Raúl Alfonsín ya hizo trascender su propuesta para superar o expiar la crisis de una UCR mancillada por el fraude: «Que renuncien los cuatro» dijo don Raúl, en referencia a Leopoldo Moreau/ Mario Losada, Rodolfo Terragno/Jaime Linares. A primera vista, parece una salida sensata, familiar de aquel «que se vayan todos» que los vecinos de Plaza Vicente López le dedicaban al ex presidente en los días de ardiente cacerolazo.
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Sin embargo, siempre existen subalternos o seguidores que malogran la estética de este tipo de iniciativa con sólo explicarla. Los radicales ligados a Alfonsín sugieren que la intención de su jefe es que el partido vaya a elecciones sin candidato, en combinación con el PJ. Un proyecto ambicioso, sobre todo para que se disimule la caída en la provincia de Buenos Aires, cuna y arena principal de las maniobras duhaldoalfonsinistas.
Son varias las curiosidades que aparecen en estas pretensiones. Una es la versatilidad de don Raúl para hacer coaliciones: en una elección puede ir camuflado con el Frepaso bajo la marca «Alianza» y en la que sigue envolverse en la bandera bonaerense, anulando sus diferencias con Duhalde. Como si nunca hubiera dicho que era fascista, como si nunca lo hubiera observado como un peligro para la democracia.
Otro rasgo llamativo de esta operación es que pone a la UCR en armonía con el desapego de otras fuerzas políticas por la participación de los afiliados.
Ricardo López Murphy fue postulado en el Club Francés. Elisa Carrió, en el living de su casa. Los radicales se aventuran a no tener candidato, suprimiendo la expresión de quienes votaron el domingo pasado. Y Duhalde piensa coronar el ciclo evitando las internas con la excusa de que él ya sabe el resultado de la elección: «Va a haber ballottage con dos peronistas» dice el profeta. La historia parece retroceder en la Argentina hasta antes de 1912, cuando se sancionó la Ley Sáenz Peña. En aquel entonces los representantes se nominaban en banquetes de notables y alcanzaba el salón de un club para reunir a los electores. Claro, además de voto universal también faltaba la radio, la televisión y hasta la educación masiva. Por eso esta resurrección, que consagra en el país el vaciamiento final de la política, resulta tan rara en estos días.
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