De la Rúa se soltó con gobernadores
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José Manuel de la Sota buscó protagonismo alabando al Presidente por su coraje, dijo, de avanzar hacia el déficit cero. «Yo mismo di un paso cuando era senador y mandé el proyecto de ley de convertibilidad fiscal, que obliga a gastar lo que se tiene». De la Rúa -ataviado con los anteojos de espejos pequeños y sin montura con que suele grabar los discursos-emitió sonido. «¿La votaste, Fernando?», le preguntó Juan Carlos Romero. El dueño de casa miró al cielorraso, pensó y dijo: «Me pare-ce que no, me la perdí, ya era jefe de Gobierno de la Ciudad». Alguien recordó a uno que no votó esa ley, el rabioso Leopoldo Moreau: «Se oponía -recordó De la Sota-porque decía que los peronistas les queríamos dejar una trampa a ustedes si ganaban las elecciones». «Este Leopoldo --carras-peó entre diente De la Rúaeste Leopoldo...»
«Nunca me voy a explicar -filosofó De la Sota-por qué los argentinos siempre tenemos que tocar fondo para reaccionar. La hiperinflación nos hizo aceptar la convertibilidad.Ahora la deuda nos hace aceptar el déficit cero, que también es necesario».
Siendo De la Rúa un hombre de la Capital Federal, nadie hizo mucho escarnio del gran logro de los gobernadores peronistas, que se traspase al distrito la Policía Federal y la Justicia nacional con sede en la ciudad de Buenos Aires, pero sin los fondos para pagarla. Con eso abren la guerra unitarios-federales y alientan uno de los juegos más viejos de la historia argentina, arrinconar al Obelisco desde el interior. Uno que se escudó detrás de una jarra de café, bromeó: «Le pasamos la Justicia a Ibarra. ¿Pero le pasamos también a Urso?». «¿Urso, Urso?», repitieron varios, «¿quién es Urso?».
Ruckauf, que había intervenido sólo para recordar sus reuniones con Isabel, creyó que debía poner algo de orden en una chanza que llevaba sin escalas a Don Torcuato. «Fernando -arrancó- acá hemos colaborado todos para que eso salga, pero tenemos que reconocerle algo a uno de los que está acá presente». Mirando al jefe de Gabinete, el gobernador se conmovió y dijo: «Chrystian es el que esta vez salvó al país».A Colombo se le descompuso el rostro de la alegría y sólo extendió los brazos. Esa mención soltó una andanada de anécdotas sobre qué se hizo y quién lo hizo. Por ejemplo, que el domingo cuando Cavallo -que esperaba el comienzo del acto en un pasillo porque no lo dejaron entrar a ese recreo de funcionariosentró como un tifón al despacho del jefe de Gabinete para pelearse con Ruckauf, en realidad insultó primero a Colombo. «¡No prometás más dinero, no prometás más nada! ¿No ves que los bancos no nos prestan más?». Siguió el portazo de Ruckauf y la reunión aceleró el final con el primer documento De la Independencia que habían redactado Colombo y Ruckauf. Cuando quedaron a solas, Colombo hizo salir de su despacho a Daniel Marx y protagonizó una memorable discusión a los gritos con Cavallo acusándolo de romper el juego.
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Se reconoce que antes de ir a cerrar el acuerdo el lunes al CFI con Ramón Mestre, Colombo hizo dos consultas por teléfono. Una a Washington, que incluyó el envío del acuerdo «en peronista» por fax; el otro, también con fax, al banquero local Eduardo Escasany. Los peronistas del CFI se enteraron del OK de esos dos referentes consultados al mismo tiempo que Colombo, ya que todos estaban enlazados telefónicamente.
De la Sota fue por más cuando ya había llegado «el Adolfo» (Rodríguez Saá) y faltaba aún el «Lole» santafesino. «¿Sabés qué necesitamos, Fernando, una ley que nos dé a los partidos espacios gratis en televisión para la campaña. Pero no los espacios obligatorios, que van a las tres de la mañana, si no para hacer avisos. Esa es una manera en serio de bajar el costo de la política». «¿Se puede?», le preguntó De la Rúa a Colombo que desmarcó: «Poder se puede, hay que ver cómo. Podemos estudiar si hace falta una ley o un proyecto». «Eso se hace en Brasil, yo lo vi», agregó De la Sota, echando mano del gran argumento que usa cuando quiere defender en serio algo (dijo lo mismo de la convertibilidad fiscal).
De Brasil trajo otra bijutería política otro ministro que logró entrar, el de Desarrollo Social, Juan Pablo Cafiero. Se sentó y leyó su último hallazgo, hacer una sopa concentrada con los alimentos que no se vendieron en el Mercado Central de La Matanza y que tiran todas las noches al Cinturón Ecológico. «Es una sopa que da un paquete de medio kilo y que es un complemento perfecto de los alimentos sólidos. Con eso le podemos dar de comer a todos los pobres», se entusiasmó «Juampi», a quien los peronistas consideran en realidad un delegado de monseñor Jorge Cassaretto. Ruckauf, un hombre del conurbano, exclamó: «¡La conozco, la conozco, Chiche Duhalde tiene la receta de esa sopa, es buenísima!».
Uno de los gobernadores, que estaba on line con los mercados, iba cantando los números. A las 11, gritó: «¡El riesgopaís baja 100 puntos!». «La pucha que somos importantes», se consoló entre risas otro. De la Rúa, a quien los gobernadores evitan tratar de «Fernando» para no tentarse con el recuerdo de la imitación del «Gran Cuñado» y lo llaman de «Sr. Presidente», asintió con una sonrisa e indicó la salida. Había llegado Reutemann y Cavallo los esperaba en el pasillo para saludarlos de a uno y simular una reconciliación que nadie sabe cuánto durará.




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