Alrededor de 8 mil piqueteros del ala dura coparon ayer el centro de Buenos Aires. Amenazaban con ser muchos más, pero fue tranquilizador que la convocatoria se limitase a los activistas más duros, aunque menos en número. De todas formas, es una protesta que crece y con la que juega el gobierno, confiado en que podrá manejarla. Tranquilizó también que la manifestación fuera pacífica, lo cual le dio a la concentración el carácter de un entrenamiento, de un ejercicio de acción callejera como los que se han conocido en otras épocas y en otros países. La protesta impidió la circulación en la Avenida de Mayo que une el Congreso con la Casa de Gobierno. En una punta se hacía un juicio político a un miembro de la Corte; en la otra, el Presidente amenazaba con sanciones contra delincuentes y policías réprobos. En el medio, como si fuera otro planeta, cortes de calles, desorden, palos, enmascarados, manipulación de niños y mujeres para mostrar los dientes como si el Estado, con sus funcionarios encerrados en los dos palacios, se hubiera tomado una licencia.
Observando la procedencia -Claypole, Glew, Guernica, Longchamps, Laferrere, Temperley, Florencio Varela, Quilmes, Don Orione, Almirante Brown y La Plata, entre otras-, el observador podría preguntarse
Más de la mitad eran adolescentes mal entrazados y muchas mujeres, algunas inclusive portando chicos muy chicos. Los bares y confiterías se vieron invadidos por quienes buscaban un baño y llenar botellas de plástico con agua. Nadie se los negó. Impresionaban mal por estar cubiertos con pasamontañas y pañuelos -además del garrote que portaban todos los varones-, los del grupo Quebracho.
En el plano salarial, en el documento no presentado al gobierno pidieron
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