Siempre es una buena excusa escribir sobre San Martín, sobre todo si se trata de su aniversario de nacimiento. Alguien dijo hace no mucho: “Pocos son los pueblos que tienen entre sus héroes a uno tan grande como el Libertador”.
San Martín, en un nuevo aniversario de su nacimiento
Se trato de un un líder diferente, conocedor del alma humana como pocos.
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Pocos pueblos tienen un San Martín, y el pueblo argentino, en deuda con él, tiene la obligación de devolvérselo a los jóvenes como abanderado de sus nobles causas.
Agrego, pocos son los pueblos que pueden afirmar que su héroe, de la libertad propia, también llevó la independencia a otras tierras. Pocos, o casi ningún pueblo del orbe, pueden decir que sus ejércitos fueron de liberación y no de conquista.
Ni qué decir que pocos líderes mundiales en la historia de la humanidad renunciaron al poder teniendo todo el ejército y al pueblo a su disposición. Y eso es lo que hizo en Perú, pero también lo que eligió hacer en Argentina y Chile, donde tranquilamente podría haberse hecho del gobierno —no del poder, porque ese ya lo tenía— y, sin embargo, decidió no hacerlo ni, menos aún, usufructuarlo para su vanidad personal.
San Martín fue, entre otras cosas, un líder con una comprensión, como pocos, de lo que el momento requería y, también como muy pocos, con una compasión extraordinaria que lo coloca en otra dimensión.
Bella palabra compasión, viene del latín compassio, que significa “sufrir juntos” o “padecer con”. Es decir, lejos de la lástima y cercano al otro, a la solución en común.
Y en cada acción, San Martín fue eso, una mezcla de comprensión y compasión. Como se dijo recién, lo fue en Perú, donde para continuar debía —qué mejor que lo diga él—: “…Voy a decirlo, una de ellas (de las razones de su retiro del Perú) es la inexcusable necesidad a que me han estrechado, si he de sostener el honor del ejército y su disciplina, de fusilar algunos jefes; y me falta el valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos”.
Él sabía que el grueso del ejército, y sobre todo el pueblo, lo seguía a muerte. Pero, por compasión hacia esos compañeros que no comprendían la profundidad de lo que estaban haciendo, prefirió renunciar antes que comenzar una cacería que se sabe dónde empieza, pero nunca dónde termina.
También lo hizo antes, en Maipú, la última batalla en Chile. Luego del combate cayó en manos de San Martín el baúl con las cartas privadas de Osorio, general español.
En el baúl había varias cartas “comprometedoras” de vecinos acomodados chilenos que, ante el “Desastre de Cancha Rayada”, le escribieron a Osorio, suponemos que poniéndose a su disposición o negando haber apoyado a la revolución.
El Libertador mantuvo el cajón cerrado y custodiado. Pasados unos días, se retiró a la montaña con el baúl y un acompañante de confianza, su leal O'Brien. San Martín leyó todas las cartas y, a continuación, las quemó.
Para la mayoría de los mortales, tal acto sería una locura. Cualquier otro las habría usado para encarcelar, expropiar o fusilar a diestra y siniestra y, de paso, enviar un mensaje al pueblo: para los traidores, la muerte.
Pero San Martín era un líder diferente, conocedor del alma humana como pocos. No buscó vengarse, no anotó los nombres, no tomó medidas al respecto y las quemó para que nadie se tentara a leerlas y cometiera alguna locura.
Ese acompañante leal contaría años después que San Martín le dijo, ante su enojo por estar quemando las pruebas de los traidores, “¿Y es usted, mi leal O'Brien, quien espera que yo enlute medio Chile para que el otro me execre como al mayor de sus tiranos? ¡El miedo, O’Brien! El miedo a la horca y la bolsa ha dictado esas cartas. Desaparecido él, todos esos hombres volverán a ser buenos patriotas”.
¡Qué lección para O'Brien y para la posteridad! Cuánta verdad en esas palabras. Cuánta comprensión del momento, no era necesaria más sangre. Pero también cuánta compasión hacia esos hombres que no sabían hacia dónde “correr”, porque el piso se les movía a cada rato. En el sufrimiento de ellos estaba la grandeza de San Martín.
Pero también lo hizo antes de todo eso. En el Campamento de Plumerillo, ese maravilloso campo en las afueras de la ciudad de Mendoza donde formó al Ejército de los Andes y donde se creó la primera industria metalúrgica de la Argentina al mando del coronel Luis Beltrán, el fraile, que fabricó de todo —la lista es inmensa— y llegó a tener hasta 700 trabajadores las 24 horas del día.
Como siempre se supo, la disciplina sanmartiniana era muy estricta y fue algo de lo que se jactó el Libertador. Pero como la disciplina es una cosa y la realidad otra, también tuvo sus momentos de comprensión y compasión.
Cuenta uno de sus asistentes que, una vez, estando de guardia, se acercó un oficial solicitando ver al señor José de San Martín. En verdad no se anunció como oficial, sino como ciudadano.
Como sabían de su condición de oficial, lo trataron como tal; él insistió en las formas ciudadanas de “señor”. Con las explicaciones del caso al general, hicieron pasar al oficial, que venía en calidad de ciudadano.
Este le contó que venía a pedirle ayuda, de ciudadano a ciudadano. Tenía el vicio del juego y había apostado y perdido todo el dinero que había recibido para su tropa. Le dijo que, si el general se enteraba, como mínimo lo expulsaría, pero seguramente lo fusilaría. Estaba desesperado; nadie sabía nada de esto y lo único que se le había ocurrido —creía, en verdad, que había sido una “idea superior”, ya que había pasado por la iglesia de San Francisco— era acudir a él y pedirle que, por favor, lo ayudara. Se ponía a su disposición para pagarle con trabajo.
San Martín lo miró, se levantó, fue a su escritorio, sacó dinero y se lo dio. Al personaje le brotaba la alegría; lo tomó, agradeció y, cuando estaba por salir, San Martín lo detuvo y le dijo: “…vaya usted en el acto, entregue ese dinero a la caja de su cuerpo y que en su vida se vuelva a repetir un pasaje semejante; y, sobre todo, guarde usted en el más profundo secreto el asunto de esta entrevista, porque si alguna vez el general San Martín llega a saber que usted ha revelado algo de lo ocurrido, en el acto lo manda fusilar”.
Comprensión por la “genial” solución del oficial —de esos hombres necesitaba la revolución— y compasión por alguien que pedía ayuda, que reconocía su error y no escapaba a su responsabilidad, se hacía cargo.
Salvando las distancias —la muy grande distancia—, fueron esos hombres pecadores los que eligió Jesús para caminar.
Y, salvando las distancias temporales, son esas y otras formas las que deberían copiarse a diario para honrar a San Martín. Honrar es hacerlo a diario, no en las fechas que marca el ceremonial y el protocolo; y, menos que menos, es saberse su vida y obra de memoria y no imitarla, dejándola morir lentamente en los libros de historia.
La muerte llega cuando el ejemplo sublime se lo lleva el viento o cuando la maravillosa vida de un ser excepcional se vacía de contenido, convirtiéndola en una serie de slogans repetidos sin sentido.
Por todo esto, es necesario devolver a la “discusión diaria” las formas sanmartinianas. Pocos pueblos tienen un San Martín, y el pueblo argentino, en deuda con él, tiene la obligación de devolvérselo a los jóvenes como abanderado de sus nobles causas.
De otra forma, como dijo él en otra ocasión —y no es parte de este artículo señalar a quiénes se refería, pero sí advertir que, de seguir así, también podremos ser los aludidos—: “…Si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario enseñarles la diferencia que hay entre un hombre honrado y uno malvado”.
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