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7 de febrero 2002 - 00:00

Cacerolazo a Ruckauf

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Cuentan los escandalizados viajantes que, en un momento, apareció el canciller con una acompañante, con el fin de abordar el mismo avión. Un pasajero, entonces, le gritó (poco cortesmente, es cierto) «ladrón y corrupto» -copiando los carteles de varias manifestaciones previas-, pero el ministro, que debería conservar las formas y no entregarse a exabruptos que seguramente habría condenado el conde de Chikoff, le respondió con el gesto del «fuck you»: dedo en alto con el puño cerrado. Un insulto que no sólo es indigno de un ministro, sino que, además, es extranjerizante, algo del todo impropio en estos días de pesificación (el histórico corte de manga, al menos, tenía raíces itálicas).

Sin embargo, los intercambios de gentilezas no habrían terminado allí: cuenta el mail que una mujer que acompañaba a Ruckauf, quien ingresó en un puesto de revistas, se detuvo y devolvió el improperio a quienes hacían la fila: «¡Ladrones! ¿Ustedes de qué se quejan?». O sea, la versión 2002 de «a ustedes no les va mal, gorditos».



«Luego de este altercado -concluye el mail-, el canciller no viajó en dicho vuelo, sino que decidió cambiarlo a último momento, presumiblemente por un vuelo de Iberia, 40 minutos más tarde.» Los pasajeros se enteraron de eso cuando iniciaron un cacerolazo en vuelo con los cubiertos, palmas y cinturones de seguridad, y las azafatas salieron a calmarlos.

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