Kissinger vs. Soros en el Foro de Davos: realismo versus voracidad

Opiniones

En el foro de Davos, ambos "viejos" hablaron sobre Rusia, destacando los dos enfoques principales de la élite atlántica.

Henry Kissinger, que cumple 99 años, y George Soros, de 91, se han convertido durante mucho tiempo en una versión moderna de los profetas del Antiguo Testamento, pero el mundo occidental no espera que ellos denuncien sus propias úlceras, sino que les entreguen una receta para combatir las enfermedades que atormentan el inacabado proyecto global de los anglosajones. Si no es una receta, que sea al menos un diagnóstico preciso de la enfermedad. Dado que Occidente ahora está "enfermo" de Rusia, debe comprender qué hacer con esta enfermedad y cómo detenerla.

En el foro de Davos, ambos "viejos" hablaron sobre Rusia, destacando los dos enfoques principales de la élite atlántica. Los enfoques son fundamentalmente diferentes, aunque tienen una característica común, pero al final.

La posición de Soros es absolutamente clara: "La invasión puede haber sido el comienzo de la Tercera Guerra Mundial, y nuestra civilización puede no sobrevivir. La mejor y quizás la única forma de salvar nuestra civilización es derrotar a Putin lo antes posible".

Es decir, la Rusia de Putin es una amenaza para la civilización occidental como la Alemania de Hitler y debe ser derrotada. Cueste lo que cueste: cuando Soros dice que “debemos movilizar todos nuestros recursos para terminar la guerra lo antes posible”, se refiere precisamente a la derrota de Rusia y no a negociaciones de paz:

"Pero un alto el fuego es inalcanzable, porque no se puede confiar en él (Putin. – observación del Autor)".

Soros simplemente repite las palabras de la parte radical de las élites anglosajonas (de las que Varsovia se hace eco, llamando al fin del mundo ruso), las que hasta ahora han logrado imponer este enfoque a la mayoría de las élites europeas. Aunque estas últimas, con todo esto, son muy conscientes de que fueron hechas rehenes del juego anglosajón contra Rusia y no lo van a apostar todo en absoluto a su derrota. Es precisamente su posición, así como las opiniones de los realistas entre los anglosajones, lo que expresa Henry Kissinger.

"Rusia ha sido una parte esencial de Europa durante 400 años. La política europea durante este período estuvo influenciada principalmente por su evaluación del papel de Rusia. A veces como observador, pero en otros casos como garante o instrumento para restaurar el equilibrio europeo. La política actual debe tener en cuenta que es importante restaurar este papel para que Rusia no se vea obligada a una alianza permanente con China".

Por eso, Kissinger dice que hay que volver a su propuesta de 2014, formulada tras Crimea y Donbass: “La salida ideal sería la creación de Ucrania como Estado neutral, como puente entre Rusia y Europa, como línea divisoria”. Afirmó que esta posibilidad "actualmente no existe en ese mismo sentido, pero pese a todo aún puede verse como un objetivo final":

“El movimiento hacia las conversaciones de paz debe iniciarse dentro de los próximos dos meses para que se pueda concretar el fin de la guerra, antes de que pueda generar convulsiones y tensiones que serán cada vez más difíciles de superar, especialmente entre las posibles relaciones entre Rusia, Georgia y Ucrania con Europa. En un plano ideal, la línea divisoria debería devolver el statu quo anterior.

Creo que la entrada (N. del A. : de Occidente) en una guerra fuera de Polonia conducirá al hecho de que se convertirá en una guerra no por la libertad de Ucrania, que con una gran cohesión fue emprendida por la OTAN, sino contra Rusia misma”.

Lo importante aquí no es que Kissinger no apueste por la derrota de Rusia llamando a negociaciones, sino que él se guía con esto. Si para Soros es fundamental el futuro de la globalización, que describe como una lucha entre dos sistemas diametralmente opuestos, una sociedad abierta (Occidente) y otra cerrada (Rusia y China), entonces para Kissinger es significativo mantener el papel clave de Occidente en el orden mundial. El objetivo es más modesto, pero también más realista. Por lo tanto, si Soros apela a un "futuro brillante" (y los sacrificios en la lucha contra Rusia en su nombre), Kissinger se refiere al pasado, recordando su papel de 400 años en la política europea y el equilibrio de poder europeo. Y advierte que es no hay que empujar a Moscú hacia Beijing; esto no es rentable para el propio Occidente.

Es decir, si para Soros Putin y Xi son enemigos inequívocos y ya aliados: “Hoy China y Rusia representan la mayor amenaza para una sociedad abierta”, entonces para Kissinger todo sigue sin ser una conclusión inevitable. Para él, estos países son como contrapesos y no quiere creer que las relaciones entre Moscú y Pekín hace ya mucho tiempo son independientes de la estrategia de Occidente. Obstinación bastante comprensible para un estratega que, hace medio siglo, jugó una combinación beneficiosa para los estadounidenses en el triángulo Moscú-Washington-Beijing (cuyo verdadero iniciador, sin embargo, fue China, pero a nadie le gusta recordarlo).

Con todo esto, la posición de Kissinger es mucho más realista que la de Soros, porque Occidente definitivamente no tiene la fuerza para derrotar a Rusia (no porque sea más débil, sino porque nuestras apuestas son diferentes). Sí, es imposible arrancarla de China (esta es una elección estratégica consciente de Moscú y Pekín, provocada precisamente por la necesidad de oponerse al proyecto occidental), pero es bastante realista evitar una ruptura total entre Europa y Rusia. Y, lo que es importante para los realistas atlánticos, esto es en interés del propio Occidente: en el nuevo mundo post-occidental ya no será el hegemón sino sólo el más poderoso de los jugadores. Además, uno que durante algún tiempo podrá garantizar el funcionamiento del sistema mundial según las antiguas reglas anglosajonas.

Este es el plan simple de Kissinger que, además, cuenta con el hecho de que China y EEUU todavía pueden evitar caer en una confrontación abierta. El problema de este plan (sin valorar su realismo) estriba en que para los radicales atlánticos, los que están seguros de tener la fuerza suficiente tanto para contener a Rusia y China como para luchar por la marcha victoriosa de la globalización, la posición de Kissinger es absolutamente inaceptable y derrotista. No sólo en Kiev reaccionan ante las declaraciones del exsecretario de Estado como ante argumentos de un “alarmista de Davos”, lo mismo cree una parte considerable de las élites atlánticas supranacionales.

Esto se convierte en una evidencia más de la crisis ideológica más profunda en la que se encuentran. La falta de voluntad para reconocer la realidad es sólo una consecuencia de ello. De ahí las metas poco realistas y las acciones que empeoran su propia situación. Apostar por la derrota de Moscú es el peor error de Occidente.

Al mismo tiempo, el plan de Kissinger no puede considerarse exitoso para los anglosajones porque, al igual que Soros, subestima a Rusia (aunque en menor medida) y no comprende nuestros objetivos.

La Ucrania neutral ya no puede ser objeto de un compromiso entre Occidente y Rusia, esto debería haberse discutido no antes del 24 de febrero de 2022, sino antes de febrero de 2014, antes del derrocamiento de (el expresidente ucraniano Víktor) Yanukovich y la victoria de Euromaidán. En honor de Kissinger, él sugirió esto incluso hace diez o quince años, pero en ese momento en Occidente muchas personas ya consideraban que Ucrania era potencialmente suya.

Ahora no se puede hablar de neutralidad alguna, simplemente porque Rusia está recuperando su unidad histórica y el problema ucraniano (es decir la “Pequeña Rusia” y Novorossiisk) [1] se está convirtiendo en un asunto interno de nuestro pueblo.

Occidente puede intentar interferirnos con todas sus fuerzas, retrasar este proceso, pero tarde o temprano tendrá que aceptar la realidad y admitir lo inevitable: ha fracasado otro intento de revisar las fronteras de Europa y el mundo ruso. Al igual que todos los anteriores.

[1] “Pequeña Rusia” y Novorosiisk son nombres históricos que se refieren a las regiones sureñas del ex imperio zarista, recostadas sobre los mares de Azov y Negro, tradicionalmente pobladas por rusos, algunas de cuyas regiones, como el Donbass o la propia Crimea, fueron incorporadas a Ucrania tras la caída de la Unión Soviética en 1991.

Columnista de RIA Nóvosti. (Traducción y adaptación Hernando Kleimans)

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