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Frente a esas tres cartas, Duhalde presidente enfrenta terribles problemas, por empezar que a la mayoría de la gente no le gustó su designación; que preferían a Carlos Reutemann, casi la figura de proyección nacional más reclamada hoy. Esta gravitación del santafesino no es nueva para Duhalde: la religión de encuestas, de las que es devoto Duhalde hasta el fanatismo, ya antes de la elección presidencial de 1999, le señalaba que no le iba a ganar a la alianza De la Rúa-Chacho Alvarez y entonces ofreció bajarse de la candidatura del justicialismo y ofrecérsela a Reutemann, que no aceptó.
Por eso esta vez Duhalde produjo lo que se ha dado en llamar un «golpe de Estado bonaerense». Se alió primero con la izquierda de Aníbal Ibarra, luego con otro populismo como el de Raúl Alfonsín, transó con los temibles radicales bonaerenses Leopoldo Moreau y «Fredi» Storani, que en sus años de gobernador lo dejaron vaciar financieramente la provincia de Buenos Aires a cambio de participar en el reparto.
Cuando tuvo todo armado agregó a Carlos Ruckauf deseoso como nadie de dejar la provincia de Buenos Aires en llamas en manos de su vice, el sacrificado Felipe Solá. Recién entonces enfrentó a sus propios cofrades justicialistas que sabía que le iban a anteponer por lo menos a quienes lo superan a Duhalde en imagen nacional, como José Manuel de la Sota y Carlos Reutemann. «Tenemos 85 radicales pactados, más 62 legisladores propios, y conseguiremos del Frepaso y provinciales», dijeron sus operadores a los sorprendidos justicialistas federales recién reunidos en la tarde del 1 de enero en el hotel Conte, escasos minutos antes del inicio de la asamblea. Fue una estrategia de alianzas y tiempos que no dejó reaccionar al justicialismo del resto del país contra el bonaerense que ya había decidido la toma del poder para Duhalde.
El «golpe» se había iniciado mucho antes. Inclusive antes de que asumiera Adolfo Rodríguez Saá, a quien desde el primer momento los bonaerenses habían decidido voltear sorprendidos por la fugaz imposición del sanluiseño principalmente empujado por el cordobés De la Sota. Sorprendieron a los bonaerenses, pero sólo hasta la reunión de Chapadmalal donde ya tenían todo armado para Duhalde, inclusive con activistas disfrazados de «caceroleros» y sin custodia policial en el lugar donde deliberaba el entonces presidente de la Nación interino y al menos seis gobernadores, uno de ellos, Ruckauf, que fue a darle el ultimátum a Rodríguez Saá, una de sus metas, y arrancarle de apuro, antes de que renunciara, su firma en un decreto ya redactado para licuarle el abultado pasivo al diario monopólico «Clarín», decidido a hacer duhaldismo interesado, lo mismo que otra prensa y periodistas.
Con muchos más males que los esbozados arranca la gestión de Eduardo Duhalde en un país que lo único que no admite es dispendio de los pocos fondos públicos y reservas en populismos que aunque se los presente como justos -en la mayoría de los casos lo son- es fantasioso afirmar que serán solucionados en este contexto de país en crisis terminal.
Pero queda la esperanza nacional de esas tres cartas, sobre todo Lenicov y ayuda externa porque, aunque Duhalde muchas veces renació de cenizas extremas, si convoca a elecciones es porque estará incinerado y habrá cavado para la Argentina mucho más que el fondo del abismo donde cayó destrozada como Nación luego de andar décadas por el borde.




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