27 de marzo 2006 - 00:00

Cuando hay víctimas recordables y víctimas olvidables no hay ética en la recordación

Cuando hay víctimas recordables y víctimas olvidables no hay ética en la recordación
En los sangrientos acontecimientos de los años '70 el Estado tuvo más culpa que los subversivos por dos motivos. Uno es que tenía muchos más medios para reprimir que los guerrilleros para atentar. Aunque la desecharon tenían la ley, fondos públicos en cantidad, edificios oficiales de todo tipo, poder desplazarse libremente y hasta protegidos de día y de noche, salir o entrar del país sin trabas, colaboración de fuerzas armadas de dictaduras vecinas, convocarse y poder reunirse a voluntad, más efectivos que los guerrilleros, descansar tranquilos y seguros tras las tareas represivas, mantener vidas familiares normales, entre otras ventajas decisivas. En segundo lugar, poseían algo tan detestable como útil para la represión: la tortura de subversivos detenidos para extraerles los datos capaces de ubicar sus arsenales, restarles armas difíciles de reemplazar, derrumbar sus estructuras de comandos, aun las celulares. Cada detenido permitía apresar otros y con éstos otros. Cada terrorista, en cambio, podía secuestrar un empresario o un militar para cobrar rescate o imponer terror pero carecía de sentido torturarlos para obtener el número de una cuenta bancaria que no podían utilizar o detalles de un cuartel que de inmediato se reforzaba al caer uno de sus oficiales.

Además, el Estado tenía de su lado el factor psicológico de intranquilizar a casi todo el conjunto enemigo que no conocía con exactitud cuanto podía saber el cuadro que caía preso y muy habitualmente ni sabía si fue muerto, sólo herido o detenido el guerrillero que perdían.

• Paliativo

La ventaja en acción del terrorista sólo era la del delincuente común: puede planear el hecho con tiempo y fijar día y hora para aprovechar la sorpresa. Es importante pero nunca iguala el poder del Estado.

El único paliativo escuchable -pero no justificable porque tenían en sus manos el arma de la ley y el debido proceso- sobre aquel accionar antisubversivo violento ilegal, con tantas muertes, excesos y desapariciones es que si la subversión hubiera triunfado habría provocado muchísimas más víctimas -quizá miles y miles más, entre fusilados, encarcelados y exiliados- que lo que costó reprimirla. La tradición de las revoluciones triunfantes con violencia prueba que eso hubiera sido así. Pero siempre está la valla insalvable de que la represión tenía la opción de la ley.

El otro argumento de la represión no es ni atendible: que si juzgaban y fusilaban con bandera y banda no hubieran podido hacerlo con más de 3 o 4 terroristas porque sobrevendría la reacción internacional. Es cierto pero humanamente descartado. Las grandes masacres como el holocausto judío, los fusilamientos masivos en Rusia al inicio del marxismo, el casi exterminio de los camboyanos por Pol Pot y, sin más citas, los muertos a diario en Irak y antes en Afganistán no provocan reacciones inmediatas y sí hasta acostumbramiento de gobiernos y pueblos. Pero las muertes individuales, así sea de asesinos seriales para ser electrocutados, sí mueven sectores, juristas, gobiernos e iglesias para suspenderlas.

De los dos males que se enfrentaron con alevosía en los años '70, entonces, debe ser más culpable, en juicio justo, la represión, por lo expresado y porque agravó su accionar con algo incalificable humanamente por su perversidad y casi un «argentinismo» en revoluciones: apropiarse de los hijos del adversario muerto o desaparecido, que es lo mismo. Sólo el nazismo actuó peor porque también exterminaba a los vástagos por la demencia de «preservar la pureza de la raza superior».

Pero de ninguna manera son distintas, en justificación, las víctimas de esos años '70. Un arrojado al mar no gozó de juicio justo pero tampoco lo tuvo un simple policía asesinado en la calle para arrebatarle el arma y que el terrorista asumiera así su primera «prueba de compromiso con sangre» con el grupo subversivo.No hay diferencia entre la matanza de Trelew de guerrilleros y dos decenas de muertos civiles, ajenos a todo, por una bomba despiadada cuando esperaban en el Departamento de Policía para renovar sus documentos personales. No la hay entre 60 subversivos muertos en el ataque al cuartel de Monte Chingolo y 70 militares asesinados por el terrorismo en plena democracia antes del golpe de 1976.

Finalmente no hay diferencia, como ya dijo este diario, entre el asesinato de dos hijos de la Sra. Hebe de Bonafini y el de la pequeña hija de 3 años por un balazo certero cuando estaba con su padre, el capitán Humberto Viola, que también murió y le hirieron gravemente a otra hija de 5 años.

• Injusticia

La recordación el viernes pasado del 24 de marzo de 1976 hasta que se interrumpió con agresiones entre participantes tuvo la enorme injusticia de invocar sólo las víctimas de un lado, el de los subversivos, con una parcialidad histórica lamentable. El único reconocimiento por barbarie que tuvo esa pequeña

María Cristina Viola inmoladaa los tres años vino hace dos años del guerrillero Gorriarán Merlo del ex ERP al ser liberado. Azuzado por un periodista respondió sobre esa muerte: «Fue un error», no agregó ni un solo adjetivo como «doloroso», «desgraciado», «angustioso». ¿Y quién cree que fue «error» si una niña de 3 años y su hermana de 5 son bien visibles en el auto modesto de su padre al momento de dispararle a éste por sorpresa. Peor aún, lo atacan con dos autos el 2 de diciembre de 1974, en plena democracia y cuando no había aún excesos en la represión. Y lo ultiman cuando, desesperado y herido, saca a su hija moribunda del Citroën. Hubo más culpa del Estado en los '70, hubo víctimas de la subversión sin Justicia y han sido recordados hasta la saturación como si ninguno hubiera empuñado armas y derramado sangre. No hubo mención, en cambio, para las víctimas de los subversivos. No hubo objetividad de prensa, televisión, funcionarios, políticos ni artistas. Por eso, representado los olvidados «del otro lado» en la referencia a esa niña se los puede salvar del silencio injusto de estos días. Publicamos recortes de prensa de aquella época y del horroroso crimen. Hubo otros muchos.

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