7 de julio 2004 - 00:00

Confirmado: Moyano será jefe de la CGT

Tal como informó en primicia este diario la semana pasada, Hugo Moyano quedó convertido ayer en el nuevo secretario general de la CGT, ahora unificada en sus versiones de "gordos" y "combativos". Falta todavía el ritual de la votación en el congreso sindical que le dé estatus legal a lo que ayer, en una asamblea de jerarcas gremiales que se celebró en el Sindicato de Gastronómicos, fue una decisión política: el camionero Moyano sucederá a Rodolfo Daer. Para el gobierno, se trata de un dato relativo. En teoría, debería festejar el encumbramiento del dirigente sindical con el que más trato ha tenido hasta ahora, casi el preferido. Pero hay trazos en el cuadro que inquietan a Kirchner. Moyano es todo, menos un conciliador. Y los sindicalistas tradicionales quieren llevarlo a la cúspide para hacer frente a otros aliados de la Casa Rosada, los piqueteros de Luis D'Elía. Por eso, la preocupación: Moyano podría ser un interlocutor amigable, pero también otro frente de tormenta.

Hugo Moyano vio confirmado ayer su nuevo empleo: jefe de una CGT unificada con «gordos» de toda especie. Los que dominaban el sello oficial de Rodolfo Daer fueron los perdedores de la jornada. Fue en un plenario que, claro, incluyó un almuerzo.
Hugo Moyano vio confirmado ayer su nuevo empleo: jefe de una CGT unificada con «gordos» de toda especie. Los que dominaban el sello oficial de Rodolfo Daer fueron los perdedores de la jornada. Fue en un plenario que, claro, incluyó un almuerzo.
Cualquier neófito en materia sindical conocía el desenlace: Hugo Moyano era el candidato mejor posicionado para ocupar la jefatura de la CGT (en reemplazo de Rodolfo Daer) y ayer, tras una suerte de plenario con los gremios más importantes (y todos los sectores en que está dividida la central obrera), se consagró el acceso del dirigente camionero a ese cargo que ocuparon José Ignacio Rucci, Casildo Herreras y Saúl Ubaldini, entre los más connotados. La noticia, aunque se trate de un aliado del gobierno, no cayó bien en el oficialismo. Para ser justos, sin embargo, había anoche tantos problemas en la Casa Rosada que el episodio pasó casi inadvertido cuando en otros tiempos hubiera sido tema de gabinete. Pero, como se sabe, hoy ni siquiera hay gabinete.

Bien temprano, al menos para los horarios sindicales, pasadas apenas las diez de la mañana, se acomodaron en el salón del cuarto piso del gremio gastronómico las principales cabezas de «gordos», MOP y otras aleaciones con nombre propio. Era, esa cumbre, la continuidad de otros encuentros donde ya se habían ensayado nombres para repartirse puestos en distintas comisiones de la CGT. Pero en esta ocasión, váyase a saber por qué prisa -decían que algún periodista había levantado la perdiz-empezaron los discursos con un mismo sentido: no se puede hablar de unidad, no se puede arreglar por abajo si antes no nos ponemos de acuerdo sobre el futuro secretario general. Se convino en esa necesidad y en que todos, en la mesa del consenso, acatarían lo que se resolviese finalmente por votación.

• El arte de lo posible

Hubo un café de intermedio y luego, al mediodía, se sirvió un plato de fiambres, otro de pastas y un helado. Vinieron los masajes característicos sobre el perfil del nuevo jerarca, lo que convenía en la hora y las condiciones ideales que, por supuesto, no reunía ninguno de los presentes. Pero como el sindicalismo argentino es el arte de lo posible, empezó la danza de nombres, inmediatamente reducida a uno solo, de quien nadie podía asegurar que congregara los ideales enunciados un rato antes. Así salió el apellido Moyano de las gateras, sin objeciones iniciales y con respaldos que ni el camionero soñaba: de Juan José Zanola (bancarios) a Amadeo Genta (Municipales) mientras Andrés Rodríguez (UPCN) consentía afirmando que la unidad sólo se lograba acatando a la mayoría. O sea, evitaba opinar pero marcaba el territorio para que nadie desertara.

Lo de Luis Barrionuevo, como la voz de otros (Vicente Mastrocola -Plásticos-, o el colectivero Juan Manuel Palacios), ya estaba descontado, casi como el silencio perpetuo de Oscar Lescano (Luz y Fuerza). Tampoco hablaron, por decoro, los que en la jornada se acoplaban a ese tipo de plenario, como los flamantes de Seguridad, gremio en ascenso y que aportará tecnología a Moyano. Si hasta Ubaldini como observador reforzaba la postulación del camionero, ya que no olvida que éste ha sido hijo gremial de Ricardo Pérez, aquel combativo de Los 25 que en la época militar él supo admirar y a quien, de vez en cuando, le preparaba milanesas en Cerveceros en reuniones clandestinas a las cuales el otro llegaba en una Chevy roja con tapizado atigrado. No importa si después, un día, Moyano le puso el pie a Pérez; esos son detalles comunes en los sindicatos y también entre hijos y padres.

Lo cierto es que esa nominación casi aclamada, de pronto, tuvo un freno. Suave, como si fuera una negociación mercantil, Armando Cavalieri ( Comercio) planteó una alternativa. Dijo que sin oponerse a nadie pensaba en la necesidad de propiciar caras nuevas y de que la futura titularidad de la CGT pasara más por un gremio fuerte que por un nombre fuerte. A su juicio, el cargo le correspondía a la Unión Obrera Metalúrgica. Casi un chiste en su boca si uno recuerda el disgusto eterno que cruzaba con Lorenzo Miguel, a quien ha logrado sobrevivir a pesar de que lo superaba en edad. Ahora, claro, son otros tiempos y los propios bendecidos por Cavalieri le arruinaron la propuesta, casi lo convirtieron en un debutante infeliz en estos tejemanejes de los cuales se presumía un experto. Es que Enrique Salinas de los «meta» agradeció el convite, dijo que su organización estaba en condiciones de presidir la CGT, pero que en aras de la unidad apoyaba a Moyano.

Metafórico, para que no piensen los mercantiles que ellos son los únicos artistas (Cavalieri es un cantor amateur), dijo: « Empujaremos ese camión».

Pero el hombre de Comercio no estaba solo y en su auxilio acudió Carlos West Ocampo (Sanidad), quien al mejor estilo traje y corbata de su aliado se acordó de los muertos, la sangre derramada y de otros aportes metalúrgicos a la causa sindical. No mencionó a Augusto Vandor, casi imperdonable, y su recordatorio socorrido tampoco modificó la decisión de la UOM: podemos, pero vamos con el camión, insistieron apoyados hasta por la UOCRA. Para alcanzar más unanimidad que unidad, Barrionuevo terció con picardía y ofreció que el secretario adjunto de Moyano, su segundo, representara a Sanidad. Sonrió West Ocampo, más cuando el gastronómico recomendó sin nombre a una mujer de ese gremio, del mismo modo que él postula a una dama de su sindicato para otro cargo en la CGT. No sólo cambiar de rostros, también de sexo. Esa referencia asustó a Cavalieri: a ver si vuelve Inés Dighian, a quien él desplazó de Comercio, como Moyano a Pérez.

Excusa democrática

Quien pidió permiso y se fue, educado y sin enojos, fue West Ocampo. Hasta el final, en cambio, se quedó Cavalieri, quien no se sumó a la votación favorable a Moyano invocando, democrático como siempre, que necesitaba consultar a su gremio (el cual, según él, no compartía la idea del camionero como jefe de la CGT). Eran las 6 de la tarde y pasaron entonces a cuarto intermedio, para mañana a las 4, pero solamente para tratar las designaciones en otros rubros del aparato cegetista. Lo otro, lo de Moyano, ya es un caso cerrado, al igual que la determinación de que alrededor de 25 gremios, los más importantes, no podrán estar afuera de la nueva conducción.

Queda, claro, la interpretación que Cavalieri (y el propio West Ocampo) pueda formular sobre esta asamblea. No debe ser fácil para él, dueño avezado del paquete mayor de los congresales de la CGT, tener que aceptar a Moyano en el lugar donde él jamás lo ubicaría. Si hasta puede pensarse que estará tan irritado como Kirchner: a ninguno de los dos -seguramente tampoco a mucha otra gente- le debe gustar dormir con el camionero de compañero. Entre otras mentas, dicen que ronca hasta cuando está contento.

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