Aunque se lo vaya a usar para exigirle respeto a la democracia no es significativo que el venezolano Hugo Chávez haya sido votado por sólo 25% del padrón electoral de su país, en coincidencia con el retiro de los candidatos de la oposición que igual estaban destinados a perder, dicen con seguridad los observadores. En Venezuela el voto no es obligatorio. Si lo fuera -como en Uruguay, donde multan con 700 pesos, unos 30 dólares, al que no lo hace- ganaría igual Chávez por mucho, simplemente porque reparte. No se le puede pedir a la ancestral pobreza latinoamericana que medite los votos para resguardar libertades.
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Los populismos de nuestro continente en el ciclo alto de la bonanza de dinero en un país -por el empinamiento del precio del petróleo, de la soja, de cualquier otro primario o por acumulamiento de divisas por guerra, como Juan Perón en 1946- habitualmente son imbatibles en comicios cercanos a su apoderamiento del poder. De ahí derivan a afectar la democracia, sentirse monarcas y terminan cuando esa bonanza económica que maltratan con dirigismos y estatismos cesa y hay que remontar el ciclo adverso desde el piso. Ahí viene la apertura de la economía y su manejo racional, ineludible desde la escasez y caída de una nación que es la secuencia histórica de los populismos. Pero no es cuestión de andar deseando que llueva pobreza para verlos desplazados.
Los populismos en nuestro continente perduran en la medida en que haya fondos para repartir subsidios y tienen características también comunes: no pueden disminuir la pobreza (80% en Venezuela y casi 40% en la Argentina, por caso, mientras que Chile, con socialismo racional de lo económico la bajó de 38% en 1990 al 16% actual) porque no encauzan la riqueza imprevista a crear un futuro que cambie al subsidiado por empleado.
Los populismos latinoamericanos fanatizan masas con dinero y hombres fuertes, generalmente uniformados, algo que agrada a la mayoría de la población. Uniformados de como Juan Perón, de izquierda como Chávez o de ultraizquierda como Fidel Castro, atraen. Los civiles, como Eduardo Duhalde o Néstor Kirchner impulsan a tomar lo que reparten pero no a idolatrarlos por ellos. Es un alivio.
Los viejos populismos, como Getulio Vargas en Brasil, Perón en la Argentina o Ibáñez en Chile, en los años '50, eran nacionalistas. Ahora tienden a ser cercanos o introducidos en el marxismo, pese a que se derrumbó en el mundo y es hoy escurridizo en cuanto a principios rescatables de tan tremendo naufragio.
Los hay agresivos, como Kirchner y Chávez; los hay respetuosos (como era Duhalde quien, además, inventó el reparto permanente sin tener riqueza acumulada. Claro, eso fue lo peor y llevó al país al estallido de 2001, obvio).
Los ciudadanos moderados y democráticos se desesperan frente a los populismos. En parte tienen razón en desesperarse: el auge argentino hoy proviene del campo y se reparten subsidios vía retenciones sobre un dólar sobrevaluado. Pero el campo no pasó a estrella por una sequía en Rusia o por un granizo sobre una cosecha de Estados Unidos, que sería algo circunstancial, sino por una demanda sostenida (de alimentos) de los países asiáticos, lo único que no podrán producir en escala por carencia de territorio para sus enormes masas poblaciones. O sea que estamos ante una demanda sostenida en el tiempo, como la que tiene Hugo Chávez, que vio para su suerte erupcionarse extraordinariamente el precio del petróleo a los 4 meses de haber asumido. Como Néstor Kirchner con la soja y los granos en general.
Con este panorama mundial de abundancia, de demanda sostenida en el tiempo, la posibilidad de desplazar democráticamente a un populismo instalado se torna difícil por años, aun cuando esté manejando mal la economía y no le consolide un futuro estable al país.
Esto es así y seguirá así. Probablemente otro centroizquierda duro surja pronto en Bolivia con Evo Morales y otro, probablemente más atemperado aunque lejos del actual presidente Fox, en México con Andrés Manuel López Obrador.
Cualquier crisis del mundo puede hacer tambalear estos brotes populistas latinoamericanos, pero aun así ese mundo seguirá necesitando petróleo y alimentos, por ejemplo. Por tanto requiere calma y esforzarse por preservar la libertad, que sólo florece en Democracia.
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