De la Rúa escuchó del Papa severos reclamos

Política

"Háblele sin parar", le dijeron en el Vaticano al presidente De la Rúa para su entrevista de ayer con el papa Juan Pablo II. La experiencia ha demostrado que los que le hablan continuamente al Papa mantienen el interés de la entrevista mientras lo hacen. Si callan, el Sumo Pontífice se levanta y se va. Enterado, el mandatario argentino estuvo 24 minutos hablando y casi es un récord. Se le suma a eso la ronda de saludos de los familiares del Presidente.

El protocolo vaticano es de los más rígidos del mundo y por eso cualquier detalle, capaz de diferenciar una visita de otra, vale oro. El Santo Padre valora especialmente esos matices porque le sirven para recordar con quién pasó el día. La Cancillería, a falta de otras tareas ahora que Domingo Cavallo ha tomado para sí la política exterior, cuenta con expertos en detectar peculiaridades en esa monotonía: ayer uno de ellos consignó que «con Carlos Menem la última vez estuvo 13 minutos y al venezolano Hugo Chávez lo despidió a los 7 minutos. En cambio con (Fernando) de la Rúa estuvo 24 minutos durante la entrevista a solas». El mismo diplomático encargado de esas estadísticas informó que «con Mijail Gorbachov estuvo, después de la caída del Muro de Berlín, más de dos horas».

Esta ventaja en el tiempo que se le concedió no fue producto del azar. El Presidente estuvo bien asesorado. Le habían indicado que la permanencia de un visitante en la biblioteca privada del Santo Padre -es el lugar en que recibe a los mandatarios- no depende tanto de la simpatía que exprese el pontífice, tampoco de lo entretenido del tema en cuestión. Sencillamente porque allí, ante esa jerarquía, toda conversación se torna formal y, si se quiere, previsible. De tal manera que para que una audiencia dure más que otra el peregrino sólo debe tener facilidad para hablar mucho tiempo sin interrumpirse. Introducir baches en la exposición para esperar una respuesta, embretarse en una duda y, a veces, tomar aire, puede significar el fracaso de una audiencia: agotado el mensaje del visitante, una señal sonora indica el fin de la entrevista. Es que los temas que un político debate con el pontificado no se resuelven en la entrevista con el Papa sino con la que, inmediatamente después, mantiene con el secretario de Estado, actualmente el cardenal Angelo Sodano.

Precisamente Sodano fue el encargado de otorgar el «nihil obstat» (autorización) al texto que leyó el Santo Padre, referido a la Argentina. Juan Pablo II hizo un llamado de atención muy severo sobre la situación social en la Argentina y le pidió a De la Rúa «medidas orientadas a crear un clima de equidad social». El texto redactado en la Secretaría de Estado fue de los más severos que esa sede dedicó al país en los últimos años. En él se sostuvo que el problema de la falta de trabajo «lleva a personas, familias y grupos sociales a pensar en la emigración para buscar mejores horizontes de vida». El Santo Padre puso énfasis en que «el pueblo argentino ha dado pruebas de su apego a los grandes valores, como el respeto a la vida desde su concepción hasta la muerte natural (...) Es de justicia reconocer la clarividente y humanista visión de países soberanos, como el suyo, que son ejemplo de posturas en consonancia con el derecho natural».

Explicaciones

El Presidente extendió la conversación, hasta llegar a los 24 minutos, explicando los efectos que tiene sobre las penurias argentinas la discriminación que introducen en los mercados los países más desarrollados, también le explicó el momento por el que atraviesa el Mercosur (trató, eso sí, de ser optimista) y el programa para combatir la extrema pobreza.

A partir del monólogo de De la Rúa el encuentro se transformó en semipúblico. En presencia de su familia y de los funcionarios argentinos que lo acompañaron (Adalberto Rodríguez Giavarini, Norberto Padilla, el embajador Vicente Espeche Gil), De la Rúa obsequió al Papa con un ejemplar del «Tratado de Derecho Canónico» editado por el gobierno y con una caja de saquitos de té. Fue un detalle simpático, que el Presidente acompañó con una explicación de homeópata: «Té de tilo, para dormir bien... de boldo, para el estómago...». Uno de los diplomáticos que gravitaron en la preparación de la visita hizo ante este diario un comentario mordaz: «Por suerte el Santo Padre no debe haber visto los films de Cóppola, de lo contrario De la Rúa se volvería sospechoso de inmediato» dijo, con una carcajada. Se refería, obviamente, a que en «El padrino III» el pontífice (Juan Pablo I en la ficción) es asesinado con una infusión de té.

Para la visita al Papa concurrieron al Vaticano la esposa del Presidente, Inés Pertiné, sus hijos Agustina, Antonio y Fernando y su yerno Juan Petracchi. Cada uno besó el anillo del pontífice mientras De la Rúa iba presentando a cada uno. Presentó también a Rodríguez Giavarini y su esposa, al secretario de Culto Norberto Padilla y su esposa y al embajador Vicente Espeche Gil y su esposa. Cuando le dijeron «embajador de la Argentina» el Papa preguntó: «¿Y Santiago de Estrada?». Recordó de esa manera a quien fue representante ante la Santa Sede en tiempos de Raúl Alfonsín, ahora diputado opositor al gobierno de la Alianza en la Capital Federal. Después siguió el «bacciamani»: el jefe de la Casa Militar Julio Ham, el vocero Ricardo Ostuni, la secretaria Ana, «la señora Cafiero» (un lapsus de De la Rúa para presentar a Juan Pablo Cafiero), la señora de Ca rreras -amiga íntima de Inés Pertiné a quien presentó como «funcionaria de la secretaría de Culto»-, el jefe de ceremonial y el edecán Troncoso.

Así como Juan Pablo II recibió una caja (de plata) de té en saquitos, el Presidente se llevó de la Santa Sede una imagen de la Virgen realizada en sobrerrelieve. Por iniciativa de la primera dama, el Santo Padre bendijo las fotos de sus nietos y una custodia que pertenece al ajuar con que se ordenó sacerdote su sobrino Iván Pertiné en Córdoba (la custodia es un receptáculo, rodeado de rayos metálicos, en los que se guarda la Eucaristía para su exhibición ante los feligreses).

Oración

Como si quisiera demorar la llegada al despacho del cardenal Sodano, De la Rúa introdujo la oración del Padrenuestro e insinuó más tarde iniciar un rosario (lo que resultó imposible por el tiempo que hubieran llevado las 50 Avemarías). Finalmente, el Presidente fue recibido en la Secretaría de Estado donde tuvo una recepción correcta, pero poco efusiva. Allí se trató un tema principal, el de la inminente sanción de la ley sobre reproducción, que el Vaticano cuestiona. De la Rúa sugirió que el texto que se trata en el Parlamento será moderado. Sin embargo, los prelados esperaron que en público dijera que vetaría la norma si se violara el principio de defensa de la vida desde la concepción. Pero eso no sucedió. Acaso Sodano ya lo sabía cuando autorizó el discurso que De la Rúa recibió de manos del Papa.

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