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El canciller Rafael Bielsa se reunió en la legación argentina en Roma con embajadores argentinos en Europa Oriental. En la foto Jorge Taiana, Bielsa, Aníbal Fernández y Eduardo Valdez.
Sin embargo, entre aquellas gestiones y esta visita ocurrieron varios episodios irritantes en el vínculo entre Buenos Aires y la Santa Sede. En primer lugar, la postulación de una abogada que se manifestó «atea militante» y «abortista» para integrar la Corte Suprema de Justicia. Medio gabinete debió aclarar que las posturas de Carmen Argibay no son las del oficialismo, pero esa profesión de independencia se opacó cuando se hizo público que también Elena Highton de Nolasco comparte la tesis de su colega, aunque con otros argumentos (por ejemplo, el del « derecho a no nacer»). Las razones de Highton fueron publicadas en una revista académica y divulgadas la semana pasada por este diario y también por la revista católica «Cristo Vivo», de circulación en todas las parroquias del país. Una picardía que el gobierno no haya sido consecuente con su propuesta inicial de enviar ternas al Senado para seleccionar a los jueces. Tal vez Bielsa hubiera evitado el silicio en Roma.
Estos episodios quedaron opacados en los últimos días por otro: el destrato al que fue sometido Adriano Bernardini, el Nuncio Apostólico, envuelto en un conflicto con el gobierno de Alberto Rodríguez Saá en San Luis, acusado de llevar adelante una gestión persecutoria para la curia provincial. Bernardini es el representante del Estado Vaticano en el país, el embajador del Papa. Célebre por su paciencia -acaso cultivada en su larga permanencia en el extremo oriente, donde ya ejerció la nunciatura- decidió levantar el perfil e intervenir junto al obispo Jorge Lona en el entredicho con la administración. Bernardini visitó San Luis y, cuando quiso recorrer un centro de atención a la niñez que fue transferido desde la Iglesia al Estado, le fue impedido el ingreso al mismo.
Para el gobierno esta «querella de las investiduras» resulta más cómoda que la que dominó a la gestión de Fernando de la Rúa, cuando el nuncio Santos Abril y Castelló se negaba a la construcción de un hotel vecino al palacio Olmos, sede de la embajada del Vaticano. Los criterios arquitectónicos de Bernardini son distintos de los de su antecesor y eso facilitó las relaciones hasta que apareció el entredicho puntano (dicen que también facilitó el trato la incorporación de algunos socios piadosos a la firma «El Rosario», propietaria del hotel).
Bielsa espera y, con tal de congraciarse con su anfitrión, hasta exhumó una vieja devoción nada menos que a Josemaría-Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei (al revés de muchos militantes de derecha, que sacan ahora a relucir sus primos desaparecidos o una improbable estadía en las cárceles de la dictadura). No debería escandalizar, ¿o a la canonización de este cura español no asistió, sin dar explicaciones, el ex comunista Massimo D'Alema? Versatilidad que desarrolla también el canciller, capaz tal vez de sorprender algún día con que, además de ganarse el cariñoso apodo de «cubanito», tiene condiciones para ser amigo de la CIA.




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