Capituló Néstor Kirchner, aunque pretende disfrazar la rendición incondicional. Para eso hay periodistas y diarios amigos que hablan de relanzamiento del gobierno o captura del PJ. Fue vencido el Presidente halcón por una nube de palomas, liga peronista de gobernadores expertos en supervivencia y un duhaldismo concentrado, puro o impuro, afín o distante, todos hartos de viajar en colectivo y de que un punguista amateur les pretenda birlar la billetera con la excusa de la transversalidad. Resignado, ahora, el jefe de Estado sepulta su proyecto «entrista», esa hueca escenografía de cartón piedra enterrada al mismo tiempo que los 4 fallidos grandes actos para respaldarlo. Terminó en un fiasco lo que se soñaba una consagración, pues luego de Blumberg, ni pensar en ese tipo de concentraciones populares. Fin, entonces, para el fantasioso cronograma que empezó exangüe el 1 de marzo en el Congreso, siguió más menguado el 11 en Parque Norte, luego se disolvió el 24 en la ESMA y, por último, este 25 de mayo pasará sin show ni gentío frente a la Rosada.
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Ahora ni siquiera piensan en celebrar la fiesta patria.
Con el calor de febrero, el oficialismo había emprendido una batalla imaginaria, frente al espejo justicialista, asistido con fanáticos de la orden del «Sí, Néstor» que le vaticinaban no menos de 600 mil personas vitoreándolo en la ESMA (el voluntarioso cordobés que le cuida la firma y la lapicera en las noches de insomnio en Olivos). Hubo cálculos más modestos, pero todos hablaban de miles y miles en ese mínimo entorno que sólo puede prometer buenas noticias. Mientras, para nutrir esa euforia triunfalista, discriminaban y descalificaban gobernadores del mismo signo, dirigentes bonaerenses del duhaldismo y hasta Duhalde mismo, todos cortados por la confesa y unánime tijera del peronismo. Si hasta en la borrachera del poder ofrecían garantías de perdones por presuntos delitos que aún no investigó la Justicia. Era, en suma, un parte amenazante contra hombres que, de intimaciones y persecuciones, alguna historia tienen. Por lo tanto, la apoteosis que iba a nacer no nació y, ahora, con el caballo cansado, Kirchner vuelve a buscar la comprensión de esos mismos hombres que le dieron origen y que, en ese tiempo de turbulencia y agravios ya lo han fotografiado de frente y de perfil.
Primero confesó Kirchner su error ante el chubutense Das Neves, luego frente al tucumano Alperovich, por teléfono le destacó a Duhalde un solícito emisario (Juan Carlos Mazzón) dispuesto a razonables negociaciones. Y tuvo, por supuesto, la respuesta típica del bonaerense: «No estamos contra él, lo queremos ayudar. Nos dimos cuenta, sin embargo, de que es un d-e-s-a-g-r-a-d-e-c-i-d-o». Es, su opinión, la más simpática de todos los peronistas.
• Pactos radiales
Y ahora hasta acepta Kirchner, si es necesario, lo que antes negaba presuntuosamente por poco democrático (presidir partido y gobierno), cuando en rigor se avergonzaba de estar a la cabeza de ese contingente político que le repugna (salvo el día en que hay elecciones, claro). Con el nuevo giro, comerciante al fin, ordenó realizar pactos radiales con cada provincia o gobernador (léase asistencias económicas) para luego compartir en Olivos una concordancia partidaria y federal a exhibir frente a todos los medios. Si no puede poner a la gente en la calle, por lo menos convoca a los caballeros feudales a su casa. Pero, fiel a su naturaleza combativa, no lo hará con todos. Excluye a los no peronistas -como si no condujera un país-y, también, a otros peronistas antipáticos en su hogar (tal vez De la Sota, Romero, Rodríguez Saá o Verna). En verdad, elige otros contrincantes transitorios para distraer la atención de su prime-ra caída y conteo con el jefe del barrio, Duhalde. Por ahora, Kirchner no da la categoría para ese título.
Epílogo parcial de la pretensión hegemónica a un año de gestión -debilidad intrínseca a todo nuevo gobierno-, reconocimiento de que para administrar se requieren alianzas aun con lo indeseable y, desde la derrota, en marcha un faccioso contubernio peronista, temporal por la mala calidad del pegamento y dañado en lo básico: la confianza. Antes de que Kirchner llegara al poder, el peronismo ya lo sospechaba; ahora, lo tiene confirmado. Como muestra, en el futuro Mausoleo de Perón de San Vicente, la cúpula justicialista recordaba hace 48 horas una anécdota, cuando Duhalde con amigos del interior titubeaba entre inclinarse por José Manuel de la Sota o Néstor Kirchner. Entonces, alguien del Norte que hoy es gobernador y cercano al santacruceño, se pronunció: «Bueno, yo creo que podemos dudar sobre si De la Sota nos va a cagar o no si llega al gobierno. Lo que no podemos tener dudas es que, si llega Kirchner, nos caga seguro».
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