- “¡Buen día!, ¿cómo están? Mi número es 08”.
Un día en la (ex) sala de prensa de la Casa Rosada
Entre controles, restricciones y pasillos vigilados, el acceso de los periodistas acreditados a la Casa Rosada cambió radicalmente en el último tiempo. La histórica sala de prensa, deteriorada y cada vez más aislada, pasó de ser un punto clave para el trabajo periodístico a convertirse en una “prisión de la información”.
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El Patrio de las Palmeras ahora está vedado para los periodistas acreditados.
Guardia en la reja de la Casa Rosada: - ¿Cómo le va?, sí, pase.
Cual un presidiario, le digo al personal de seguridad mi número de la planilla donde figura mi medio y mi documento para así agilizar el ingreso.
En vez de dirigirme a la entrada de Balcarce 24, histórico ingreso de visitantes y desde la época de los Kirchner también del personal, la nueva disposición es que los periodistas acreditados vayamos a Balcarce 78 donde se dejan las cartas o los expedientes.
En ese lugar, y luego de pasar los objetos por un scanner y ser monitoreados como en los aeropuertos, nuevamente indico el número para que me ubiquen. Proceden a darme una credencial con mi foto y datos personales; credencial que deberé entregar cuando me retire.
Recién puedo acceder a unas escaleras que dan al primer piso donde está un patio interno – el de Islas Malvinas- que nos lleva a la Sala de Periodistas.
El abandono de la sala de prensa
La sala nunca fue un lindo despacho. Es un largo salón, sin ventanas exteriores, que da a dos galerías o pasillos internos y por ende no recibe luz natural.
Los distintos gobiernos nunca pusieron mucho empeño en repararla o, al menos, mantenerla. La última remodelación importante se hizo durante el gobierno de Carlos Menem y se cambiaron los muebles al final de la presidencia de Cristina Kirchner.
Durante la pandemia se pusieron separadores en las mesas comunes de trabajo. Las sillas -escasas- están en su mayoría rotas. Los cables de electricidad cuelgan por doquier dejando al desnudo la falta de seguridad.
El año pasado se rompió el aire acondicionado que fue instalado en los años 90 y no lo arreglaron. Entonces, en verano los periodistas nos morimos de calor y en invierno de frío. Tanto es así que en los días con más bajas temperaturas se llegó a trabajar con guantes y frazadas.
Es un lugar abarrotado, incómodo y poco funcional, pero tenía una gran virtud: su ubicación. Se encuentra en el primer piso y, por tanto, se podía rápidamente correr a los lugares estratégicos para cubrir las visitas, reuniones, eventos.
El primer piso de la Casa Rosada es donde se ubican los despachos más importantes. Está el ala presidencial, el jefe de Gabinete, el secretario General de Presidencia, los salones donde se efectúan reuniones, el Salón Blanco, los famosos balcones, Casa Militar… en fin, el máximo poder.
En la planta baja, dando al Patio de las Palmeras, se ubica el despacho del ministro del Interior y la Secretaría Legal y Técnica. Y las puertas ventanas dan hacia la entrada principal de la Casa Rosada, por explanada, donde ingresa el Presidente, los ministros, los mandatarios extranjeros, las visitas más relevantes.
Lugar estratégico para que un periodista pueda hacer guardias y ver quiénes ingresan y, con suerte, tener algún diálogo casual en on u en off.
En ese Patio transcurrió gran parte de la historia argentina. Aún me viene a la memoria la sensación desagradable que me produjeron los gases lacrimógenos que ingresaron a la Casa Rosada durante la crisis de finales de 2001.
Recuerdo a los acreditados, incluso canales de televisión, agrupados a un costado del salón de Bustos en la entrada principal para no perder declaraciones en esos días ajetreados que fueron los últimos del gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa.
Recorrer la Casa Rosada me permitió ser testigo de miles de reuniones, visitas inesperadas, caras desencajadas, muchas veces de bronca y tristeza.
Las coberturas más agitadas fueron, sin duda, a finales del 2001 y comienzos de 2002, cuando en sólo doce días tuvimos cinco presidentes.
Trasladarse de un lugar a otro de la Casa, respetando obviamente los lugares autorizados, es lo que le permite a un periodista contar lo que pasa.
Ni la inteligencia artificial, ni las redes -al menos por ahora- podrán reemplazar la percepción humana, el notar que algo “está pasando”. Es información, es conocimiento, es que la Casa Rosada tiene vida propia.
Silencios, movimientos, sonidos que preanuncian hechos. Caras, gestos, despachos que se cierran, destructoras de documentos que comienzan a funcionar, son detalles que pueden gestar una noticia.
Funcionarios que, en el pico de la gloria ni saludan, y cuando hay clima de zozobra o de fin de ciclo, se vuelven amistosos.
Otros tiempos
Desde 1940 los presidentes han convivido, en mejores o peores términos, con los periodistas acreditados; diría convivir con los medios de comunicación.
Muy lejos quedó el tiempo en que un periodista podía llegar hasta el ala presidencial, tocar la puerta de la secretaria y preguntar si podía hablar con el Presidente. Era mucho más amigable, pero esto se perdió.
El gobierno del presidente Javier Milei, su jefe de gabinete, Manuel Adorni y su secretario de Medios, Javier Lanari rompieron esa convivencia. Cerraron la sala y, ante una posible sanción judicial por una medida cautelar presentada por Ámbito, volvieron a permitir el ingreso de los periodistas.
No somos bienvenidos, nos reciben con el fastidio y la bronca de tener que aceptar una imposición.
No nos quieren en la Casa Rosada y nos lo hacen saber.
¿Quieren estar en la sala de periodistas? Ningún problema, pero les recordamos que sólo pueden salir para ir al baño y al comedor por el camino especialmente marcado y controlado por personal de seguridad. Si se atreven a salir de los únicos lugares establecidos, aténgase a las consecuencias. Así fue la vuelta a la Casa Rosada.
Hoy la sala de periodistas de la Casa Rosada es la prisión de la información.




