El acuerdo explicitado durante la visita de Musharraf a Buenos Aires debe ser inmediatamente revisado: la historia de los últimos veinte años y la alianza estratégica comprometida entre ambos países en 1996 y reiterada en numerosas ocasiones no merecen que procedamos como la India y Pakistán, que se encuentran prácticamente en estado de guerra permanente.
Ese no es, ése nunca deberá ser el perfil de nuestras relaciones, no importa qué diferencias de opinión nos separen circunstancialmente. La nuestra es una región de coincidencias y nuestra alianza con Brasil es constructiva, no competitiva.
Esos, nuestros errores. Errores atribuibles a un gobierno que, si registra aciertos, seguro que no son en política exterior. Debiéramos, además, declarar formalmente que no aspiramos a ocupar ninguna banca permanente con derecho a veto en el Consejo de Seguridad. Y que no competimos con Brasil en semejante aspiración.
Por su parte, ¿Ha cometido Brasil algunos errores que, en beneficio de un esfuerzo conjunto para que ellos lleguen al Consejo, podríamos esperar que rectifiquen?
A mi me parece que sí. Por empezar, Brasil se presentó golpeando la puerta de las grandes potencias para que lo tomen en cuenta, para que lo acepten entrar con ellos en el Olimpo de los poderosos. En cambio, ante nosotros, ante sus vecinos, socios y amigos -ante un socio estratégico como la Argentina-se ha limitado a decirnos: «Voy a ir yo porque soy el más apto, así que no se opongan.»
No fue gentil. Y, creo yo, tampoco inteligente. Salvo que toda la grandeza a la que Brasil -con derecho-aspira en el mundo, se agote en convertirse en cola de león en vez de cabeza de su región. Sería poco para nuestro admirado Brasil.
Veamos. La reforma del Consejo de Seguridad tiene dos puertas de entrada: o por el propio peso del candidato (Japón y Alemania), o por pertenecer, cada uno, a un continente distinto (India, Nigeria, Sudáfrica, etc... y Brasil).
La diferencia es esencial. Si Brasil pretende ingresar por su propio peso, por su musculatura, sin que resulte relevante a qué región del mundo pertenece, entonces es sencillo: que desarrolle un Producto Bruto comparable al de Alemania o Japón. Ahí seguro que lo invitan enseguida.
Pero si Brasil (o cualquier otro candidato) no alcanza esos estándares, si no tiene, por sí solo, la fortaleza suficiente, tendrá que aspirar como miembro de una región, y no solamente basado en sus méritos individuales. Y entonces la región tendrá algo que decir.
De hecho, la candidatura de «uno por continente» expresa inequívocamente la voluntad de los reformadores para que, además de los pesos pesados (EE.UU., Rusia, China. Gran Bretaña y Francia, tal vez Japón y Alemania) se haga un reconocimiento al criterio democrático, incorporando a países que representen a las distintas partes del mundo. Así lo han dicho expresamente las Naciones Unidas.
Esa es la fortaleza principal que respalda cualquiera de esas candidaturas de países emergentes: su condición de referente regional.
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