Conocedor del estilo de los obispos, Guillermo Oliveri, el secretario de Culto, evitó ayer hablar de una fecha precisa para la reunión entre Néstor Kirchner y la comisión ejecutiva de la Asamblea Episcopal, que preside el arzobispo de Rosario, Eduardo Mirás. En efecto, los prelados están tratando de postergar la reunión, de tal manera que no se la interprete como una reacción compulsiva a la polémica entre el Presidente y el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer. «Hay buenas condiciones para un encuentro pero no hay fecha todavía. Yo creo que el Presidente reaccionó ante una crítica concreta, exagerada, a nuestro entender, pero para nada ha involucrado al conjunto de la Iglesia y mucho menos a la conducción del Episcopado», señaló Oliveri. Dúctil y astuto fue nada menos que presidente del bloque peronista en el Concejo Deliberante porteño, hace años-, este funcionario agradeció a los obispos lo que éstos le concedieron la semana pasada: silencio total desde la Asamblea sobre la gresca Kirchner-Aguer.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Sin embargo, los jerarcas del catolicismo no quieren aparecer ahora precipitando un encuentro que el gobierno les negó varias veces en anteriores oportunidades. Inclusive, antes de la última asamblea de obispos celebrada en San Miguel, la cúpula de la institución intentó verse con el Presidente y no se les concedió la entrevista. El único contacto con el oficialismo en esa oportunidad fue la visita del ministro de Educación, Daniel Filmus, quien concurrió a la reunión y sedujo a los clérigos reunidos a pesar de llevar adelante una gestión más que lejana a lo confesional en su cartera (algo similar logró en el Círculo de Armas, antro de los más desafectos al oficialismo actual, claro).
¿Cuál fue la razón por la que Kirchner rehuyó por tanto tiempo el contacto con los obispos? Quienes lo conocen dicen que esa reticencia fue una picardía política: entrevistarse antes hubiera sido tener que escuchar -y tal vez aceptar- una solicitud embarazosa, la de frustrar el acceso a la Corte de la «abortista» y «atea militante» Carmen Argibay. No es una casualidad que ahora, cuando esa abogada llegó al máximo tribunal y su situación es irreversible, comience a hablarse de aquel postergado encuentro. ¿Será también por esta razón que, ahora, los obispos arrastran los pies para verse con él? En la alta conducción de la Iglesia sólo reina el silencio hoy, preparando la jugada. Sólo tronó este fin de semana la voz del obispo castrense, Antonio Baseotto, quien se quejó de que se enfatice en exceso el discurso en favor de los derechos humanos y no de las obligaciones. «Hay una hipertrofia de derechos», señaló. Ni siquiera Carlos Kunkel salió a contestarle, parece que le cerraron la boca.
Algo similar sucedió con el cardenal Jorge Bergoglio, habitual interlocutor de Eduardo Duhalde y de uno de los suyos dentro del gabinete, José Pampuro, el ministro de Defensa (quien trata al arzobispo semanalmente, desde que era secretario general del bonaerense). A Bergoglio le suspendieron tres entrevistas a último momento desde la Casa Rosada, donde se cultiva poco el protocolo. La explicación fue la misma: «Va a pedirnos algo que no estamos en condiciones políticas de conceder».
El entredicho con Aguer parece haber sido un chisporroteo sólo tangencialmente vinculado con esa estrategia de enfriamiento. Un Presidente que tiene en el Ministerio de Justicia (no se sabe por cuánto tiempo más) a Gustavo Béliz, no puede declararse tan ofendido porque un pastor cobije a Francisco Trusso (h), antiguo sponsor del joven apostólico (le pagaba el alquiler del departamento, el sueldo de algunos colaboradores, la tarjeta de crédito y los trajes que confeccionaba un sastre traído desde el conurbano). Aníbal Fernández, el ministro del Interior, trató de poner paños fríos con el prelado platense. Lo llamó por teléfono y, dicen, habló con él amigablemente: ambos se conocen de los tiempos en que Fernández trabajaba para Carlos Ruckauf como ministro de Trabajo y militaba -como el gobernador y el obispo- en el pensamiento de derecha. De todo esto hace poco más de dos años. El ministro se encargó de publicitar esta conversación con Aguer y, de paso, hizo un pedido tradicional en todos los gobiernos desde el siglo XIX: la candorosa pretensión de que «cuando se hace una crítica se haga también una propuesta».
De todos modos, no será Aguer el vínculo más estrecho que tendrá este gobierno con quienes regulan la fe católica. Ese lugar lo seguirá ocupando, aunque discretamente, Bergoglio. Como con los piqueteros, los sindicalistas o los empresarios, también en la Asamblea Episcopal la Casa Rosada pretende trazar una línea de amigos y adversarios. Los funcionarios tal vez conocen la enemistad entre el arzobispo de La Plata y el de Buenos Aires desde que ambos eran obispos auxiliares de Antonio Quarracino. ¿Recelos ligados a la sucesión de ese cardenal fallecido? Puede ser. A propósito, no habría sido Aguer sino más bien Bergoglio el beneficiario, en su carrera hacia el arzobispado porteño, de las excelentes vinculaciones del banquero Trusso en el Vaticano. En otras palabras: Trusso fue fiador de Bergoglio en ese momento, pero Bergoglio no fue el fiador de Trusso como sí hubiera correspondido. Fue Aguer, y por orden del Vaticano, nadie sabe si para beneficiarlo o porque allá le tienen más confianza.
Piqueduros y piqueblan-dos, sindicalistas réprobos y gremialistas elegidos, ¿también en el campo de la fe habrá pastores del gobierno y pastores de la vereda de enfrente? Tampoco en este orden el Presidente sería demasiado novedoso: después de todo, Raúl Alfonsín y Carlos Menem también tuvieron adherentes y detractores en la Asamblea Episcopal. En campos contrarios, obviamente.
Dejá tu comentario