13 de junio 2005 - 00:00

Bielsa lleva la campaña a Nueva York, donde hablará de Malvinas

AlbertoFernándezsaluda a laplatea delteatro Ateneobajo lamiradaatenta deRafaelBielsa, queesperaba ledieran el pietras loscortinados.
Alberto Fernández saluda a la platea del teatro Ateneo bajo la mirada atenta de Rafael Bielsa, que esperaba le dieran el pie tras los cortinados.
Rael Bielsa partirá esta noche rumbo a Nueva York, donde continuará en Naciones-Unidas con la campaña que inició con más literatura que entusiasmo en una función de tarde del ND Ateneo. El tema de su charla de mañana en el comité de descolonización es uno de sus predilectos, Malvinas. Este canciller, que se califica de «malvinizado» y que se ufana de haberse presentado como voluntario para combatir en las islas en 1982, no ha encontrado aún el contendiente para que vuelque todo lo que tiene que decir sobre ese símbolo argentino. Si lo dejasen, cree, podría llegar lejos. Pero es difícil que alguno de sus adversarios en las elecciones del 23 de octubre le dé el gusto. Más bien lo golpearán en donde más le duele, flancos que dejó al descubierto en la apurada presentación del sábado cuando lanzó su candidatura:

Primero, la franja a que convocó en su lanzamiento como candidato. ¿Cómo podrá ser Bielsa el candidato de la nueva política si al acto del sábado logró convocar a una barra militante con un piso de edad promedio de 45 años? La sala del ND Ateneo, que ya connota lo retro con sus ventiladores de techo y sus crujientes butacas, era un océano de testas encanecidas. Un millar de funcionarios del gobierno nacional y municipal abandonó el descanso del fin de semana para acompañarlos a Bielsa y a Alberto Fernández en el corto acto. No se hicieron acompañar ni por hijos ni ahijados. Si la mayoría de los votantes está por debajo de los 30 años, el panorama electoral que mostró el gobierno el sábado debería preocuparlo. No ya porque Macri se haya rodeado de una juventud maravillosa (el grupo «Mauri», por como lo llaman con acento informal, tiene diputados en sus 25 años, como Sol Acuña o Marcos Peña). El ultrismo de la Izquierda Unida recluta también su apoyo en jóvenes de esa franja; lo mismo ocurría en su momento, del otro lado del dial, con el fenómeno que fue Gustavo Béliz.

• Es cierto que la mayoría de los presentes eran funcionarios con capacidad de movilización en el momento del voto. De Felipe Solá --que saludaba a los que entraban en la puerta, con el justificativo de que debía irse a otro acto en Esteban Echeverría-al presidente de la Corporación del Sur, Enrique Rodríguez ( enfundado en atuendo dark, pantalón negro, polera negra, camperón de cuero), pasando por el activísimo ex intendente de Avellaneda Oscar Laborde; el vicepresidente del Banco Central, Miguel Pesce (rodeado de varios integrantes del llamado Grupo Buenos Aires, que junta a radicales como él o José Palmiotti con liberales como Pablo Collier); el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, un lote de hombres cercanos -por contigüidad más que por voluntad-a Aníbal Ibarra, como Roberto Felletti, Eduardo Hecker, Jorge Telerman; los armadores de la carrera política de Bielsa, Guillermo Oliveri (secretario de Culto) y Eduardo Valdés (ex jefe de Gabinete de la Cancillería); el subsecretario de Descentralización del Gobierno porteño, Héctor Capaccioli; el referente del movimiento piquetero oficialista Barrios de Pie, Jorge Ceballos; la museóloga Virginia Franganillo, etc. etc.

• Con tanto pueblo junto, los bombos se quedaron afuera. Retumbaron durante todo el acto desde la calle Paraguay como si pidiera entrar, pero no los dejaron. Apenas una mención autoglorificatoria de Alberto Fernández, que debió sonreír cuando presentaba a Bielsa y dijo: «Soy peronista, todos lo saben». La llamada se hacía en nombre de la transversalidad y no se podía ni mencionar el partido de origen de la mayoría de los presentes. No es una llave para el éxito decirse peronista en la Capital Federal -lo sabía Chacho Alvarez-y por eso un tangazo a todo volumen cerró el acto cuando varios veteranos desmemoriados comenzaron a ponerse de pie agitando el brazo derecho, en alto, al ritmo de la marchita. Se miraron entre sí desconcertados como si no supieran en qué acto estaban.

El énfasis en la defensa de la democracia - un leitmotiv del discurso de Bielsatambién extrañó mucho a los peronistas; más cuando el canciller-candidato descalificó las ironías peronistas sobre la frase alfonsinista de que con democracia se come, etc., etc.
Observaron algunos como una herejía el reclamo bielsista de que se controle más al Estado. Fue una prueba de no peronismo por parte del candidato del gobierno peronista.

• Esta extrañeza la sintieron muchos que esperaban un debut de Bielsa en la tribuna. Se debieron conformar con la lectura de una pieza literaria del canciller poeta en la cual se escuchaba demasiado, como fondo, el teclear de la máquina. Es cierto que Bielsa debe enfrentar a dos candidatos con peso libresco (Carrió y López Murphy), pero su literatura no tiene la virtud de la oralidad. Menos cuando la biblioteca casi se le cae encima. Uno de los militantesfuncionarios presentes lo sancionó al salir: es una mezcla del Borges que prologa a Walt Whitman y de Almafuerte. Un acierto: el discurso empezó con una invocación del tipo: «los convoco, nos convoco, me convoco», propia del «Canto a mí mismo» («Me celebro y me canto», arranca ese célebre poema). La mención a Almafuerte es también atinada: Bielsa usó en el discurso casi todas las palabras del diccionario, como dice Borges que hacía el poeta platense en sus poemas.

Bielsa tuvo algún ademán de aggiornarse y buscar identificación con el electorado joven: mezcló traje de calle oscuro con remera celeste, una combinación que ha consagrado el animador Jorge Rial en sus programas de TV. Deberá buscar ahora alguna identificación de discurso con el electorado despojándola, antes que nada, de préstamos literarios, evidentes en su discurso cuando copia a Horacio Ferrer («La tragedia de Cromañón mostró una penúltima postal del Estado jugando al distraído», dijo robándose una metáfora de «Balada para un loco») o a Jorge Asís («No hay espacio en la Argentina para el populismo ladino ni para la modernidad de mercería barrial»). El personalismo de hablar de sí mismo en tercera persona, como las celebridades, lo podrá lavar en el diván. Este Bielsa ha dicho que le llevó diez años de psicoanálisis convencerse de que no era rosarino y de que su lugar está en la Capital Federal. ¿Cuánto le llevará desmadejar la frase «Néstor Kirchner es mi último jefe»? ¿Tantos jefes tuvo él en su vida? Si así fuera, ¿lo trataron tan mal? No es la primera vez que amaga con el retiro; cuando debatió con López Murphy dijo que ir a su casa no era mal destino.

• La improvisación del acto -decidido 48 horas antes-hace comprensibles algunos desajustes. Primero, el del locutor que dijo: «Por favor, no más de cinco en cada palco», lo cual hizo correr un terror de Cromañón en los asistentes. También la promesa de que como candidato Bielsa no se quiere hacer cargo de esa tragedia. «Cuando alguien nos lo exhiba como una bandera fúnebre, la miraremos fijo y no diremos una palabra. A nadie exhibiremos Cromañón como una bandera fúnebre», escribió el canciller-candidato. Es apenas una expresión de deseos porque al gobierno le van a restregar esa tragedia durante varios años, más allá de esa campaña.

La suma de tribus de funcionarios que lo acompañaron lo obligaron a un discurso comprensivo que alcanzará con los días. En realidad, es la primera vez que Bielsa está en una encrucijada difícil en su vida pública; revista en el presupuesto público desde 1982 y escribió más de diez libros de literatura. No es la biografía de quien se sonó peleando en tribunas por los barrios porteños. El jueves Kirchner no lo confirmó hasta el 10 de diciembre. Le dijo apenas: «Si querés quedate hasta el 10 de diciembre. Mirá vos qué te conviene». Eso tiene una sola traducción: Bielsa será canciller mientras le vaya bien. Si amaga con perder, o directamente pierde, se tendrá que ir. Si gana, hasta puede soñar con quedarse en la Cancillería después de esa fecha.

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