La desigualdad y la meritocracia

Opiniones

En un país con 13 millones de pobres, como la Argentina la propuesta de la meritocracia no parece otra cosa que algo muy cínico. No se debe exigir que la construcción de ese país que soñamos dependa de la meritocracia de los marginados.

Se entiende por meritocracia aquello que se consigue en base al esfuerzo y al mérito del trabajo, en pos de alcanzar un determinado objetivo. En otras palabras, hay quienes lo traducen de la siguiente manera; cada uno tiene lo que se merece.

Ése término, como concepto, lo puso sobre la mesa el gobierno de Mauricio Macri. Con un discurso inspirado en las bases de la comunicación evangélica, el consultor ecuatoriano, Jaime Durán Barba, fabricó candidatos como el expresidente y otros del mismo espacio que repitieron al unísono esa peculiar palabra; meritocracia.

Interpretando a la perfección lo que una importante porción de su electorado quería escuchar respecto a la ayuda social, Cambiemos buscó resignificar lo que se conoce como “asistencialismo” para transformarlo, conceptualmente, en el desarrollo de las personas a través de los méritos que hagan para ganarse lo que necesitan.

En una sociedad igualitaria y sin asimetrías, podría resultar razonable. Pero en un país con 13 millones de pobres, como la Argentina, especular con la urgencia del otro, que no es ni más ni menos que el hambre, la vivienda, y las condiciones de vida, la propuesta de la meritocracia no parece otra cosa que algo muy cínico.

Desde la comodidad de la clase media y alta, hay muchos que ven a los pobres como grandes privilegiados porque no pagan impuestos, porque en ocasiones toman terrenos, o porque el Estado los asiste con planes sociales y subsidios. Creen que son vagos por elección. Que tienen hijos para percibir más asignaciones. Pero nunca se detienen a pensar que los privilegiados son aquellos a los que nunca les faltó nada, que tuvieron casa, comida, estudios, contención familiar y un abanico de posibilidades para elegir a qué querían dedicar su vida. Tampoco parecen pensar que la falta de oportunidades lleva a los sectores más vulnerables a un embudo del que es muy difícil salir. Pero insisten con la meritocracia.

Ahora, en tiempos de pandemia, la ayuda social se ha triplicado en los comedores, sobre todo en el Área Metropolitana de Buenos Aires, con muy fuerte anclaje en el conurbano. Allí, y en la Capital Federal, observamos un despliegue territorial no sólo de funcionarios sino también de voluntarios que salieron a las calles a dar su ayuda. Muchos de ellos enrolados en Cambiemos, ya sea de modo partidario o por afinidad ideológica, implementaron una red que asiste a personas de barrios populares a cambio de un trabajo artesanal; hacen bijouterie para que luego los voluntarios lo vendan y, simbólicamente, con esa plata compren la comida que van a llevar a cada una de esas familias. Una expresión clara de lo que entienden por meritocracia.

Otro ejemplo que exhibe nítidamente una gran parte de la sociedad que adhiere al mismo patrón de pensamiento, se dio en los últimos días a partir de las manifestaciones que nuclearon a los barrios cerrados del Municipio de Tigre; allí, los vecinos realizaron una movilización en autos pidiendo que se habilite la circulación interna en los countries para recuperar el esparcimiento. Sin embargo, los reclamos no se limitaban a eso. También pedían por la libertad individual, y hasta algunos se comparaban –tristemente- con las diferencias entre la cuarentena comunitaria que hacen en los lugares más pobres, esgrimiendo argumentos de estirpe clasista que no hacen más que dividir a la Argentina en dos: “Ellos están libres y nosotros presos. Hay que vivir en Laferrere que es un viva la pepa”, se escuchó decir a una vecina en un móvil de televisión.

Sin recurrir al otro extremo de la discusión en el que se encuentra el dirigente social de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Juan Grabois, que plantea la reforma agraria para que nadie pueda tener más de 5 mil hectáreas y redistribuir la tierra para dar solución a los problemas habitacionales que tiene la Argentina, está claro que la sociedad toda debería replantearse cómo ayudar a construir un país más justo desde la solidaridad, reconociendo al otro como un par y entendiendo que por algún motivo azaroso no tuvo la dicha de nacer en otro lugar o con las mismas oportunidades.

No se debe exigir, entonces, que la construcción de ese país que soñamos dependa de la meritocracia de los marginados. Por el contrario, la responsabilidad de lograrlo debería estar puesta en quienes más posibilidades tienen, sin descontar –obviamente –la conducción de las políticas públicas que se impulsen desde el Estado.

Analista Político

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