se ha mostrado firme en su posición de que ahora no es el momento de avanzar hacia una mayor liberalización y que el camino es la integración interna.

Este debate no es novedoso dentro del Mercosur. Pero en 2021 parece estar acumulándose la presión política necesaria para llegar a una definición.

Para entender esta situación es necesario hacer un poco de historia. La creación del Mercosur en 1991 implicó la puesta en vigor de un arancel externo común entre los 4 socios fundadores. El nuevo AEC del Mercosur se ubicó en promedio alrededor de 14%, un nivel que estaba en línea con los aranceles que en ese momento imponían las principales economías mundiales. Además, significó una importante reducción arancelaria respecto al promedio que tenían vigente los países sudamericanos.

Pero hay que tener en cuenta que la aplicación de este arancel no fue completa, sino que se pusieron en vigor múltiples mecanismos de excepción para que cada país pudiera modificar, de manera acotada, el arancel que imponía. Como era de esperar, Paraguay y Uruguay usaron estas excepciones para reducir sus aranceles, en cambio, Argentina los aumentó. La falta de consenso también dejó fuera del AEC a algunos sectores económicos, como el automotriz, que quedó regido por acuerdos bilaterales con aranceles del 35%. La intención era que estas excepciones, que distorsionbaan el comercio interno y externo, estarían vigentes solo por un período de transición, mientras se negociaba la completa convergencia hacia el AEC de todos los países. Sin embargo, esto no ocurrió.

En las décadas siguientes el Mercosur no realizó ningún cambio significativo en los niveles y estructura de su arancel externo. Mientras tanto, el resto del mundo avanzó en un ambicioso proceso de liberalización arancelaria. Como consecuencia, hoy el Mercosur tiene aranceles que están entre los más altos a nivel global. El arancel promedio del bloque, que sigue en torno al 14%, solo es comparable al de algunas economías africanas, y es casi 5 veces más alto que el aplicado por economías desarrolladas, como Estados Unidos, Canadá o Australia.

Al día de hoy, cualquier proceso realista y ambicioso de modernización e integración internacional del Mercosur, como el pretendido por Brasil y Uruguay, implica avanzar en una rebaja del AEC. Bajo este escenario, los funcionarios brasileños pusieron en la mesa de negociación una propuesta de rebaja arancelaria del 20% (promedio) a implementarse en el plazo de un año. Además, la propuesta incluye la eliminación de varios de los mecanismos de excepción que permiten subas de aranceles por encima del AEC.

El problema es que una medida de este tipo va en contra de la política comercial argentina de los últimos 25 años. También va en contra de lo que es la ideología del gobierno argentino y las creencias de (por lo menos una parte) de su base electoral.

Al mismo tiempo, si no se logra un consenso, la tensión entre los Estados parte del Mercosur seguirá subiendo, pudiendo llegar al punto donde se ponga seriamente en duda la validez del bloque como instrumento de integración. Una posible disrupción del comercio, en especial entre Argentina y Brasil, sería un golpe directo al desarrollo nacional. Hay que recordar que el Mercosur es el primer destino de exportación del país (u$s 9.860 millones en 2020), y primer origen de importaciones (u$s 11.220 en mismo año). Una de cada cinco empresas exportadoras argentinas envía sus productos al Mercosur, que también es el principal mercado para múltiples sectores de la industria y la agroindustria.

En definitiva, en lo que es la rebaja del AEC, Argentina parece haberse quedado sin aliados. Como socio minoritario del Mercosur no es sencillo vislumbrar opciones negociadoras que le permitan bloquear esta agenda. Por lo menos no sin elevados costos económicos. La interrogante que prevalece es cuánto estará dispuesto a flexibilizar su postura cada país y si, en todo caso, existe un consenso posible que evite un conflicto comercial.

(*) Economista y Docente de Economía Internacional UCEMA. Colaborador Fundación Libertad y Progreso.

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