Cuando en enero último tuve la oportunidad y el placer de visitar junto a una de mis hijas la casa donde vivió Ernest Hemingway en Key West (Florida), pude respirar en ese ambiente la historia y el recuerdo de ese escritor nacido en Oak Park (Illinois) en 1899 y que muriera en Ketchum (Idao) en 1961, premiado con el Premio Pulitzer en 1953 por su libro «El Viejo y el Mar», y un año después, distinguido con el Premio Nobel de Literatura. Asomado al balcón de su dormitorio, rememoré aquella impactante obra literaria «¿Por quién doblan las campanas?», de su autoría. En ese momento vinieron a mi mente imágenes y recuerdos sobre la dramática historia del protagonista involucrado en el episodio de la voladura de un puente durante la guerra civil española y la forma en que descubre el amor dándose cuenta de que sólo vale la pena morir si se ha vivido realmente. «Nadie es una isla completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti».
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España ha perdido más de doscientos hijos, encuentra heridos a más de un millar y medio de hombres, mujeres y niños, y tiene decenas de familias devastadas. Frente a lo terrorífico del episodio y la crueldad e insensatez con que fue perpetrado el atentado, en realidad puede afirmarse que es la humanidad toda la que ha sido atacada. Sin embargo, como siempre ocurre con estos trágicos episodios, una vez superado ese primer estado de shock y pasadas las primeras horas de luto y llanto, comienzan los discursos y las especulaciones políticas, la búsqueda de culpables fuera del ámbito propio de los terroristas, y hasta el ensayo de explicaciones que intentan justificar lo ocurrido en las conductas previas de Estados o gobiernos, que hasta pretenden dividir las aguas entre un terrorismo «bueno» y un terrorismo «malo»; entre los que «actúan» y los que «reaccionan».
De hecho, el nuevo jefe del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero (quien triunfó en las urnas en forma inesperada por haber recibido un vuelco de los votantes en respuesta a lo ocurrido el 11-M), ha manifestado que debe hacerse una autocrítica «por organizar una guerra con mentiras», en clara insinuación de que él considera que el atentado terrorista podría haberse evitado si España no hubiera apoyado a Estados Unidos y Gran Bretaña en la campaña de Irak.
• Especulación peligrosa
Desafortunado mensaje, para ser el primero. Más allá de los errores o de la dura crítica que pueda dirigirse al comportamiento de estos países en las campañas de Afganistán e Irak, o respecto de la forma en la cual desarrollan su política exterior, resulta muy peligroso especular con razonamientos que puedan hacer pensar que es posible convivir pacíficamente con el terrorismo internacional, o que una actitud contemplativa hacia estas organizaciones puede garantizar una cierta seguridad en el propio territorio, o -más grave aún-llegar a sostener que es distinto el escenario político si la agresión proviene de movimientos terroristas internos o externos.
Debemos recordar que muchos de los últimos atentados masivos se produjeron en lugares no comprometidos con el conflicto central. Por otra parte, la circunstancia de que la autoría del atentado de Madrid se la haya adjudicado la red Al-Qaeda tampoco descarta que haya existido en él participación y colaboración de ETA. De hecho, este último grupo iba a volar una estación de tren en Madrid con el mismo sistema unos meses atrás, y estaba acopiando explosivos de gran poder. Especular políticamente con algo tan concreto y destructivo como el terrorismo internacional es algo sumamente peligroso, pues se termina permitiendo que a través de las bombas y de los atentados éste controle indirectamente la voluntad de los pueblos en decisiones tan específicas como: 1) a quién deben votar, 2) qué deben pedirles a sus gobiernos, 3) qué posición deben exigir que el país tome en los conflictos internacionales, 4) qué deben declarar públicamente, 5) qué actitud deben asumir frente a las organizaciones terroristas internas; y todo ello para simplemente sobrevivir o no ser el blanco de nuevos ataques. Una suerte de secuestro «virtual» de por vida donde el rescate no se paga sólo con dinero, sino también con permanentes conductas. Si no miramos un poco más allá y nos damos cuenta de que cada uno de nosotros ha también muerto y ha sido mutilado con cada una de las víctimas del terrorismo, cada vez que éste atacó, y que la respuesta sólo puede ser la condena absoluta y la lucha contra él, sin contemplación alguna, no habremos aprendido nada de la muerte y las heridas. Como bien decía Hemingway, no especulemos ni preguntemos más por quién doblan las campanas; doblan por todos y cada uno de nosotros.
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