18 de julio 2001 - 00:00

De la Rúa se soltó con gobernadores

De la Rúa se soltó con gobernadores
Apuertas cerradas en la sala predilecta de Isabel Perón para sus reuniones de gabinete (lo recordó el memo-rioso Carlos Ruckauf, ministro de aquella Presidencia), los nueve gobernadores peronistas, el provincial Jorge Sobisch, tres vicegobernadores (Tierra del Fuego, Tucumán, Santiago del Estero) y un ex gobernador (Ramón Puerta, coordinador del autodenominado Frente Federal), se entregaron a la jarana con Fernando de la Rúa y Chrystian Colombo durante más de dos horas. Esperaban para firmar el pacto del déficit cero pero se demoraban Carlos Reutemann y Adolfo Rodríguez Saá, retenidos por razones climáticas que les retrasaron el vuelo. En esa «Sala de Situación» revestida de boiserie y con una mesa ovalada llena de jarras de café y agua, los mandatarios distendidos se dieron a una charla informal con el Presidente donde contaron chistes, aventuraron proyectos y se cruzaron elogios que seguro negarán cuando se cuenten.

José Manuel de la Sota buscó protagonismo alabando al Presidente por su coraje, dijo, de avanzar hacia el déficit cero. «Yo mismo di un paso cuando era senador y mandé el proyecto de ley de convertibilidad fiscal, que obliga a gastar lo que se tiene». De la Rúa -ataviado con los anteojos de espejos pequeños y sin montura con que suele grabar los discursos-emitió sonido. «¿La votaste, Fernando?», le preguntó Juan Carlos Romero. El dueño de casa miró al cielorraso, pensó y dijo: «Me pare-ce que no, me la perdí, ya era jefe de Gobierno de la Ciudad». Alguien recordó a uno que no votó esa ley, el rabioso Leopoldo Moreau: «Se oponía -recordó De la Sota-porque decía que los peronistas les queríamos dejar una trampa a ustedes si ganaban las elecciones». «Este Leopoldo --carras-peó entre diente De la Rúaeste Leopoldo...»


Puerta, que con el gobernador Carlos Rovira duplica la representación misionera, re-marcó sin quebrar el tono riente de la mañana el dramatismo del final. «Los peronistas tenemos conciencia de gobierno y venimos a apoyar lo que es bueno». Su sucesor en la gobernación agregó: «En Misiones, vamos a pedirle a la Legislatura que vote el mismo criterio de la ley de administración financiera de la Nación para que se gaste lo que entra». Colombo, entusiasmado, quiso más: «Ahora nos tenemos que juntar para seguir discutiendo, por ejemplo, qué vamos a hacer con PAMI y la ANSeS». La mención revolvió a la mesa: para algunos son cajas de las que sería soñado participar; para otros un abismo de deudas que los convierte en el tercer socio para repartir lo que entra.

«Nunca me voy a explicar -filosofó De la Sota-por qué los argentinos siempre tenemos que tocar fondo para reaccionar. La hiperinflación nos hizo aceptar la convertibilidad.Ahora la deuda nos hace aceptar el déficit cero, que también es necesario».


Néstor Kirchner puso el dedo en otra llaga, los gastos de la Universidad. «Hay que hacer algo con eso, es un escándalo lo que se gasta. Y me refiero a la Universidad de Buenos Aires». Puerta propuso una martingala: «Hay gente que paga las cuotas de sus hijos de los colegios secundarios privados sin chistar, a veces $ 500 o $ 700, pero cuando los chicos pasan a la Universidad estatal se les cierra el bolsillo». El santacruceño se plegó a esa idea, mirando todos a De la Rúa, a Colombo y a Nicolás Gallo, que acababa de entrar al salón. El Presidente hizo un gesto de admisión, pero no pronunció palabras. Colombo, en cambio, abrió el juego a la discusión, pero cuando las aguas bajen.

Siendo De la Rúa un hombre de la Capital Federal, nadie hizo mucho escarnio del gran logro de los gobernadores peronistas, que se traspase al distrito la Policía Federal y la Justicia nacional con sede en la ciudad de Buenos Aires, pero sin los fondos para pagarla. Con eso abren la guerra unitarios-federales y alientan uno de los juegos más viejos de la historia argentina, arrinconar al Obelisco desde el interior. Uno que se escudó detrás de una jarra de café, bromeó: «Le pasamos la Justicia a Ibarra. ¿Pero le pasamos también a Urso?». «¿Urso, Urso?», repitieron varios, «¿quién es Urso?».


Cuando llegó Reutemann sacó de nuevo el tema. Con su estilo seco y telegráfico musitó: «La Policía Federal cuesta 1.000 millones de pesos, a Santa Fe le toca 9 por ciento de coparticipación, o sea que nos costaría pagar la Policía unos $ 90 millones». Rovira enmendó con la misma intención: «A mí la Policía me cuesta $ 30 millones y si calculo por la coparticipación la Federal me está costando la mitad, $ 15 millones. ¿Saben lo que podemos hacer con esa plata en Misiones?».

Ruckauf, que había intervenido sólo para recordar sus reuniones con Isabel, creyó que debía poner algo de orden en una chanza que llevaba sin escalas a Don Torcuato. «Fernando -arrancó- acá hemos colaborado todos para que eso salga, pero tenemos que reconocerle algo a uno de los que está acá presente». Mirando al jefe de Gabinete, el gobernador se conmovió y dijo: «Chrystian es el que esta vez salvó al país».A Colombo se le descompuso el rostro de la alegría y sólo extendió los brazos. Esa mención soltó una andanada de anécdotas sobre qué se hizo y quién lo hizo. Por ejemplo, que el domingo cuando Cavallo -que esperaba el comienzo del acto en un pasillo porque no lo dejaron entrar a ese recreo de funcionariosentró como un tifón al despacho del jefe de Gabinete para pelearse con Ruckauf, en realidad insultó primero a Colombo. «¡No prometás más dinero, no prometás más nada! ¿No ves que los bancos no nos prestan más?». Siguió el portazo de Ruckauf y la reunión aceleró el final con el primer documento De la Independencia que habían redactado Colombo y Ruckauf. Cuando quedaron a solas, Colombo hizo salir de su despacho a Daniel Marx y protagonizó una memorable discusión a los gritos con Cavallo acusándolo de romper el juego.


Se supo también que el lunes por la tarde los gobernadores PJ discutieron por teléfono con Colombo desde el CFI la necesidad de que hubiera dos documentos. El que firmaron los aliancistas con el recorte a los jubilados y el pase de Policía a la Capital, pero con los fondos y el que firmaron los peronistas sin esos ítem. «¿Cómo van a firmarse dos documentos?» gritaba Colombo desde su despacho. «No hay problema --res-pondía De la Rúa-dicen lo mismo, uno está redactado en radical y el otro en peronista, pero no hay disidencias de fondo».

Colombo: No es serio, no lo van a admitir en el extranjero.

Puerta: ¡Cómo no lo van a admitir si hay países que usan dos idiomas!

Se reconoce que antes de ir a cerrar el acuerdo el lunes al CFI con Ramón Mestre, Colombo hizo dos consultas por teléfono. Una a Washington, que incluyó el envío del acuerdo «en peronista» por fax; el otro, también con fax, al banquero local Eduardo Escasany. Los peronistas del CFI se enteraron del OK de esos dos referentes consultados al mismo tiempo que Colombo, ya que todos estaban enlazados telefónicamente.


De la Sota fue por más cuando ya había llegado «el Adolfo» (Rodríguez Saá) y faltaba aún el «Lole» santafesino. «¿Sabés qué necesitamos, Fernando, una ley que nos dé a los partidos espacios gratis en televisión para la campaña. Pero no los espacios obligatorios, que van a las tres de la mañana, si no para hacer avisos. Esa es una manera en serio de bajar el costo de la política». «¿Se puede?», le preguntó De la Rúa a Colombo que desmarcó: «Poder se puede, hay que ver cómo. Podemos estudiar si hace falta una ley o un proyecto». «Eso se hace en Brasil, yo lo vi», agregó De la Sota, echando mano del gran argumento que usa cuando quiere defender en serio algo (dijo lo mismo de la convertibilidad fiscal).

De Brasil trajo otra bijutería política otro ministro que logró entrar, el de Desarrollo Social, Juan Pablo Cafiero. Se sentó y leyó su último hallazgo, hacer una sopa concentrada con los alimentos que no se vendieron en el Mercado Central de La Matanza y que tiran todas las noches al Cinturón Ecológico. «Es una sopa que da un paquete de medio kilo y que es un complemento perfecto de los alimentos sólidos. Con eso le podemos dar de comer a todos los pobres», se entusiasmó «Juampi», a quien los peronistas consideran en realidad un delegado de monseñor Jorge Cassaretto. Ruckauf, un hombre del conurbano, exclamó: «¡La conozco, la conozco, Chiche Duhalde tiene la receta de esa sopa, es buenísima!».


Uno de los gobernadores, que estaba on line con los mercados, iba cantando los números. A las 11, gritó: «¡El riesgopaís baja 100 puntos!». «La pucha que somos importantes», se consoló entre risas otro. De la Rúa, a quien los gobernadores evitan tratar de «Fernando» para no tentarse con el recuerdo de la imitación del «Gran Cuñado» y lo llaman de «Sr. Presidente», asintió con una sonrisa e indicó la salida. Había llegado Reutemann y Cavallo los esperaba en el pasillo para saludarlos de a uno y simular una reconciliación que nadie sabe cuánto durará.

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