Hugo Moyano la llamó «rata que abandona el barco que se hunde (aunque aquí el insulto mayor parece ser contra el capitán, Fernando de la Rúa). Los sindicalistas gordos de la CGT la acusaron de tener un «discurso canalla». Todo contra la renunciante Patricia Bullrich que inicialmente los mismos gremialistas -cuando la suponían frágil y copable-llamaban generosamente «la piba».
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Todos estos insultos y el «discurso canalla» es porque la ex funcionaria habló de paritarias para los viejos convenios sin renovación, a gusto de los gremios, y de que presentaran declaraciones patrimoniales los sindicalistas que manejan dinero público en obras sociales. Los funcionarios del Estado deben presentarlas y no se acercan ni a 10% de lo que mueven esas burocracias sindicales que, sistemáticamente, han vaciado sus «obras sociales» y luego reclamado al Estado que se las vuelva a llenar de di-nero público.
Protestar contra presentar una declaración patrimonial equivale a confesar que se roba. Así de simple. ¿Por qué, si no, la negativa y los insultos a la ministra que se atrevió a exigirlo?
• Permisos para robar
Este contemporizador y poco útil nuevo ministro de Trabajo, al derogar la medida de su antecesora, ha distribuido permisos para robar públicamente a deter-minado grupo de ciudadanos, los que manejan gremios. ¿Puede un país algún día alcanzar la mejoría con este tipo de actitudes, de discriminaciones? ¿Puede la AFIP perseguir con la Justicia en la mano a evasores cuando se ha creado un corral de privilegiados a los que no se fiscaliza? Un evasor puede ser un comerciante que no puede trabajar en blanco por falta de margen. Un gremialista es quien nunca pasa necesidades, acomoda parientes, hace aportes políticos, lleva una vida rumbosa porque tiene acceso a fuentes de financiación compulsivas y por tanto seguras.
• Impunidad
Se desgasta más el gobierno de De la Rúa con tal tipo de actitudes. Pero en realidad la tienen todos los gobiernos. Carlos Menem, a quien no era fácil hacerle «huelgas generales» por su misma popularidad, mantuvo sosegados por años a los sindicalistas. Pero es cierto también que los dejó robar impunemente con resultados nefastos: fue uno de los factores que llevaron a que en la era Menem se duplicara el gasto estatal.
Para la gente los sindicalistas se volvieron a d e s gas t a r, aunque ya no tienen casi margen para ello. Pero no les interesa. Tienen sus activistas pagos, desde las Obras Sociales, precisamente para llevarlos a sus «actos públicos», para alquilarles microómnibus de traslado para atemorizar delictivamente a quienes quieren trabajar o viajar cuando ellos disponen los «paros generales». Una vergüenza dentro del país.
Dentro de un gobierno débil donde todos se incineran Patricia Bullrich al menos se fue con un prestigio que su valentía le hizo ganar. Además en la Capital Federal que es el distrito que más soportó en actos y que más repulsa tienen a las burocracias sindicales. Es importante.
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