"Cumplí, mi general", lo que sueña escuchar todo político de deportistas
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Juan
Perón con
Juan Manuel
Fangio, cinco
veces
campeón
mundial de
automovilismo
pero que
se rendía
ante el
poder.
El objetivo propagandístico se cumplió en buena medida, con un solo detalle: nadie había contado con Jesse Owens, un atleta afroamericano que ganó 4 medallas de oro en carrera y salto, récord olímpico que no se repetiría hasta 1984. Mal momento y lugar para cuestionar la superioridad de la raza aria que el nazismo quería afirmar también en el deporte.
Irónicamente, Owens no fue recibido como un héroe en su país: «No fui invitado a estrechar la mano de Hitler -relata él mismo- pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca». El entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin Roosevelt, buscaba su reelección y temía encender la furia de sus compatriotas sudistas, rabiosamente segregacionistas.
Los regímenes comunistas tomaron luego el relevo del nazismo, encuadrando a su juventud en verdaderos «batallones» de atletas y, en los años de la Guerra Fría, la Unión Soviética y los Estados Unidos, imposibilitados de atacarse entre sí con sus armas nucleares por aquello de la «destrucción mutua asegurada», librarían batalla en terceros países y en cuanto estadio, ring o pista de atletismo fuese posible.
En la Argentina, el precursor fue sin dudas Juan Domingo Perón. Más que política de Estado, en la década peronista (1945-1955) el deporte era «causa nacional»: los triunfos en ese campo debían ser el reflejo de los logros del país en materia política, económica y social.
La conocida expresión «de canillita a campeón», bien resume la carrera de Pascualito Pérez en aquellos años: peón en un viñedo mendocino, logró el título mundial en la categoría peso mosca en 1954 en Tokio. Apenas concluida la pelea, tomó un micrófono y anunció: «Cumplí, mi general». A su regreso al país, Perón lo esperaba en Aeroparque. En aquellos años, Juan Manuel Fangio (que obtuvo su primer título mundial de la Fórmula 1 en 1951) dedicaba sus triunfos al presidente y Delfo Cabrera agradecía a Perón tras ganar la maratón en los juegos olímpicos de Londres en 1948.
Algunos detractores emparentaron esto con el nazismo pero en el peronismo el deporte fue, fundamentalmente, un instrumento de promoción y ascenso social, difícil de asimilar a la exaltación de la superioridad de una raza sobre otra. Y justamente un afroamericano, que era uno de los mayores ídolos deportivos de la época, el todavía «rey del knock out», Archie Moore -nadie superó sus 141 triunfos por K.O.-, campeón mundial de semipesados, venía al Río de la Plata. Y Perón se animaba a cruzar guantes con él. Moore libró diez inolvidables combates en la Argentina y Uruguay en 1951 y 1953. Admiraba al General, como hoy Diego Maradona a Fidel Castro. Tras el derrocamiento del peronismo, los «libertadores» cayeron en el ridículo de insinuar un romance prohibido entre Moore y Perón, a quien también acusaron de servirse demagógicamente del deporte.
Ahora bien, ¿quién usa a quién en este juego entre política y deporte? Del lado político, está la voluntad de impregnarse de la fama lograda en un terreno aureolado de valores positivos: coraje, sacrificio, fuerza de voluntad, firmeza de carácter y, en el caso de las disciplinas colectivas, solidaridad y compañerismo. El deporte tiene magia, atrae. Sólo basta pensar en el esfuerzo hecho por el Proceso y la sospecha que hasta hoy perdura sobre el 6-0 ante Perú que hizo llegar a la Argentina a la final del Mundial de Fútbol de 1978.
Del otro lado, aunque hubo adhesiones pasionales, de corazón, no siempre hay inocencia por parte de los deportistas en estos coqueteos con el poder.
Muchas de las carreras fulgurantes que se conocen no habrían sido posibles sin impulso estatal. Fangio llegó a Europa, escenario de sus hazañas, gracias al apoyo financiero del gobierno peronista. También José Froilán González accedió a la competición internacional con ese respaldo.
Más patente es el caso de Daniel Scioli, quien obtuvo del menemismo aportes por cifras de hasta 6 ceros para una carrera en una disciplina muy poco difundida.




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