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Regular. Pocas informaciones aportaron los comentarios políticos de ayer. Eduardo van der Kooy comienza el suyo haciendo notar algo que sólo él -o alguna de sus fuentes-observó hasta ahora: un giro hacia las propuestas y el equilibrio en la retórica presidencial durante la última semana de campaña electoral. Acaso haya sido intención de la Casa Rosada producir esa corrección pero resultó tan imperceptible que se necesitó de un párrafo de Van der Kooy para que, por lo menos, sus lectores estén enterados de que la guerra oficial ya no tiene a Eduardo Duhalde como único objetivo. Habrá que tomar nota. Enseguida el columnista del monopolio ofrece este razonamiento: la elección en la provincia ya está jugada, a favor de la primera dama, con un resultado de aproximadamente 40% contra 20% de Chiche Duhalde. Por lo tanto, lo que determinará el futuro de la política en los próximos dos años es lo que suceda en la Capital Federal. Si allí gana Rafael Bielsa, Néstor Kirchner no tendrá oposición viable en 2007; si lo hace Mauricio Macri, a Duhalde se le ofrecería una opción en la cual aplicar el capital de 20% que la nota le acaba de asignar en la provincia; si vence Elisa Carrió pierden los dos contendientes peronistas y ni Van der Kooy (o sus fuentes) saben lo que irá a pasar. Demasiado esquemático para ser cierto. Sobre todo porque las mediciones más independientes y certeras desmienten aquel deseo del gobierno y asignan a Cristina un complicado 35% en contra de 25% para Chiche. Como en el trabajo de Joaquín Morales Solá, el fenómeno piquetero es el único problema de la política argentina. O, al menos, del gobierno. Casi cierto, sobre todo para un periodismo que agota su mirada en el fenómeno metropolitano (a propósito, renunció con escándalo, al menos para la tapa de «Clarín» de ayer, el obispo de Santiago del Estero, y ninguna de las dos plumas le dedica una línea). Van der Kooy publica el descargo de Alberto Fernández desvinculando al gobierno en cualquier responsabilidad por el ataque de D'Elía a Duhalde, a quien vinculó con la droga. Consigna que para el duhaldismo los responsables por lo que hace y dice D'Elía son Oscar Parrilli y Carlos Kunkel. Al final de su largo párrafo, el columnista termina por decir algo obvio: que Kirchner carece de una política frente a los piqueteros, con quienes quedó identificado desde un comienzo. Pone en boca de Aníbal Fernández una frase inquietante: «La Policía actúa según las directivas políticas que recibe». No recuerda algo que iluminaría la frase: la principal disputa del ministro del Interior con el duhaldismo se debe a la muerte de los piqueteros Kosteki y Santillán en Puente Pueyrredón. Para el final, la nota consigna que Cristina Kirchner está enojada con Roberto Lavagna por su negativa a acompañarla en un panel de campaña con el economista Joseph Stiglitz. Una prescindencia que el oficialismo interpreta como favoritismo hacia los Duhalde de parte de Lavagna.
Prescindible. Toda la nota de este periodista se agota en el fenómeno piquetero, casi igual que la de Van der Kooy. Con poca información, Morales Solá se pierde en laberintos literarios para decir cosas sencillas. Si se vence ese muro gongorista, se pueden rescatar un par de datos no importantes pero sí coloridos, cosechados en la Casa Rosada (casi única fuente de información para el periodismo dominical últimamente). Por ejemplo, Morales Solá dice que Kirchner anda con declaraciones del jefe sindical del hospital Garrahan debajo del brazo, donde ese activista comenta su fascinación por la revolución rusa. El dato es interesante: no sólo revela que el Presidente cree -o simula creerque se está ante una experiencia revolucionaria; también revela que Kirchner ignoraría, hasta la lectura de la revista amiga «Debate», que el sindicalismo de izquierda no peronista adora el leninismo. El otro detalle que ofrece el columnista en su nota es que en la Casa Rosada culpan a Osvaldo Mércuri -duhaldista, presidente de la Cámara de Diputados de la provincia-de financiar a los piqueteros duros. Morales Solá dice que esos piqueteros tenían equipos electrónicos para impedir la intercepción de sus comunicaciones. Acusa por esas intercepciones, sin mayores detalles, al «espionaje oficial». No avanza más a pesar de la probabilidad de que un escándalo estalle en plena campaña electoral por las versiones de compras de equipos de intervención de teléfonos que se ordenó desde el Ministerio del Interior, no destinados precisamente a indagar a delincuentes, ni siquiera a piqueteros. El otro dato inquietante que aparece en la nota de Morales Solá es el diálogo entre un funcionario -convenientemente anónimo en la nota del columnista y en un gobierno que no intenta condicionar a la Justicia-y el juez Eduardo Niklison, quien sostuvo en esa charla la imposibilidad de impedir que la protesta se realice con la toma del hospital por parte de quienes trabajan en él.
GRONDONA, MARIANO. «La Nación».
Prescindible. A propósito del problema piquetero -agravado por la decisión del gobierno de no enfrentarlo-, el ensayista desarrolló ayer una relación entre dos conceptos clave del pensamiento político: cambio y orden. Grondona sostuvo que en la conmoción del orden que supone el movimiento piquetero no hay cambio, sino agitación. Mezclar ambos conceptos puede llevar a la confusión en la que cayó el gobierno: que la no intervención equivale a progresismo.
La nota sube otro nivel de abstracción: Grondona defiende la tesis de que no hay cambio sin ley. La noción elemental de que la ley garantiza el orden se completa así con otra más rica: también garantiza el cambio. Para Grondona, el país más respetuoso del orden en su sistema constitucional, los Estados Unidos, ha sido el que verificó los mayores cambios. A escala regional, insiste con el modelo chileno: gracias al orden de su clase política, los chilenos consiguieron modificar casi por unanimidad los resabios autoritarios que quedaban en la Constitución de Pinochet, que aún los rige. Sobre la misma argumentación, el ensayista enhebra otra experiencia de la semana: el fenomenal cambio que produjo Ariel Sharon en el paisaje político de Medio Oriente al imponer el orden de la ley en la Franja de Gaza, aun sobre los colonos que se radicaron allí por el estímulo del propio Sharon en otros tiempos.
VERBITSKY, HORACIO. «Página/12».
Prescindible. Desperdicia el columnista dos páginas de su periódico en relatarcómo un grupo de comisarios de la Policía de Buenos Aires investigó con tan mala fe una causa por drogas que los acusados terminaron en libertad y el juez de la causa, Roberto Marquevich, casi perdió el puesto en el jury de enjuiciamiento -lo haría después, como recuerda Verbitsky, «por la detención ilegítima de la directorapropietaria del diario 'Clarín'». A propósito de esta cita, una curiosidad: en la edición on line de «
Página/12» a primera hora de ayer el texto no decía esto sino «por el arresto de la empresaria Ernestina Herrera de Noble». Pasado el mediodía, esa versión -quizás la primera que salió de la pluma del columnista-había sido reemplazada por la que figura en la edición en papel y que ya se ha transcripto, manifiestamente más benevolentecon la directora del monopolio. Una decisión editorial que se consigna aquí porque el propio Verbitsky en su nota critica a «La Nación» por hacer lo mismo sobre el caso Beauvais: borró de su edición on line un texto que relacionaba al comisario con esta causa de drogas, la llamada « Strawberry», de 1996.
El cuento es tedioso y pensado para expertos, y tiene como propósito anotar en esa patraña -manipulada presuntamente para encubrir más que para incriminar a los responsables de esa operación-al asesinado comisario Oscar Beauvais, cuya muerte sugiere podría estar vinculada con su pasado en ese tipo de investigaciones. Esa pasión por las anécdotas de los «patanegra» le sirve para el mismo propósito de todos los domingos de este columnista: atacarlo a Felipe Solá por decir que ese caso no tiene connotaciones políticas y por haber promovido la ley que «provincializa» la investigación de los delitos de drogas, algo que convendría a los malos de esta película. De paso, elude la obligación de todos los comentaristas de ayer, que era criticarlo al gobierno por dejarse estar con los piqueteros y así calentar el ambiente para algún giro tan esperable como que llegue la primavera, diría un columnista de domingo.
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