21 de diciembre 2005 - 00:00

Celebró además la caída de De la Rúa

Desde el helicóptero que la trasladó de Olivos, Cristina Fernández tiene que haber visto las columnas de humo que nacían desde la 9 de Julio, donde encapuchados quemaban gomas y montaban para la TV una « remake» de la revuelta del 20 de diciembre de 2001.

Con la Capital sitiada por piqueteros, la senadora tuvo que llegar por aire a la Casa Rosada para, luego, arribar al Banco Nación donde la CGE la premió como « personaje político del año» y le prestó una tarima para que bucee en la historia de aquellos fogonazos.

«Se derrumbó algo más que un gobierno ineficiente y que traicionó la voluntad popular: se derrumbó un modelo económico, político y social»
que se había iniciado el «24 de marzo de 1976», interpretó los episodios de 2001, que derivaron en la renuncia de Fernando de la Rúa.

«Hubo
-dijo para referirse al golpe de Estado del ' 76- un proyecto perfectamente planificado y trágicamente ejecutado, que fue desmantelar la República Argentina, a sus empresas, a su modelo industrial económico, que en ese momento, su movimiento social ascendente era único».

Hay que leer estas palabras con el prisma K: Kirchner y su esposa se consideran como exponentes de aquellos días de estallido callejero. Cierta razón los ampara: detrás de De la Rúa llegó Duhalde y fue éste quien habilitó la presidencia del patagónico. Pero la mirada del kirchnerismo es más apasionada. Prefieren proclamar al Presidente como resultante institucional de aquellas jornadas de sangre y fuego que la ultraizquierda imaginó como «estado revolucionario» y el peronismo, pragmático, usufructó para retomar el poder.

• Detalle obvio

Se ensañó, Cristina, con De la Rúa y el gobierno aliancista, pero ignoró expresamente un detalle obvio: muchos de los socios del ex presidente hoy ocupan cargos en el gobierno -Nilda Garré, por ejemplo- o son embajadores, Darío Alessandro, en Cuba, entre muchos otros, como Rafael Bielsa, Eduardo Sguiglia, Chacho Alvarez, Eduardo Sigal, Juan Pablo Cafiero y siguen nombres.

El propio Carlos Chacho Alvarez, que el patagónico instaló en la jefatura del Mercosur, estuvo hasta semanas antes de los cacerolazos pidiendo pista para regresar a la Casa Rosada como jefe de Gabinete, luego de haber renunciado a la vicepresidencia.

Tampoco se detuvo en otro dato: en aquellas jornadas agitadas,
Kirchner era gobernador -la senadora había asumido recientemente su banca por Santa Cruz- y en Río Gallegos, como en la mayoría de las capitales de provincia, había disturbios y caceroleros.

Pero el patagónico los gambeteaba sistemáticamente: por entonces, había empezado a recorrer el país -varios días a la semana no estaba en su provincia- escoltado por unos pocos laderos para promover una candidatura presidencial que, a esa altura, asomaba simbólica.

Medio millar de funcionarios, empresarios y dirigentes -entre ellos la ministra
Felisa Miceli- siguieron el discurso de la primera dama en el salón de actos del Banco Nación mientras, a pocas cuadras, los piqueteros bloqueaban avenidas, gritando consignas contra el gobierno.

• Camino inverso

En la calle el libreto era otro: despotricaban contra Kirchner y lo castigaban por el pago al FMI. Esas marchas, que entorpecieron el tránsito, obligaron a la primera dama a viajar en helicóptero hasta la Rosada. El camino inverso al que cuatro años atrás hizo De la Rúa.

La senadora encabezó ayer la nómina de premiados por la CGE, entidad que la galardonada vinculó con su pasado político.
«Cuando yo me incorporé a la política representaba la esencia del empresariado nacional», dijo recordando los años de José Bel Gelbard, el ex ministro de Juan Perón a quien se le descubrió días después el cobro de una millonaria coima depositada en Suiza por gestiones en favor de un grupo industrial del sector nuclear.

La CGE, que preside el textil
Marcelo Fernández, reconoció a funcionarios que respaldaron a las pymes. Por eso hubo elogios para el secretario de Industria, Miguel Peirano; el subsecretario pyme, Federico Poli; el titular de la FAM, Julio Pereyra, y el director de la Aduana, Ricardo Echegaray.

Cristina, en cambio, ranqueó en otro rubro: fue distinguida como
«personaje político del año» por su triunfo electoral en Buenos Aires, por haber « trasmitido» en la campaña electoral un mensaje en favor de «una política productiva nacional» y por tener una «alta imagen». Todos estos motivos bastaron para dar el premio; pudieron bastar, en una personalidad distinta, para rechazarlo.

Portando ese trofeo, la senadora les pidió a los empresarios que
«aprovechen la política estatal proactiva para adquirir mayor competitividad y tecnología» porque es la alternativa para «tener un empresariado nacional con una gran rentabilidad».

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