25 de noviembre 2005 - 00:00

Clima de crisis

Un ministro más que despierto -al menos para ciertas circunstancias- luego de observar los rostros, ayer en la mañana de la Casa Rosada, decidió prescindir de ese clima inhóspito. Mejor escurrirse que permanecer, «a ver si me ligo un cachetazo por sólo hacer una visita», confesó.

Respondía a una sensación irrespirable, producto sin duda del malestar que se advertía en el área presidencial con las últimas declaraciones del ministro de Economía, Roberto Lavagna. Si hasta hubo que acercar al despacho máximo la desgrabación de lo que había dicho el ministro, la jornada anterior, con relación a presuntos peculados ocurridos en el área de Planificación (denuncias que, con cierto enojo, desmintió con pormenorizada información Julio De Vido) y que, esencialmente, aludían a un informe del Banco Mundial por el cual se señala que las obras públicas, en la Argentina, suelen tener un sobrecosto de 50%.

Hubo asombro oficial por esas expresiones de Lavagna, lógicamente amplificadas por la prensa, y que el ministro sólo le anticipó al titular de la Cámara de la Construcción (donde produjo su mensaje) unos instantes previos al discurso. Enlodó al gobierno y también a los atónitos empresarios constructores que lo habían invitado, aunque a ellos les pidió asistencia -se supone que a los no contaminados con la suba desmedida de precios- ya que, según él, son la columna vertebral de la recuperación económica argentina. Típica expresión peronista, referida siempre al movimiento obrero, a la cual el ministro le cambió el destinatario. Justo ocurría esto en la jornada en que Néstor Kirchner sufría aún las penosas consecuencias de una salsa maldita que vino con un pescado venezolano, en su reciente viaje, que le generó una colitis que por la tarde lo obligó a quedarse en dependencias íntimas de Olivos. Mal humor, entonces, en todos los sentidos.

Había quienes ayer se preguntaban por la actitud de Lavagna -a quien se reconoce como un calculador- y la magnitud de la crisis que sus declaraciones habían provocado. Justo, también, a 15 días de los inevitables anuncios presidenciales sobre los cambios en el gabinete. ¿Está provocando su salida porque no desea protagonizar el ajuste?, se preguntaban. ¿Asume estas críticas porque se le descontrolan ciertos índices (costo de vida, por ejemplo) y debido a que tropieza con dificultades de liderazgo en su propio equipo económico?, seguían. ¿O acaso reacciona contra otros por insinuaciones sobre actividades paralelas que le atribuyen y hasta la construcción de una interesante vivienda de campo? ¿Se sentirá decepcionado porque le aconsejaron suspender un viaje que tenía previsto a los Estados Unidos, para discutir con autoridades del FMI, ya que la relación con ese organismo parece enfriada en los últimos días? Nadie disponía de una respuesta certera para esas presunciones, tal vez ni siquiera el propio Kirchner.

• Osadía

Lo cierto es que la hostilidad entre las partes se ha acentuado y el gobierno atraviesa una crisis con el titular de Economía. Danzan nombres para su reemplazo, pero resulta una osadía imaginar lo que Kirchner determinará en las próximas horas. Está claro que no pensaba en su reemplazo -hasta lo sospechaba con un destino político para 2007, quizá candidato a gobernador en la provincia de Buenos Aires-, pero el episodio de las denuncias modificó el panorama. O, al menos, el clima en la Casa Rosada. Igual, suceda lo que suceda, difícilmente cambiará la cotización de los títulos argentinos.

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