Muerto el modelo K, que viva el modelo K
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He aquí el dilema del modelo K: para subsistir requiere de correcciones económicas que serían vistas por los que lo apoyan como una derrota frente al enemigo y, por lo tanto, como un signo de debilidad política. Y ya sabemos lo que los peronistas hacen con sus líderes cuando éstos muestran alguna debilidad. El modelo K requiere que para sostener sus errores políticos el gobierno deba mantener a ultranza su erróneo rumbo económico. La dinámica del modelo lleva a cada vez mas división social y mayor desequilibrio económico.
El típico votante K nunca se enteró de que en el resto de los países hermanos de América latina el combustible, el transporte y los alimentos son muchísimo más caros que en la Argentina, a pesar de que nuestros pobres son mucho más ricos que sus pobres. En verdad, esto es casi inexplicable salvo por el igualmente inexplicable sistema de impuestos y subsidios que constituyen la artillería del modelo K. Los impuestos al agro generan alimentos baratos y un excedente fiscal que se usa para subsidiar la energía y el transporte.
Lamentablemente, la ecuación fiscal no está cerrando: frente a cada vez más altos costos de importar energía, el modelo K requiere de creciente presión impositiva sobre el campo. Es sabido que el campo es reacio a acomodarse y ha generado una reacción política y legal que amenaza el precario equilibrio fiscal K, a la vez que debilita sus lealtades políticas. En realidad, este equilibrio fiscal se tambalea. Hace rato ya que en la actualidad hay un altísimo monto de deuda por subsidios impaga y no documentada. Como el monto de los subsidios energéticos está explotando a la par del precio del petróleo, se estima que esta deuda indocumentada continuará creciendo y convirtiéndose en una amenaza potencial para la estabilidad económica.
Sintetizando, podemos decir que el modelo K se basó en redistribuir una riqueza que se generó exógenamente gracias al crecimiento del precio internacional de los commodities que exportamos. No se fomentó la cultura de la producción ni tampoco la cultura de la especulación. Lamentablemente, el énfasis estuvo en la cultura de la redistribución y la lucha de clases.
El futuro modelo tendrá que lidiar con la pesada herencia del modelo K. Una sociedad dividida y rencorosa. Una economía endeble, endeudada y desacreditada internacionalmente. Instituciones débiles o simplemente arrasadas. Frente a este sombrío panorama, mi sugerencia es que lo primero que debe hacerse es rescatar todo aquello valioso del modelo caído. El error de De la Rúa fue anunciar alegremente el inmanejable estado de las finanzas públicas heredado, y aplicó un impuestazo que fue el germen de su debacle.
Kirchner atacó con ansias la convertibilidad y el mercado, para terminar con un tipo de cambio cuasi fijo en franca apreciación y un sistema nunca antes experimentado de subsidios a empresas privadas para sostener un nivel de precios tan inviable que, además, requirió destruir a una institución tan sólida como fue el INDEC.
Creo que el nuevo modelo debe basarse en una nueva política. Si la vieja política prevalece no hay modelo económico que aguante. La reacción del campo y el increíble apoyo popular que éste recibió frente a los estertores fascistas de los defensores del modelo K a ultranza, sugieren que algo nuevo puede construirse. Hace no tantos años hablábamos de temas tales como reforma política, nueva Ley de Coparticipación, reconstruir el federalismo, reforma laboral y gremial, inserción argentina en el mundo, etc. Hay que olvidarse de reescribir el pasado y enfrentar definitivamente estos desafíos políticos aún pendientes.
Creo que reformar el modelo económico debe pasar a segundo plano frente a los inmensos desafíos que nos depara la impostergable reconstrucción de un nuevo modelo político. Mas allá de un sinceramiento en los precios internos y una rebaja en las retenciones, me conformaría con que se mantengan las actuales reglas del juego. Esto incluye la política cambiaria, impositiva y arancelaria. El foco debe estar en la reforma política y la reconstrucción del federalismo. Un federalismo con menos caudillos y más líderes cuyo poder se base en el voto informado de mayorías populares. Ya no debe haber más lugar para las listas sábana y recordemos que democracia debe decir «un hombre, un voto» y nunca más «un voto igual a $ 100».




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