20 de marzo 2007 - 00:00

Al enemigo, ni justicia

«¡Escriban lo que quieran!», es el mensaje de Néstor Kirchner a la prensa. Lo volvió a repetir en Chubut el fin de semana. Inevitable, al escucharlo, el imaginar una contrapartida: el Presidente hace lo que quiere, carece de límites. Y ayer se advirtió cuando la delegada del gobierno en el Consejo de la Magistratura abrió su oficina para recibir, formalmente, el pedido de juicio político a los integrantes de la llamada «sala militar» de la Cámara Nacional de Casación Penal (recibe ese nombre porque concentra los expedientes en los que se investigan las atrocidades cometidas en la ESMA, el Cuerpo I de Ejército y áreas militares).

¿No bastaba la modesta mesa de entradas para que ingresase ese trámite? Hay que vestir la obra como si la produjera Alejandro Romay, con presentadores disfrazados, inclusive. Es que se trata de un proyecto que ya había adelantado el Presidente en su mensaje del 1 de marzo al Congreso, cuando le demandó a ese tribunal que acelerase la reapertura de juicios a ex militares por delitos de lesa humanidad. Una muestra, como la de «¡Escriban lo que quieran!», de que en la Argentina los poderes son independientes. Para que fuera más claro, el pedido de juicio político mereció el envión de Horacio Verbitsky, vocero del gobierno en estos asuntos. Lo había pronosticado un día antes en su columna de «Página/12», una revelación obvia de «inside information» que si uno la traslada a la economía, descubre que alguien se está llenando los bolsillos por izquierda.

Y en esa «primicia» aportó el dato clave que explica la oportunidad del ingreso y la puerta VIP que le abrió la diputada Diana Conti: ese tribunal, dice, debe ser enjuiciado porque lo pidió Cristina de Kirchner. Y, hasta ahora, no se había cumplido con la exigencia de la primera dama. Razón: la demora en resolver las causas militares. Y, de paso, una oportunidad electoral: esa sala IV de la Casación Penal, en 1999, sobreseyó por un presunto contrabando de autos a Mauricio Macri, candidato hoy a jefe de Gobierno de la Capital por la oposición (también la misma sala tiene en suspenso la suerte de los policías acusados de torturar a los secuestradores de Macri a comienzos de la década de los años 90). Para Verbitsky, también para Kirchner, no hay cosa juzgada si se trata de rivales. Parecen dignos alumnos del maestro castrense: «Al enemigo, ni justicia».

En uno de los tantos films de abogados cínicos, el personaje que encarna Richard Gere le dice al cliente en problemas. «¿Ha estado ahorrando para cuando lloviese?». -¿Por qué me lo pregunta? Y sonríe diabólico: «Porque está lloviendo». El gobierno, en materia judicial, parece ahorrar para cuando llueva. En el último año, la acumulación de denuncias judiciales y políticas a funcionarios les garantiza la misma suerte de sus compañeros de anteriores administraciones (a menos, claro, que se queden toda la vida). Manejo sospechoso de subsidios, pagos a empresas tipo Greco, presuntas coimas cargadas en facturas falsas, constituyen un rompecabezas que explica la necesidad del gobierno de ahorrar para cuando llueva. Por lo tanto, fin para jueces de la Corte, camaristas, magistrados comunes. Siempre en el otro se encuentra alguna debilidad.
Al político criollo promedio no parece preocuparle una Justicia buena o mala; le importa que sea amiga o enemiga, oportuna o inoportuna.

Explica eso que cada gobierno quiera alzarse con la Justicia que recibió e instaurar la propia. Lo hizo el alfonsinismo en 1983, con el argumento de que heredaba un sistema acusado de desproteger a los ciudadanos del terrorismo de Estado (y, de paso, instaló un fuero comercial al servicio de los conmilitones). Lo hizo el menemismo en 1989 cuando amplió la Corte y reformó la Justicia federal de la Capital.

A su vez, la administración Kirchner actuó con la fuerza que le brindó la crisis del sistema político en el que nadie quedó con poder. Y ha operado, como Menem y Alfonsín, en un plan de tres tiempos. Primero fue la Corte Suprema, con la destitución de todos los integrantes que habían ingresado bajo la era Menem. Vino después el copamiento del Consejo de la Magistratura, acusando a su integración tras la reforma judicial de ser un ente elefantiásico e ineficaz -lo cual es cierto-. Hoy cuenta el oficialismo con la mayoría que le permite tener a todo el sistema judicial aterrorizado porque se ha consagrado desde el poder la cláusula no escrita de que en la Argentina se persigue a los jueces por el contenido de sus sentencias (la Constitución dice lo contrario, pero tanto da). Y con la curiosidad de que el vice propio del Consejo de la Magistratura (Carlos Kunkel) tiene más poder que el titular
que no es afiliado.

Le llega ahora el turno a la Casación, cuyos miembros recibieron adhesiones cuando los atacó Kirchner desde el Congreso reprochándoles demoras. Entonces, atemorizados, pidieron que nadie los defendiese, creyendo que una sobredosis de amigos podía provocar males mayores. Debieron pensar en otra estrategia. Ya es tarde. Debieron ellos también haber ahorrado. Porque está lloviendo. Como lloverá otra vez y de nada servirá recordar ante el patrullero que a ese magistrado lo designé yo. Nadie hará nada por creerles, del mismo modo que nadie cree que este gobierno no persigue -como proclamauna Justicia propia. En verdad, ya la tiene. Y no se escribe lo que se quiere, sino lo que se debe y cuando se puede.

Dejá tu comentario

Te puede interesar