La esclavitud, la Corte y el futuro del imperio

Opiniones

El sistema estadounidense muestra signos de agotamiento justo cuando la amenaza externa es la más grande de su historia.

Se apaga la estrella de Donald Trump. Con la demografía en contra, el electorado blanco va a tener que buscar otro truquito para volver al poder. Es increíble todo lo que el Partido Republicano cedió para quedarse con el control del Estado: no más tratados de libre comercio, retirarse de conflictos bélicos, tolerar la intervención rusa en su sistema, aceptar que el déficit crezca, intromisiones de orangután en la Reserva Federal, apañar a un presidente que se burló de vacas sagradas como el héroe de guerra John McCain, etc.

Todo esto prueba que la democracia estadounidense sigue siendo principalmente de divisiones raciales. Los blancos y sus aliados (como los cubanoamericanos) por un lado, contra los hispanos, negros y judíos liderados por la elite progre (y blanca), por el otro.

La no resolución de la herencia esclavista sigue desvelando a Estados Unidos. A veces se es injusto con ese país creyendo que no hizo esfuerzos concretos para superar el peor legado de su sistema. Dos ejemplos históricos de que sí lo intento fueron el período republicano de la reconstrucción entre 1865 y 1877 y los generosos programas de la Gran Sociedad del demócrata Lyndon Johnson, cien años después. Nada funcionó del todo y se vuelve a las mismas contradicciones.

Pero el relato maniqueo sobre blancos y negros es demasiado tentador y más en un país como la Argentina que, gracias a que no tuvo plantaciones, no tiene esa herencia perversa. ¿Cómo les fue a Venezuela, Cuba, Brasil, Colombia con su legado esclavista? ¿Por qué no se comparan los avances en esos países a la hora de juzgar lo poco o mucho que logró Estados Unidos en la misma área?

El principio es más de la mitad del todo, afirmó Aristóteles. Y el pecado original de Estados Unidos, la esclavitud, sigue haciéndole pasar tremendas pesadillas a lo que es un gran sistema político y económico que ya lleva 231 años ininterrumpidos de existencia.

Pero ese sistema está mostrando signos de fatiga. En 1993 la jueza Ruth Ginsburg recibió en el Senado 96 votos a favor y 3 en contra cuando fue confirmada en la Corte. Su inexperimentada reemplazante fue confirmada hace una semana por 52 votos contra 48. Fueron los demócratas los que eliminaron el requisito de 60 de mínima (sobre 100 senadores) para nombrar jueces en el tribunal supremo, esto no pueden reprochárselo ni a Trump ni a la derecha.

Entonces se nombran jueces cada vez más jóvenes para que estén cuarenta años en la Corte, esos magistrados obviamente tienen poca experiencia judicial y no necesitan más que una mayoría simple de los senadores para llegar a una de las instituciones más poderosas del planeta. Aquí, en la periferia de la periferia, en Argentina, se siguen necesitando dos tercios del Senado para nombrar jueces en el máximo tribunal. Y, aún cuando por razones ideológicas, podemos no simpatizar con algunos de nuestros miembros de la Corte, todos tienen más trayectoria que los últimos dos designados en el máximo tribunal estadounidense.

Que el sistema está empezando a hacer agua tuvo su peor confirmación con la pandemia. El martes los estadounidenses van a crucificar, merecidamente, a un perfecto chivo expiatorio, Donald Trump, por el desastre que está haciendo con la gestión del coronavirus, pero ¿dónde estaban la inteligencia civil, la inteligencia militar, la embajada estadounidense en China y las agencias estatales de salud cuando comenzó el brote en el país asiático?

Y aún si toda la burocracia estatal norteamericana reaccionó y no nos enteramos porque Trump la manipuló, eso también muestra sectores enteros del sistema totalmente disfuncionales.

Ese sistema ha logrado sortear varias duras coyunturas desfavorables desde que George Washington asumió la presidencia, pocas semanas antes de la Revolución Francesa, en 1789. Esta vez se enfrenta a los mismos fantasmas internos de hace cuatro siglos, pero a uno externo nuevo: la segunda economía del planeta que logró suprimir la pandemia en su territorio y que está creciendo a buen ritmo, mientras que los norteamericanos tuvieron una fuerte caída.

La amenaza ya no viene de ningún centro de poder occidental, sino de un imperio milenario que después de 200 años de paréntesis y humillaciones viene a reclamar su lugar en la historia.

Estados Unidos deberá decidir si acepta resignadamente su eclipse como lo hizo a principios del siglo XX su madre patria o si, con la excusa de Taiwan o con cualquier otra, arriesga al planeta a un retroceso, no de décadas como nos impone la pandemia, si no, como afirmó Albert Einstein, que nos lleve a terminar peleando con piedras y palos.

Analista político.

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