Quincho imprescindible en la cena anual de la Fundación Cimientos (grupo que iniciaron Juan Llach y Carlos Tramutola, ex Techint). Animado por una cúpula de banqueros, con Jorge Brito y directivos del Supervielle a la cabeza; Miguel Gutierrez, de YPF, en el evento dejó la presidencial de la fundación Miguel Blaquier y la asumió su sucesor, Alejandro Berardi (con relación familiar en Techint). Sentados a las mesas centrales Paolo Rocca y Adriana Rosernberg, presidenta de PROA; Susana Medina, presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas; el presidente de la Corte Suprema Carlos Rosenkrantz, otra con una multipartidaria de Daniel Films, Daniel Arroyo y Juan Llach (kirchneristas, peronistas y el fundador), el británico Mark Kent, Matías Patanian o Mirtha Legrand, escucharon el mensaje de despedida de Blaquier y el primero de Berardi. En esos dos discursos hubo acuerdo en hablar de la “perseverancia para no rendirse ante las dificultades”, concepto que abarcaba desde la deserción escolar hasta la crisis gremial que afecta al sector docente. De Cambiemos en actividad plena no escuchaba nadie, aunque sí pudo verse a Mario Quintana que está en actividad pero no con cargo fijo, y a Andy Freire. Por su parte, el equipo de comunicación de Cimientos logró publicar en su anuario una “figurita difícil”: esto es, reunir las opiniones sobre educación de gran parte del arco político en campaña, y un casi “imposible”: encontrar consensos en sus respuestas en medio de la campaña. Así, allí hablaron Mario Negri, Alejandro Finocchiaro, Miguel Pichetto, Daniel Filmus, Roberto Lavagna, Sergio Massa, Myriam Bergman, Ricardo Alfonsin, Juan Manuel Urtubey y Gabriel Sanchez Zinny, casi un manual para seguir el tema este año. La sorpresa de la noche fue Claudia Villafañe, que ocupó mesa con su hija Giannina, aunque no como invitada sino en su debut social como organizadora de eventos. Todos hablaban del Plan B, porque Claudia fue la alternatica a Barbara Diez en la organización de la cena y todos acordaron que salió más que bien parada. El chiste fue que podía ponerse la camiseta 10, en doble alusión a su ex marido y la otra organizadora de eventos, y mucho más con el impulso que tomó su contratación tras el conocido conflicto de Diez por el presupuesto de la boda de Lionel Messi.
Lo que no pasó desapercibido fue el festejo de la Fundación Libertad en un impecable Parque Norte, engalanado para la ocasión, con el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, incluido. Y, si el reportaje que el Nobel le hizo al presidente Mauricio Macri dio que hablar por la firmeza (del periodista-escritor), hubo cantidad de otras cuestiones que tuvieron menos repercusión, aunque varias también importantes. De movida no más, se notó el cambio de ambiente respecto de ediciones anteriores. Frente a la casi euforia y expectativas del año pasado, ahora los ánimos lucían mucho más tranquilos y con funcionarios casi “abatidos”, según un asistente. Mauricio Macri estaba ya acostumbrado a manejarse como local en las cenas anuales de la Fundación Libertad. Y a que sus intervenciones fueran aplaudidas con fervor. Y que, al finalizar cada discurso, haya cola para las selfies de rigor. Así fue hasta marzo de 2018, cuando, en vísperas de la crisis, el Presidente fue otra vez ovacionado en el evento que esa fundación con sede en Rosario organiza en la Capital Federal. El año pasado, los aplausos fueron compartidos con el chileno Sebastián Piñera. Por esto llamó la atención cierta distancia con la que en la cena del martes 26 de marzo, un auditorio algo frío hasta murmuró cuando una seca pregunta del muy buen entrevistador Mario Vargas Llosa sacudió al Presidente, consultando sobre qué tipo de medidas tomaría si es reelecto. Macri contestó que aplicaría lo mismo que durante su primera gestión, pero más rápido. Si bien hubo tibios aplausos, lo que más se notó fue el murmullo del Golden Center, donde se organizó la cena. La actitud no sorprende. La Fundación Libertad tiene socios permanentes que no siempre coinciden con el “Círculo Rojo” y, mucho menos, con los empresarios vinculados a la patria contratista o la obra pública. Son, en su mayoría, grandes y medianas empresas del interior (con algunas de Capital Federal, en su mayoría bancos internacionales), que defienden las ideas de libre mercado y consideran que, hasta acá, la de Mauricio Macri es una gestión fallida en la reducción del gasto público. Y que el esquema de déficit cero es loable, pero no basándolo en una mayor presión impositiva. Así las cosas, el reproche no es a la velocidad de los cambios, sino a las políticas mismas. No es al gradualismo, sino a la dirección general aplicada por el Gobierno desde que llegó al poder.
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