Pichón y la cultura, Pichón y la locura

Opiniones

La película "El Francesito" de Miguel Kohan nos lleva como dentro de obras de arte abstractas. Respiramos esa atmósfera de los tiempos juveniles de Pichón Riviere. Vemos como se vuelve un explorador, un investigador.

Hoy, nos encontramos con Pichón y el cine: un arte tan apropiado para dar cuenta de algo del orden de la vivencia, y de Pichón. Las vivencias de Pichón y las nuestras, en este film, como si estuviéramos mirando desde sus ojos. Esto es lo que nos sucede al ver el extraordinario film de Miguel Kohan, llamado “El Francesito”.

Entramos en un registro diferente, emergen sonidos de fondo, como de algo del natural, que son de repentinamente intervenidos por otro sonido: el llamado, un llamado que habla del registro de una voz perdida. El archivo de voz de Pichón.

Iniciamos así, un viaje con Joaquín, Quino, uno de los hijos de Pichón en busca de la voz de su padre: "no soy muy optimista dice" En relación a esta voz, y seguimos el viaje con Joaquín Pichón… en el film de Miguel.

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Cartelería de la película "El Francesito", de Martín Kohan, sobre Enrique Pichon Riviere.

Cartelería de la película "El Francesito", de Martín Kohan, sobre Enrique Pichon Riviere.

Ya en el film, se inicia un homenaje en el “Borda”, un homenaje, como este, que también da la pauta del mundo de Pichón. ¿Cómo es ese mundo? Hay una escultura con su busto, que es un boceto, algo en construcción, algo maleable, que promete algo que “va a suceder” y la posibilidad de dar forma: la transformación: allí queda claro el respeto a lo singular de cada quien.

Son Ideas que iluminan lo que luego serían ejes del pensamiento y de la praxis pichoniana.

Es un viaje, al mundo de Pichón, es también el viaje del psicoanálisis, la jornada de un análisis. Aparece la rememoración, el recuerdo, en la palabra de Joaquín, “Quino” desde el diván (si se me permite decir) que nos lleva al mundo de la infancia.

Allí, las imágenes, más que testimonios o monumentos, se transforman en experiencias sensibles, casi sensoriales, la selva, el pueblo Guaraní, Chaco, Corrientes, el mar, el rio, rivera, Rivière, Pichón Riviere.

Las marcas originarias y la noción de comunidad habitan la locura como una parte de lo cotidiano…son experiencias tempranas que anidan en la convivencia con la cultura Guaraní. Y que los llevan a la particular noción dialéctica entre el sujeto y lo social. Que son indisociables.

¿Cómo habrá hecho huella la lengua guaraní (su segunda lengua después del francés) en su psiquismo temprano?

Esta inmersión en el viaje y en las imágenes del film nos llevan como dentro de obras de arte abstractas, hojas de algodón, de tabaco, el agua, una atmosfera. Respiramos esa atmosfera de los tiempos juveniles de Pichón. Y se vuelve un explorador de los procesos creativos. Un investigador de lo heterogéneo.

Se obsesiona con el Conde de Lautreamont (Isidoro Ducasse) y vas tras sus huellas, en Montevideo, luego en París. Se encuentra con Lacan y Tristán Tzara en el camino. Los surrealistas. Se sumerge en la cultura, la pintura y la literatura y así escribe sobre “lo siniestro” Freudiano.

Pichón siente una profunda atracción por los desvalidos, y por el mundo de la noche, que recorre: podemos decir que “Pichón recorría los bordes”. Nos convoca en su épica que indaga siempre el hombre en situación.

Emerge de la praxis y entiende la enfermedad como un intento fallido de adaptación al medio… y muchas cosas más, ligadas al conflicto y a las “series complementarias freudianas”.

Se vuelve reconocido por la psicología social. Con los grupos operativos y la teoría de la enfermedad única (conjetura al núcleo melancólico y una depresión no resuelta).

Sigue explorando los bordes entre los sueños y el pensamiento mágico ( escribe sobre “La Gradiva”), entre arte y psiquiatría y explora mas allá del “umbral”, de la percepción.

Participó en el acontecimiento de la fundación de Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) en 1942, es uno de nuestros pioneros, con Garma, Rascovsky, Cárcamo, Langer, Ferrari Hardoy.

Avanza con espíritu de pionerismo en su jornada y trabaja para exponer la estereotipia de los vínculos como un circulo vicioso, que es lo opuesto al “proceso en espiral dialectico” (que es su invención) como un momento cíclico y evolutivo, un diálogo de investigación entre las antinomias para que puedan trascender por medio de una nueva síntesis, a una posición con menos angustia. Este “cono invertido”, proceso en espiral, inicia una mirada topológica, podríamos decir, de la situación y del proceso analítico, donde puedan desde el vínculo puedan emerger nuevos lazos mestizos, heterogéneos y comunitarios.

(*) Presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

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