Comentarios políticos de este fin de semana

Política

(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)

LABORDA, FERNANDO.
«La Nación».

Prescindible. El periodista dedica su nota a examinar las relaciones entre política y economía en la actualidad. El argumento central es que el horizonte económico está planteando algunos desafíos y límites que los políticos no divisan todavía con claridad. A pesar de que Néstor Kirchner haya dado marcha atrás con un aumento de los haberes jubilatorios en plena campaña electoral. Cita como uno de los riesgos el incremento en el gasto público, superior al de la recaudación en los últimos meses. Según Laborda, Lavagna está entre los escasos políticos que advierten estos problemas. Dice que el ministro de Economía sabe que después de octubre habrá que hacer un ajuste importante en varias áreas: aumentar tarifas, acordar con el FMI, negociar con los bonistas que no ingresaron al canje (¿lo hará verdaderamente Lavagna?) y dar señales para llevar la inversión a 23% del PBI en 2006. Todo esto con menos capacidad para emitir decretos de necesidad y urgencia ya que la ley de emergencia económica vence en diciembre. Hay dos dimensiones de la gestión de Lavagna que la nota no cita en su balance, aunque resulten llamativos. Una, que la agenda del ministerio casi no haya sufrido cambios desde que este economista llegó al poder con Eduardo Duhalde. Es decir: ¿le basta a la Argentina con una política de normalización posdesastre o hay reformas imprescindibles que Lavagna jamás se ha planteado? La pregunta es más adecuada después de que Néstor Kirchner dijera que le entregaron un país con todas las medidas por tomar, lo que implicó una crítica a Duhalde pero también a su ministro Lavagna. El comentario de «La Nación» se tituló «Dos variables clave: la inflación y la paciencia de Lavagna». También se podría hablar de «la paciencia de Kirchner», quien convive con un ministro que desaprovechó un fenomenal momento económico para hacer reformas que jamás siquiera se formularon. El segundo aspecto al que la nota no hace referencia cuando habla de los ajustes por venir es el de la política monetaria: la apuesta, en la práctica, por un tipo de cambio fijo, está íntimamente ligada a la inestabilidad de los precios. ¿Qué harán Lavagna y, sobre todo, Martín Redrado, frente a este problema? Tampoco se lo plantea la nota. Laborda prefiere seguir mirando a Lavagna como a un político. Repite información ya conocida: por ejemplo, que el ministro intentó evitar el enfrentamiento entre Kirchner y Eduardo Duhalde, un poco para garantizar acuerdos legislativos necesarios y otro poco para salvar una base territorial que, eventualmente, podría permitirle llegar a la Presidencia en el futuro. También reitera que Lavagna aspira a ocupar la Cancillería pero que la aparición de la candidatura de Chacho Alvarez lo frustró. No avanza hasta un dato que se conoce desde hace más de un mes, cuando lo publicó Ambito Financiero: Kirchner le ofreció a Lavagna, en la primera semana de junio, la Cancillería a través de otro ministro que acostumbra a mediar entre ellos. El economista aceptó pero nunca más se volvió a hablar del tema. Laborda dice algo cierto: hasta 2007 la inflación será el principal opositor de este gobierno. Cuando termine 2005 se ubicará en más de 10% y el nivel de pobreza superará 50%. Además del aumento en los servicios de la deuda, que se ajustan por CER. La nota se pregunta, entonces, por la negociación con el Fondo. Y dice que ni Kirchner ni Lavagna son partidarios de un acuerdo rápido: uno porque lo cree inconveniente para el marketing electoral, el otro porque quiere negociar con dureza. No dice que tampoco el Fondo quiere un acuerdo rápido -sobre todo si se le pide uno por tres años-, precisamente por las inconsistencias de la política económica, alguna de las cuales plantea la misma nota. Así, el país sigue pagando de más por su financiamiento. Cita Laborda al economista Monteverde, quien estima que el país pierde 90 millones de dólares por cada 1.000 millones cancelados al FMI (del mismo modo que se pierden más de 1.000 millones de dólares al año por no poder colocarse financieramente las reservas y, en cambio, tenerlas escondidas de quienes reclaman por el pago de la deuda). Finalmente, la nota se detiene en otra irracionalidad en el manejo de los fondos públicos de este gobierno: la Seguridad Social (ANSeS) acumuló un superávit de 700 millones de pesos que se destinaron a paliar la crisis energética, mientras a los jubilados que cobran más de $ 1.000 se les niega un aumento en sus ingresos (es cierto que ese aumento sería permanente y aquella desviación, se supone, fue ocasional).


GRONDONA, MARIANO.
 «La Nación».

Regular.
El ensayista dedicó su columna a analizar la significación política de tres sentimientos: el respeto, el miedo y el terror, en el contexto de los ataques terroristas.

Grondona establece que el respeto es el único sentimiento compatible con la vida en libertad. Cuando entre quien manda y quien obedece hay respeto es porque esa relación está regida por la ley. Por lo tanto, las órdenes son previsibles, racionales. En cambio el miedo y el terror se caracterizan por su irracionalidad: nadie puede prever la acción del otro, sea un superior o un atacante, porque esa acción no es previsible ni respeta límite alguno entre lo prohibido y lo permitido. Dice Grondona que la única diferencia entre miedo y terror es de grado. El terrorismo impone el terror mediante el derramamiento de la sangre de cualquiera. Después la columna hace un pequeño repaso por la historia del terror y el miedo en la Argentina. Desde las experiencias de los '70, con el enfrentamiento entre subversión y represión, hasta las de los '90, cuando el país fue víctima del terrorismo internacional. Aquí hace un paréntesis Grondona para hablar ya no del terror sino del miedo y su utilización por el presidente actual. Dice que una de sus armas políticas «parece ser el hábito de infundir miedo, aunque no terror, entre todos aquellos a quienes percibe como sus subordinados o sus rivales, ya sean los gobernadores, sus propios funcionarios, los peronistas disidentes, los opositores, los empresarios y hasta el sector más vulnerable del periodismo, a todos los cuales presiona con la posibilidad de retirarles los fondos, con la distribución discrecional de la publicidad oficial o con agresiones verbales sorprendentes. Como ninguna de estas actitudes son debidas o previsibles según la ley, el miedo de que se reproduzcan las refuerza». El ensayo de Grondona recala finalmente en una discusión internacional, que introdujo Oriana Fallaci, en una serie de notas que publicó «Il Corriere della Sera» y reprodujo «La Nación». Grondona desmiente el argumento central que viene sosteniendo desde hace varios años Fallaci: el Islam no es una religión necesariamente violenta. Y, por lo tanto, sus fieles no representan de por sí un peligro para el mundo ni para Europa (cita el ensayista la palabra « Eurabia», que para la periodista italiana es el caballo de Troya de la inmigración musulmana en el Viejo Continente). Sin embargo, Grondona afirma que las censuras que desde dentro del Islam se le dirigen al terrorismo son insuficientes ya que están siempre acompañadas de una crítica a Occidente que, de ese modo, las relativiza. El columnista sostiene que los musulmanes moderados son imprescindibles para arrinconar a los terroristas, así como un cambio de postura en Occidente que podría iniciarse con la apertura al mundo musulmán que promete Benedicto XVI.

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».

Prescindible.
Lavagna y la inflación. Bielsa y los piqueteros. Estos son los dos temas centrales de la nota del columnista del monopolio «Clarín». La nota trae poca información y, cuando la aporta, es secundaria. Sí vale la pena rescatar, por su fidelidad, cómo Van der Kooy traslada a sus lectores el pensamiento oficial del gobierno sobre un tema central que estuvo ayer mucho mejor tratado en el artículo de Fernando Laborda de «La Nación»: la escalada de precios. Dice que para Kirchner y Lavagna se trata de un fenómeno estacional fomentado por un relajamiento de los acuerdos de precios. ¿Política monetaria? Cero. ¿Política tarifaria que carga sobre la industria todo el peso del aumento de tarifas? Cero. ¿Política salarial, con una carrera descontrolada en algunos sectores como el de servicios públicos? Tampoco este factor es relevante para el gobierno. El periodista ni lo comenta. No le llama la atención. Igual que el argumento de que la inflación superará ampliamente las previsiones presupuestarias (ubicadas para el Central en 8% y para Economía en 10,5% sin que nadie aclare la diferencia) pero que el crecimiento duplicará también el previsto en el presupuesto, cuando tampoco nadie podía justificar que la pauta se ubicara en 4%, como lo ubicó Lavagna para poder decir que la economía creció más de lo que estaba calculado. Los comentarios de Van der Kooy sobre Bielsa son de distinto interés. Importa, por ejemplo, que el canciller fracasó en sus gestiones para que Italia mejorara el tratamiento a la Argentina en el Fondo Monetario Internacional. Hace dos domingos, el mismo periodista informaba que lo de Bielsa había sido una marcha triunfal. En cambio vale más el dato de que Bielsa quiere dejar la Cancillería porque advierte ya la incompatibilidad de esa función con la de candidato porteño. Respecto de esta última condición, Van der Kooy informa que el gobierno está atormentado por el accionar de los piqueteros y el impacto que éste tenga en el electorado porteño. Si bien el discurso oficial dirá que la judicialización del tratamiento a los piqueteros dará ya algunos resultados con algunas condenas en tribunales, el problema no tiene solución inmediata si se lo mide en su efecto electoral para el voto moderado porteño. Sobre todo porque a pesar de los distintos programas de ordenamiento que propone Aníbal Fernández, Kirchner sigue temiendo que la represión policial termine en un escándalo peor.


HORACIO VERBITSKY.
«Página/ 12».

Prescindible.
El columnista dedica la entrega a una reseña del trámite que tienen en el Uruguay las leyes de punto final, cuestionadas, como ocurrió ya en la Argentina, por la vigencia de los tratados internacionales. Como ese país no ha incluido en la Constitución esos tratados, Verbitsky elige el camino de proponerles a los políticos uruguayos que ahorren tiempo y entiendan que ése es un camino fatal, que ya transitaron la Argentina y Chile.

Como todo lo que escribe este columnista en los últimos tiempos, la nota sirve «ad maiorem gloriam» de Kirchner, a quien Verbitsky pone en el mismo podio que Ricardo Lagos por lograr en sus respectivos países la reapertura de causas judiciales a ex militares acusados de atrocidades.

De paso Verbitsky cumple en esmerilar a los adversarios de Kirchner, como Eduardo Duhalde, a quien llama graciosamente «ex semipresidente», o Alfonsín, que no es tan adversario del actual presidente pero cuyos desaciertos como mandatario Verbitsky resalta en esta columna limitada a recopilacionesde historias viejas y conocidos por quienes se han acercado a la crónica reciente de represiones y reprimidos. En el mismo tren de darle alguna comicidad a un asunto tan grave, llama «bipresidente» a Julio María Sanguinetti, al canciller británico Jack Straw «Sourrouille», en alusión a un parecido físico y al ex presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle lo describe como «el hijo engominado de Eduardo Frei».

Verbitsky avanza en esta viñeta periodística sobre la caída de las leyes de punto final que ensayaron la Argentina, Chile y Uruguay con cierto engreimiento rioplatense. Por caso, descalifica el resultado del plebiscito que ha sostenido en Uruguay el cierre de las causas diciendo que fue el resultado de una «campaña de miedo» del entonces presidente Sanguinetti.

Va más allá en el titeo a los uruguayos por esta crisis que enfrenta al gobierno de Tabaré Vázquez con mandos militares cuando sugiere que les da la oportunidad para decidir si necesitan o no fuerzas armadas. «¿Necesita El Paisito un Ejército, y en tal caso cuál?» Una cuestión que los uruguayos resolverán seguramente sin preguntarle a un argentino ni aunque se llame Verbitsky.

Todo el relato de la columna está colgado de una figura que detecta coincidencias históricas: el Uruguay, viene a decir Verbitsky, está pasando en 2005 por lo que pasó la Argentina en 1983 o Chile en 1998 con la prisión de Augusto Pinochet en Londres. Para superarlo, dice, debe salir de la lista en que están los Estados Unidos y China, dos países donde la ley nacional tiene más peso que los tratados internacionales. Huelga decir por qué opción se vuelca Verbitsky, un hombre con los mejores lazos personales con uno de esos países pero también reminiscencias ideológicas con el otro.

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