3 de enero 2002 - 00:00

Con inteligencia

Eduardo Duhalde arranca su cargo de presidente designado por una Asamblea Legislativa con sólo tres cartas a favor. La que adelantó a su entorno: «Si nos va mal, llamamos a elecciones nacionales de presidente». O sea que tiene botón de eyección con paracaídas con una convocatoria que no se le ocurrió al ex mandatario De la Rúa, perdido por perdido, si iba a abandonar el poder y pudo hacerlo en forma más digna.

En segundo lugar, tiene a un economista como Jorge Remes Lenicov, que es serio. Tan serio que abandonó el cargo de ministro de Economía de Duhalde gobernador, en 1997, precisamente cuando éste se lanzó a una desenfrenada carrera de gasto público que destrozó la provincia de Buenos Aires con un déficit de 1.700 millones de dólares. Claro, el gobernador lo provocó para respaldarse contra el intento reeleccionista de Carlos Menem y tratar de ganarle la elección a la primera alianza del radicalismo y el Frepaso. Remes Lenicov es hoy la única garantía seria que emerge del gabinete de Duhalde y se lo sabe capaz de enfrentar demagogias incumplibles, como las que pronunció el actual presidente en su primer discurso en el cargo ante la asamblea que lo designó.

Tanto se cree esto que si Remes Lenicov llegara a renunciar, se supone que se derrumbaría la gestión Duhalde y usaría la primera carta, convocar a elecciones.

La tercera a favor que tiene es que en el exterior realmente están alarmados por los hechos de barbarie en las calles ocurridos en la Argentina al caer el país en cesación de pagos. En Estados Unidos no quieren tales convulsiones sociales en Latinoamérica porque temen endemia y se preguntan si la globalización, sus trabas a las exportaciones de los vecinos del Sur y la dureza del Fondo Monetario no habrán sido exageradas con la Argentina. El presidente Aznar, de España, es otro preocupado por los elevados intereses españoles en juego en nuestro país. La devaluación les costará a los capitales españoles 3.000 millones de dólares, dejará jaqueados a sus bancos y hasta se estudian retenciones a las exportaciones petroleras por más de 2.000 millones de dólares que afectarán a Repsol-YPF y también a las compañías norteamericanas.

Si esta tercera carta la sabe jugar con inteligencia el nuevo gobierno, es muy útil. Inteligencia significa saber que tiene que exponer un plan inteligente, que el Fondo Monetario siempre desconfió del populismo innato de Duhalde, pero le ha conformado que se haya decidido por terminar con la convertibilidad y devaluar. Inteligencia para saber que tiene que erradicar males del propio duhaldismo que aplicó en los presupuestos bonaerenses menos expuestos al ojo externo que el Presupuesto Nacional.

Tres cartas a jugar y una necesaria habilidad porque ya no puede vaciar, como hizo con el Provincia de Buenos Aires, los bancos oficiales, tres de los cuales están prácticamente derrumbados y si aún le quedan fondos fue por la disposición autoritaria pero adecuada de no permitirle a la gente trasladar sus vencimientos retenidos a otras instituciones financieras cuando se cumplían los plazos, aunque no los cobraran.

Frente a esas tres cartas, Duhalde presidente enfrenta terribles problemas, por empezar que a la mayoría de la gente no le gustó su designación; que preferían a Carlos Reutemann, casi la figura de proyección nacional más reclamada hoy. Esta gravitación del santafesino no es nueva para Duhalde: la religión de encuestas, de las que es devoto Duhalde hasta el fanatismo, ya antes de la elección presidencial de 1999, le señalaba que no le iba a ganar a la alianza De la Rúa-Chacho Alvarez y entonces ofreció bajarse de la candidatura del justicialismo y ofrecérsela a Reutemann, que no aceptó.

Por eso esta vez Duhalde produjo lo que se ha dado en llamar un «golpe de Estado bonaerense». Se alió primero con la izquierda de Aníbal Ibarra, luego con otro populismo como el de Raúl Alfonsín, transó con los temibles radicales bonaerenses Leopoldo Moreau y «Fredi» Storani, que en sus años de gobernador lo dejaron vaciar financieramente la provincia de Buenos Aires a cambio de participar en el reparto.

Cuando tuvo todo armado agregó a Carlos Ruckauf deseoso como nadie de dejar la provincia de Buenos Aires en llamas en manos de su vice, el sacrificado Felipe Solá. Recién entonces enfrentó a sus propios cofrades justicialistas que sabía que le iban a anteponer por lo menos a quienes lo superan a Duhalde en imagen nacional, como José Manuel de la Sota y Carlos Reutemann. «Tenemos 85 radicales pactados, más 62 legisladores propios, y conseguiremos del Frepaso y provinciales», dijeron sus operadores a los sorprendidos justicialistas federales recién reunidos en la tarde del 1 de enero en el hotel Conte, escasos minutos antes del inicio de la asamblea. Fue una estrategia de alianzas y tiempos que no dejó reaccionar al justicialismo del resto del país contra el bonaerense que ya había decidido la toma del poder para Duhalde.

El «golpe» se había iniciado mucho antes. Inclusive antes de que asumiera Adolfo Rodríguez Saá, a quien desde el primer momento los bonaerenses habían decidido voltear sorprendidos por la fugaz imposición del sanluiseño principalmente empujado por el cordobés De la Sota. Sorprendieron a los bonaerenses, pero sólo hasta la reunión de Chapadmalal donde ya tenían todo armado para Duhalde, inclusive con activistas disfrazados de «caceroleros» y sin custodia policial en el lugar donde deliberaba el entonces presidente de la Nación interino y al menos seis gobernadores, uno de ellos, Ruckauf, que fue a darle el ultimátum a Rodríguez Saá, una de sus metas, y arrancarle de apuro, antes de que renunciara, su firma en un decreto ya redactado para licuarle el abultado pasivo al diario monopólico «Clarín», decidido a hacer duhaldismo interesado, lo mismo que otra prensa y periodistas.

Con muchos más males que los esbozados arranca la gestión de Eduardo Duhalde en un país que lo único que no admite es dispendio de los pocos fondos públicos y reservas en populismos que aunque se los presente como justos -en la mayoría de los casos lo son- es fantasioso afirmar que serán solucionados en este contexto de país en crisis terminal.

Pero queda la esperanza nacional de esas tres cartas, sobre todo Lenicov y ayuda externa porque, aunque Duhalde muchas veces renació de cenizas extremas, si convoca a elecciones es porque estará incinerado y habrá cavado para la Argentina mucho más que el fondo del abismo donde cayó destrozada como Nación luego de andar décadas por el borde.

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