(El periodista conversa con el rabino Alejandro Avruj -de la comunidad NCI Emanuel de Belgrano-, quien estuvo en Israel hasta hace pocos días. El joven religioso relata algunas de las experiencias que vivió en el norte del Estado hebreo, la zona más afectada por la reciente confrontación con Hizbollah.)
PERIODISTA: ¿Cómo tomó la gente de Israel esta guerra?
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Alejandro Avruj: Con mucha fuerza a pesar de lo dramático de la situación. Hay un millón de personas desplazadas, casi la mitad de ellos niños a quienes más afecta este conflicto. Por ejemplo, se hizo un refugio antiaéreo en el tercer subsuelo del estacionamiento de un shopping, no porque los cohetes pudieran perforar la superficie, sino porque es el único lugar donde no se escuchan las sirenas. Los chicos oyen cualquier ruido fuerte (un libro que se cae, una puerta que se cierra) y piensan que es una bomba. Muchos sufren el «síndrome de bombardeo», que les provoca orinarse encima, crisis de llanto, que chicos más grandes vuelvan a dormir en la cama con sus padres...
P.: Esto también lo padecen los chicos del Líbano.
A.A.: Por supuesto, pero la diferencia es que -según lo veo yo- los israelíes tratan de proteger a sus chicos y a sus viejos, y en cambio los terroristas los usan de escudo. Lo que sucede es que los judíos, hasta por leyes religiosas, no podemos exhibir cadáveres; entonces, en muchos medios de todo el mundo queda la imagen de que los únicos chicos que murieron en esta guerra eran del otro lado de la frontera, y sé que no es así.
P.: Pero es un hecho que murieron más libaneses que judíos...
A.A.: ¿Y eso qué tiene que ver? Murieron más alemanes que estadounidenses y británicos juntos en la Segunda Guerra Mundial, y no por eso la causa de Alemania (que inició la agresión) era justa... Mire: el ejército israelí es el de un pequeño país, y cada soldado que muere es el sobrino del vecino, el hijo del comerciante del barrio o el propio hijo. Por eso, para Israel, cada guerra es una sangría difícil de soportar. Nadie quiere la guerra en Israel, pero tampoco nadie está dispuesto a resignarse a un nuevo Holocausto, como prometen el presidente de Irán y el líder del Hizbollah.
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