Reglas versus discreción en economía, hoy
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La regla rígida de la convertibilidad fue una muy buena medicina para manejar apropiadamente la economía argentina durante ocho años en los cuales se enfrentó a tres tipos de vientos diferentes: para erradicar la alta inflación hasta llegar a la estabilidad de precios, para capear un temporal bancario en 1995 y para reactivar la economía en un contexto internacional favorable entre 1996 y 1998. Pero la apuesta implícita a todo o nada terminó siendo un pasivo cuando los vientos soplaron en contra desde otro ángulo.
La revaluación internacional del dólar de 1999 y 2000 (sobre todo contra monedas latinoamericanas y materias primas) hacía necesario otro régimen. Se aguantó hasta que no se pudo más y la realidad impuso tardíamente el cambio. Con la crisis se pasó a otro esquema opuesto donde la discrecionalidad se impone sobre las reglas. El nuevo esquema surgido de la crisis demostró ser apto para que, sumado a la herencia de inversiones y un muy buen contexto internacional («herencia, mérito y suerte»), la economía se recuperara. Primero fue un rebote desde el fondo, luego se transformó en reactivación y está queriendo convertirse en crecimiento. El problema es que el abandono de la convertibilidad no ha sido reemplazado por un esquema de flexibilidad restringida. Por el contrario, con el paso del tiempo, el programa económico combina arbitrariedad intervencionista con creciente rigidez macroeconómica.
Flexibilidad no es pasar del tipo de cambio siempre bajo al tipo de cambio siempre alto o al revés. Eso es rigidizarlo bajo una nueva concepción. Las economías modernas enfrentan períodos donde el tipo de cambio es transitoriamente alto y otros donde resulta casi inexorable que sea más bajo. Siempre fluctuando cerca de los valores de equilibrio óptimos que surgen de las variables fundamentales, con los mercados como principales determinantes y las políticas macroeconómicas adecuadas secundando. Flexibilidad no es evitar tasas reales de interés superpositivas («a la brasileña») para que sean siempre negativas, sino saber cuándo («a la Greenspan») es mejor que sean más bajas y cuándo que sean altas. No es sólo tener superávit fiscal y la caja en orden y «hacer explotar el gasto total sube la recaudación», sino evaluar el ciclo económico y la excepcionalidad del contexto internacional para («a la chilena») saber cuándo deben acumularse fondos excedentes y/o precancelar deuda y cuándo puede gastarse un poco y hasta aprovecharse del endeudamiento. Tampoco es intervenir arbitrariamente el mercado que cada mes molesta, sino crear un marco general donde algunos precios pueden subir y otros bajar («a la uruguaya»), siempre dentro de una tendencia general de estabilidad.
Una flexibilidad pragmática e institucionalizada es en síntesis tener muy claro cuáles son los objetivos irrenunciables (por ejemplo, estabilidad monetaria, solvencia fiscal, cumplimiento de los contratos, reglas de juego atractivas) e ir adecuando con gradualismo y profesionalidad los distintos instrumentos para llevar el avión a buen aeropuerto. Decisión y claridad de objetivos políticos y calidad de las personas son elementos imprescindibles e insustituibles. Cuanto más moderno y sofisticado sea el avión, mayor (y no menor) debe ser la profesionalidad del comandante y su tripulación.




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