El gobierno discutía anoche en Olivos una idea que Eduardo Duhalde viene hablando con su gente desde que asumió: llamar a elecciones de todos los cargos nacionales el año que viene. Para eso propondrá hoy a los gobernadores y a sus socios de la UCR, ya no oposición del peronismo, una reforma constitucional que contenga todos los proyectos ya conocidos de reducción del gasto político, pero que además haga caducar los mandatos legislativos. Una señal de que avanza ese proyecto reformista es que habló de hacer las elecciones el 14 de setiembre, es decir en un lapso que está afuera de la legalidad actual, que obliga a que las presidenciales sean dentro de los 60 días anteriores al 10 de diciembre de 2003. La reforma de la Constitución debería hacerse antes de fin de año y la quiere Duhalde para cumplir su sueño de pasar por el gran reformador del país, una forma de encubrir su debilidad actual.
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El error se debió, acaso, a que la decisión se tomó de manera apresurada. Duhalde quería contestarle a Néstor Kirchner, el gobernador de Santa Cruz, quien el lunes le había reclamado una salida electoral con el mismo énfasis que otrora aplicaban los políticos frente a los gobiernos «de facto». Responderle era una cuestión principal para el mandatario. No sólo porque la convocatoria a comicios ya se había convertido en una brasa para Adolfo Rodríguez Saá, quien terminó por eso envuelto en una polémica pública con José Manuel de la Sota. Duhalde, que conoce a Kirchner como pocos, advirtió rápidamente que el santacruceño había desenfundado ese esmeril. Hubiera sido inoportuno dejarlo seguir en el reproche, ya que si algo le falta al Presidente para dañar su imagen internacional es aparecer como alguien que quiere eternizarse en el poder.
Entre los íntimos de Duhalde no había consenso total ayer acerca de la conveniencia de haber fijado la fecha para los comicios. Ese solo hecho fue interpretado como una muestra de optimismo, una apuesta en favor de las propias posibilidades y, si se quiere, un cepo. Es que algunos asesores del Presidente le recomendaban no quedar ligado a un calendario electoral preciso: «Si el auxilio financiero internacional que nos dan es escaso y se precipita una crisis, podríamos calcular para cuánto tiempo, razonablemente, nos alcanzan los fondos y, a partir de eso, fijar una fecha anticipada como un gesto de desprendimiento democrático». Como se ve, el funcionario que razonaba así es algo maquiavélico y acaso también ingenuo: si la ayuda financiera no es lo suficientemente clara, la crisis no dará para demasiadas planificaciones, y cualquier salida electoral será vista como colapso.
Duhalde anunció ayer que se propone también cambiar las reglas de juego del proselitismo. Dijo que los partidos verán reducida su posibilidad de aplicar recursos a la TV o la radio en campaña. ¿Qué dirá el principal asesor de Duhalde, el brasileño Joao Santana, cuyo jefe «Duda» Mendonça suele decir que lo único importante del marketing político es la participación en la TV? La recomendación de Duhalde es capciosa y descuenta que su partido, de un modo, estará siempre en el poder: los gobiernos, ya se sabe, no hacen campaña, sino que difunden su obra. Dicho de otra manera, siempre quien esté en el poder tendrá subterfugios para prodigarse por televisión o por radio sin decir que hace proselitismo.
Algo similar a lo anterior ocurre con la propuesta de que los concejales presten servicios «ad honorem». El mismo asesor de Duhalde que recomendaba no fijar la fecha de las elecciones razonó con inesperado cinismo: «Siempre el que es gobierno tiene la posibilidad del sobre en negro para sus legisladores, chance que no se le ofrece a la oposición, que sí deberá trabajar gratis». Tal vez Duhalde no calculó este efecto, tal vez sí lo hizo y lo resolvió pensando que siempre el PJ será oficialismo. Acaso, finalmente, todo se trate de un golpe de efecto dedicado a la clase media «cacerolera» que tanto desvela a los políticos.
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